Culture Wars Feature Article

 

  Los estudios bíblicos católicos: la leyenda áurea[i]

P. Brian W. Harrison, O.S. [ii]

(Trad. para Gladius del 6 mayo de 2007)

 

Según un viejo dicho la historia la escriben los vencedores. La idea es que después de haber peleado una guerra, aquéllos que surgiendo como los ganadores, tengan éxito controlando el presente, pueden, en cierto sentido, controlar también el pasado. Pueden asegurarse que los medios de comunicación dominantes presentarán la historia del reciente conflicto desde su propio punto de vista pintándose, naturalmente, como los héroes y a la oposición vencida como los malos. De hecho, resulta a menudo deliciosamente fácil para los vencedores todopoderosos volver a escribir esa historia de tal manera que su triunfo parezca no sólo justo y correcto, sino también inevitable: ellos pueden describirse a sí mismos como habiéndose simplemente movido junto con la cresta de esas grandes ondas oceánicas del destino que se supone están constantemente empujando la historia humana hacia delante en su progreso inexorable hacia niveles aun más altos de madurez, libertad, prosperidad y esclarecimiento científico. Tal reescritura de la historia, para abreviar, puede ser a menudo un arma poderosa en esa ‘guerra cultural’ contra el secularismo racionalista en que los católicos se han encontrado cada vez más sumergidos durante el último siglo.

  El Dr. E. Michael Jones, en varios escritos y conferencias recientes, ha expuesto la manera en que las fuerzas alineadas contra los principios morales cristianos hicieron devastadoras incursiones en el Catolicismo americano ― y en general ― sobre todo a partir de la mitad de la década de los años 60 en adelante. Leyendo y escuchando a Jones, fui sacudido por un notable paralelo cronológico que vino a iluminar mi investigación de la reciente historia de los estudios bíblicos católicos. Porque fue en los mismos años cruciales ― aproximadamente entre 1962 y 1967 ― cuando lo que podría llamarse una revolución racionalista se anotó varias victorias estupendas que le dieron el mando eficaz de todas las principales instituciones católicas que promueven los estudios de las Escrituras, empezando con la misma cima: el Instituto Bíblico Pontificio en Roma. Las convicciones católicas consisten básicamente en juicios sobre ‘la fe y la moral’ y parece como si la estrategia del pensamiento cultural del Iluminismo de mitad de los ’60 tomara la forma de un ataque conjunto sobre ambos polos. Jones ha estado documentando el ataque sobre los principios morales, pero el ataque simultáneo sobre la fe en esos años, socavando considerablemente la credibilidad de las fuentes de la fe en la Sagrada Escritura, es una historia que todavía no se ha escrito. Durante y después de ese ataque, la técnica de volver a escribir la historia, sobre todo vía la manipulación y la cita selectiva de documentos del Magisterio católico, ha jugado un papel principal ganando y manteniendo de facto la aceptación de esta revolución por parte de los pastores de la Iglesia.

 Estos eventos de los años sesenta no fueron de ninguna manera los primeros en los cuales los estudios bíblicos jugaron un papel en la guerra cultural. En otro artículo publicado en Culture Wars en diciembre de 1996, Beaumont y Walsh expusieron la manera en que se fomentaron tendencias anti-papales en el estudio del Evangelio de Mateo en los niveles más altos de la educación alemana, como parte de la lucha cultural (Kulturkampf) de Bismarck de hace más de un siglo atrás. Pero la situación presente es, creo, todavía más crítica; éste es el punto principal que deseo presentar en este artículo. De hecho, creo que sería difícil exagerar la gravedad de la situación que confrontamos. La premisa sobre la cual se basa mi artículo es que en los últimos treinta y cinco años los estudios católicos ortodoxos sobre la Escritura no han simplemente perdido una batalla mayor; han perdido una guerra entera. Ellos han sido devastados y casi completamente borrados del mapa. Las escuelas bíblicas disidentes,  neo-modernistas y racionalistas, han estado firmemente, desde los años sesenta, al mando de casi todas las principales instituciones católicas de enseñanza superior y ello está claramente insinuado (aunque no abiertamente explicado hacia afuera) incluso en los recientes documentos de la Comisión Bíblica Pontificia, aquel cuerpo augusto de veinte o más exegetas [estudiosos de la Escritura] de máximo nivel en el mundo que aconseja al Magisterio de la Iglesia en las materias bíblicas. No perderé tiempo ni espacio aquí justificando documentalmente este oscuro diagnóstico del estado presente de los asuntos; es, como lo digo, una premisa que está por debajo del resto de lo que tendré que decir. Mi punto principal es que esos progresistas triunfalmente victoriosos son los que han estado escribiendo ― o volviendo a escribir ― casi todos los documentos históricos disponibles acerca de los recientes desarrollos en los estudios católicos de la Escritura. Y deseo ofrecer algunas reflexiones críticas sobre esta lectura convencional de tal historia.

  Antes de ir más lejos, sin embargo, debo definir mis términos un poco más precisamente. Cuando hablo de ‘estudios católicos ortodoxos de la Escritura’ quiero decir estudios gobernados estrictamente por ese cuerpo coherente de enseñanza magistral que fue establecido en las grandes encíclicas bíblicas del último siglo y por la Constitución del Vaticano II sobre la Revelación Divina, Dei Verbum ― interpretada, como debe ser, en armonía con esas encíclicas. Entre los principales puntos recalcados en este cuerpo de enseñanzas papales y conciliares están los siguientes: Primero, la Sagrada Escritura está libre de error en todo lo afirmado por los escritores sagrados, sin tener en cuenta de qué asuntos se traten. Una y otra vez el Magisterio ha insistido en que ningún intérprete católico puede atreverse a restringir la inerrancia bíblica a los tipos de afirmaciones que él piensa tienen algún valor religioso o ‘salvífico’, mientras permiten la posibilidad de errores bíblicos en otros asuntos supuestamente ‘profanos’; porque, como lo afirma el Vaticano II,[1] todo lo afirmado por los escritores humanos de la Biblia es afirmado por el mismo Espíritu Santo. Eso es precisamente lo que la inspiración divina de la Escritura significa. En segundo lugar, la Escritura debe interpretarse en acuerdo con la Sagrada Tradición, en particular, el consenso unánime de los primeros Padres y las declaraciones del Magisterio de la Iglesia; y en tercer lugar, mientras la identificación de los precisos géneros literarios de algunas partes de la Biblia puede debatirse legítimamente, los cuatro Evangelios, del comienzo al fin, definitivamente pertenecen al género literario de la historia en el sentido fuerte y pleno de esa palabra. Como lo dice el Vaticano II, los Evangelios ‘siempre’ (semper) nos dicen ‘la pura verdad’ sobre Jesús, transmitiendo ‘fielmente’ eso que él realmente hizo y dijo para nuestra salvación hasta el día de su Ascensión. [2] Cuando yo digo que los estudios católicos ortodoxos de la Escritura ha perdido una guerra entera a partir del Vaticano II, lo que quiero decir es que usted encontrará ahora muy pocas facultades teológicas católicas en el mundo dónde los profesores de Escritura clara, consistente e inequívocamente sostengan todos esos tres puntos.

  Llego ahora al tema principal de mi ensayo, al cual he subtitulado ‘Desmitologizando la Leyenda Áurea.’ Aquí también corresponde explicar los términos usados. No hay probablemente ninguna otra palabra que apunte con mayor precisión al problema central de los estudios bíblicos en el vigésimo siglo que la palabra ‘desmitologización.’ Es una palabra que primero entró en la boga en los círculos protestantes liberales, sobre todo como resultado de la lectura radical, existencialista de la Escritura promovida por el exegeta alemán Rudolf Bultmann.

  La idea central es que el hombre ‘científico’ moderno ya no puede aceptar literalmente la visión del mundo de la Biblia ― una visión del mundo que incluye la creencia en intervenciones sobrenaturales y preternaturales en el mundo de nuestra experiencia: visiones, milagros, profecías cumplidas, posesiones demoníacas y exorcismos, apariciones de ángeles portando mensajes desde el Cielo, y lo demás. ¿Si encontramos que tales fenómenos son increíbles, debemos entonces abandonar la creencia en la Biblia como la Palabra de Dios? Eso podría parecer el paso honrado y lógico a dar ― uno que muchos ateos y escépticos han dado a lo largo de los siglos. El teólogo ‘desmitificador’, sin embargo, no ve en absoluto la necesidad de semejantes respuestas drásticas de la ciencia moderna a las visiones (o supuestas visiones). Su solución propuesta es que en lugar de negar la verdad de la Escritura, simplemente debemos reinterpretar la Escritura. Por un lado, así nos dice, debemos reconocer que esos relatos bíblicos de intervención sobrenatural en el cosmos son de hecho míticos, desde que la ciencia moderna los descarta. Por otro lado, estos mismos relatos deben ser valorados y apreciados por su profunda importancia espiritual: ellos deben entenderse como expresando, en el tipo de ropaje literario que era apropiado para una cultura ingenua, pre-científica, las insondables verdades sobre la realidad divina y humana. El ‘lenguaje’ milagroso, sobrenatural, según el desmitologizador, es meramente como una cáscara exterior que necesita ser rota y penetrada por los cristianos modernos para extraer el sustento de la fruta que se encuentra escondido dentro de él.

 

I. Presentando a la ‘Leyenda Áurea

 

Habría mucho para decir  ― y se ha dicho repetidamente ― criticando este tipo de exégesis bíblica, pero mi propósito aquí es no concentrarme en las cuestiones específicas de la interpretación bíblica, sino alegar que esos estudiosos que, dentro de la Iglesia Católica, promueven interpretaciones desmitologizadoras de la Biblia han estado ocupados produciendo su propio mito ― un mito que se hace pasar por la historia de los estudios bíblicos católicos, y sobre todo de las enseñanzas papales sobre la Escritura, durante los últimos cien años o más. Ya que este mito es una historia que suena dulcemente ― una historia de iluminación y progreso siempre creciente que culmina en un fin venturosamente feliz ― he decidido llamarlo “La Leyenda Áurea.” Pero a pesar de toda su dulzura y luz, me parece que tuerce tanto la historia como la doctrina del católico. Por consiguiente, como el título de este artículo lo indica, creo que lo que parece necesitar una urgente desmitologización no es la propia Biblia, sino esta Leyenda sobre los supuestos adelantos modernos en la enseñanza del magisterio católico sobre los estudios bíblicos. En otros términos, necesitamos desmitologizar a los propios desmitogizadores.

  Permítame presentar los elementos principales de la Leyenda Áurea, tal como es expuesta ahora en casi todas nuestras instituciones de la Iglesia. A lo largo del mundo católico hoy, desde los escalones augustos de la Comisión Bíblica Pontificia hasta vuestro humilde maestro de Escritura al nivel universitario, de la escuela secundaria, o parroquial o en las clases de educación para adultos, la venerable tradición – ahora ya de más de treinta o cuarenta años ― es transmitida fielmente disintiendo escasamente alguna voz. Uno constantemente lee y oye la misma saga épica de oscuridad y luz, colmada de los mismos villanos y los mismos héroes.

  Al principio (según la Leyenda) la Iglesia católica yacía amortajada en la oscuridad de la ignorancia y la confusión con respecto a la interpretación de sus propios Libros sagrados. Es decir, durante unos buenos dieciocho o diecinueve siglos después de la fundación de la Iglesia, nadie ― ni aun los grandes santos, Padres, Doctores y Papas ― realmente entendió la clave para leer e interpretar la Biblia correctamente: todos ellos adoptaron lo que se llama ahora incondicionalmente un acercamiento ‘pre-crítico’ a la Escritura o incluso ‘fundamentalista’.[3] Los primeros vislumbres de la luz que empezó a brillar en la Alemania del siglo diecinueve fueron extinguidos rápidamente por los líderes de la Iglesia obscurantista que estaban decididos a perpetuar esta larga noche ‘pre-crítica’. Entonces vino la Estrella de la Mañana, en la persona de Papa León XIII, quién anunció el alba del esclarecimiento bíblico científico marcada por el hito de su encíclica Providentissimus Deus (1893). No obstante este amanecer fue demorado por más oscuridad y las frías horas de la reacción opresiva, gracias a la lamentable campaña anti-modernista lanzada por el Papa Pío X en los primeros años de este siglo. Los exegetas católicos visionarios como el P. Joseph-Marie Lagrange OP tenían que sufrir algún tipo de martirio en esos años represivos durante los cuales la guardiana Comisión Bíblica Pontificia ― que en ese momento funcionaba como un brazo del Magisterio ― emitió una serie de decretos reforzando las interpretaciones anticuadas y pre-críticas de la Biblia. En 1920 el Papa Benedicto XV reforzó esta atmósfera negativa y sofocante de sospecha vigilante hacia los estudiosos bíblicos con su Encíclica Spiritus Paraclitus. El resultado de todo esto fue que el progreso bíblico católico se frenó en un momento cuando la exégesis protestante, liberada de las demandas de una jerarquía autoritaria y anochecida, estaba adelantando libremente a pasos agigantados.

  Al fin, en 1943, finalmente llegó el alba. El nuevo Sucesor de Pedro, el Papa Pío XII, trajo con él una alegre y liberadora salida del sol promulgando su encíclica sobre la Sagrada Escritura, Divino Afflante Spiritu que lo convirtió de hecho nada menos que en un Gran Líder Revolucionario, valientemente decidido a abrir las puertas a los estudiosos bíblicos católicos que sus predecesores habían mantenido firmemente cerradas. En realidad el propósito principal de la encíclica de Pío XII habría sido advertir a los extremistas católicos conservadores sobre la necesidad de abrir más la mente y sospechar menos de las nuevas visiones de la crítica bíblica moderna. Poco después de su muerte en 1958, es verdad, los reaccionarios poderosamente atrincherados (guiados por el Cardenal Alfredo Ottaviani del Santo Oficio) se las ingeniaron, por breves momentos, para eclipsar el sol inexorablemente ascendente en un desesperado esfuerzo de último minuto para arrastrar a la Iglesia católica hacia atrás, a la oscuridad fundamentalista.[4] Al mismo tiempo, sin embargo, muchos exegetas pioneros e intrépidos resistieron estas medidas obscurantistas y audazmente se aventuraron hacia adelante por las nuevas sendas bíblicas abiertas para ellos por el Gran Líder, a fin de anotarse una aturdidora y firme victoria el 18 de noviembre de 1965, en la Batalla del Vaticano II. En ese día, la promulgación de la Constitución del Concilio sobre la Revelación Divina, Dei Verbum, habría introducido en la era presente de la perpetua luz del sol del mediodía en que los estudios bíblicos católicos ‘científicos’ continuarán calentándose irreversiblemente hasta el Día del Juicio (o cualquier otra cosa que resulte de la versión desmitologizada).

  Esto, en trazos esenciales, es lo que yo llamo la Leyenda Áurea. Claro, ya que describiéndolo así estoy empleando el género literario de la sátira, usted no debe asignar a mis palabras una interpretación servilmente literal y fundamentalista. Sin embargo, puedo asegurarle que cualquier exageración de la que yo pueda ser culpable es sólo leve. La perspectiva que está prevaleciendo hoy entre nuestros estudiosos bíblicos ― incluso en los más altos y prestigiosos niveles ― es en los hechos de carácter emocional y polémica, que ve la historia de los estudios católicos de la Escritura durante el último siglo en términos rigurosamente en blanco y negro. Los ‘buenos tipos’ son los exegetas liberales y progresistas que promueven esta mezcolanza heterogénea de procedimientos racionalistas y presunciones que normalmente se amontonan juntos bajo el paraguas titulado ‘método histórico-crítico’ y que llevan a la conclusión que muchísimos pasajes bíblicos tradicionalmente entendidos como verdaderamente históricos son más o menos míticos. Los ‘malos tipos’ por otro lado, son los conservadores, los tradicionalistas o los católicos ‘fundamentalistas' que en cada etapa durante el último siglo se han negado a aceptar el esclarecimiento de los nuevos expertos bíblicos, y quienes hoy continúan registrando su disentimiento del acuerdo general moderno en publicaciones como The Wanderer, This Rock, and the  Homiletic & Pastoral Review. El exponente americano más prominente de la Leyenda Áurea de los últimos treinta años ha sido probablemente el difunto P. Raymond Brown, miembro de la Comisión Bíblica Pontificia y uno de los pilares del liderazgo bíblico post-conciliar. Él retrata mordazmente a los católicos ‘pre-críticos’ como ‘El Enemigo’ en palabras de ningún modo inciertas, denunciando a sus representantes con los epítetos de ‘vigilantes derechistas’, ‘literalistas’, ‘extremistas de derecha’ y ‘editorialistas fundamentalistas y escritores de columnas periodísticas’. [5] Y sigue, acusando a tales críticos de constituir ‘un peligro para el continuo progreso de los estudios bíblicos católicos de este siglo’, ya que amenazan ‘frustrar la visión de Pío XII quién bien puede presentarse como el Papa-teólogo más grande del siglo’.[6]

  Críticas similares fueron hechas por otra luminaria del firmamento bíblico post-conciliar, el P. Joseph Fitzmyer, S.J., Profesor Emérito de Sagrada Escritura en la Universidad Católica de América, quien ha llegado hasta criticar abiertamente al Papa Benedicto XVI por ‘insistir en la inerrancia’ de la Escritura’.[7] Ciertamente, no podría haber en la práctica ningún otro síntoma más elocuente del malestar que aflige a los estudios católicos contemporáneos de la Escritura que el hecho de que un miembro principal de la Comisión Bíblica Pontificia puede no sólo describir la ‘insistencia’ en la inerrancia bíblica como algo digno de reproche en lugar de alabanza, sino que además puede hacerlo sin disculpas o explicaciones, suponiendo tranquilamente que la gran mayoría de sus lectores estará de acuerdo con él. De hecho mientras el documento de 1993 de la propia Comisión Bíblica pretende inspeccionar el entero ‘estado de la cuestión’ sobre los estudios bíblicos católicos en el siglo que siguió a la encíclica inicial del Papa León XIII sobre las Escrituras, el mismo ni siquiera menciona la inerrancia salvo, significativamente, en la breve pero muy polémica sección dónde denuncia al ‘fundamentalismo’ como la mayor amenaza de hoy al progreso de los estudios bíblicos.[8] La creencia en la inerrancia bíblica se presenta aquí como una característica típica de ‘fundamentalistas’.[9]

 

II. 1960: La Leyenda Áurea se encuentra con Mons. Antonino Romeo

 

El retrato del Papa Pío XII como un liberal o incluso un innovador revolucionario en materia bíblica, probablemente es el aspecto de la Leyenda Áurea que requiere de manera más urgente su desmitologización, porque no sólo distorsiona seriamente la posición de ese gran Pontífice; también es el instrumento principal de la respetabilidad actual de la Leyenda en su conjunto. Para ver cómo este mito empezó a tomar forma, necesitamos regresar al año 1960, cuando una controversia feroz sobre este punto hizo erupción en el corazón mismo de la Iglesia. Aquéllos que están familiarizados con la literatura sobre Fátima sabrán que ese año fue mencionado por Nuestra Señora en una locución a sor Lucía en 1946 en relación con el famoso ‘Tercer Secreto’: María le dijo a la monja portuguesa que el secreto debe hacerse conocido en el año 1960. Y cuando Sor Lucía le preguntó que por qué tenía que ser en particular ese año, nuestra Bendita Madre simplemente contestó que la situación sería más ‘clara’ entonces. Ya que 1960 realmente resultó ser un año relativamente silente por lo que se refiere a los eventos globales en la Iglesia y el mundo, muchos de nosotros nos hemos preguntado por qué fue [dicho año] singularizado en esta profecía. Yo sugeriría, a título de una especulación completamente personal, que quizás por lo menos una de las cosas que Nuestra Señora tenía en mente prediciendo que algo de importancia crítica se vería ‘más claramente’ en el año 1960 era la serie de eventos que estoy a punto de relatar eventos que han permanecido casi desconocidos a todos los católicos excepto para unos pocos especialistas en la historia de los estudios bíblicos. Su importancia surge del hecho que ellos revelaron (para aquéllos que tenían ojos para ver) la grave magnitud del daño hecho a los fundamentos de la fe católica por la corriente bíblica radical y racionalista, pavimentando así el camino a la explosión de herejía y confusión que ha devastado la Iglesia en los últimos treinta y cinco años.

  Ya durante la década de los años cincuenta, las principales líneas de la ‘Leyenda Áurea’ eran difundidas quedamente de boca en boca a lo largo del mundo católico, en las aulas de los seminarios ‘progresistas’, en las salas de profesores y en seminarios de Sagrada Escritura para estudiantes progresistas, de amplias miras. Para usar la terminología que los críticos bíblicos aplican al Nuevo Testamento, podríamos describir este proceso diciendo que antes de que la redacción escrita estándar de la ‘Leyenda Áurea’ comenzara a emerger, ya estaba tomando forma en la manera ‘kerygmatica’ de predicar y en la tradición oral. Entonces, en el mismo centro de la ciudadela en la propia Roma sólo dos años antes que empezara el Concilio Vaticano II, esta tradición en vías de desarrollo fue audazmente proclamada en un impreso. Un artículo de 12 páginas del P. Luis Alonso Schoekel, S.J., un exegeta español que enseñaba en el Instituto Bíblico Pontificio, fue publicado como editorial del número correspondiente al 3 de septiembre de 1960, del prestigioso periódico jesuita romano, La Civilta Cattolica, titulado Dove va l'esegesi cattolica? (“¿Adónde apunta la Exégesis católica?”), el histórico editorial del P. Alonso subrayó la creciente difusión de la nueva ‘amplitud’ de los estudios bíblicos supuestamente promovida por el Papa Pío XII en Divino Afflante Spiritu y en respuesta a la pregunta propuesta por el título, profetizó (y como resultaron las cosas, con bastante precisión) el creciente predominio de esta escuela ‘ampliada’ por sobre la escuela ‘estrecha’ o ‘conservadora’ que se decía que había prevalecido en la exégesis católica anterior a 1943.

  Es de hacer notar, claro, que el manifiesto del P. Alonso para la nueva era bíblica no apareció hasta después de la muerte (en 1958) del Papa supuestamente liberal en cuya alabanza y honor fue publicado. ¿Había quizás algún indicio, estando todavía Pío XII vivo y activo, de que el Pontífice que había presentado la encíclica Humani Generis sólo unos años después de la Divino Afflante Spiritu, podría sentirse menos que entusiasta al verse presentado como el campeón y el primer fautor de una Iglesia ‘más amplia’ y de la mayoría de las tendencias innovadoras en los estudios bíblicos? La Humani Generis, después de todo, era realmente lo contrario de una ‘encíclica liberal’: el Papa Pío XII la promulgó en 1950 precisamente para denunciar las tendencias peligrosas y modernistas en las teologías y exégesis bíblicas recientes. De todos modos, toda cautela por parte de la élite liberal fue abandonada y echada a los vientos después de la muerte del Papa. Y lo que podríamos llamar la creatividad teológica de la comunidad exegética ha continuado desarrollando el kerygma primitivo a la luz de su experiencia post-Vaticano II, al punto que hoy las versiones ‘canónicas’ de la ‘Leyenda Áurea’ le aplican libre y abiertamente a la Divino Afflante Spiritu el adjetivo que el P. Alonso sólo pudo insinuar en 1960: el P. Fitzmyer, en los años noventa, nos asegura que ‘la encíclica de Pío XII... era, de hecho, revolucionaria’. [10]

  Sin embargo, en cuanto la versión original de la ‘Leyenda Áurea’ del P. Alonso, todavía en una forma menos desarrollada, salió de la imprenta, ella fue convincentemente refutada por un formidable guardián romano de la ortodoxia bíblica capaz de advertir que el editorial de Alonso, a pesar de su fraseología diplomática, estaba aprovechándose del nombre y autoridad de Pío XII para arrojar el guante abiertamente a la entera tradición bi-milenaria de la exégesis católica. Éste era Mons. Antonino Romeo, un estudioso de la Escritura que en ese momento era un funcionario de la Sagrada Congregación para los Seminarios y Universidades.[11] En su sabia refutación, elocuente e indignada, al P. Alonso en el número de diciembre de 1960 de la revista teológica Divinitas, publicada por la Pontificia Università Lateranense,[12] Romeo no tuvo dificultades para mostrar cuán débil era la evidencia histórica aducida por el joven profesor del Instituto Bíblico en apoyo de su tesis.

  La afirmación más provocativa del editorial de Alonso Schoekel era que ya en 1943, Pío XII mismo «estaba muy conciente de la apertura de una puerta nueva y ancha a través de la cual estarían entrando muchas novedades en los recintos de la exégesis católica novedades que habrían sorprendido a mentes excesivamente conservadoras». [13] En apoyo de esa afirmación, Alonso tuvo necesidad de encontrar algunos estudiosos bíblicos ‘excesivamente conservadores’ de pre-guerra a quienes él podría señalar como ser representantes de las tendencias oficialmente aprobadas y dominantes en la exégesis católica antes del tiempo de Pío XII. Pero, como lo demostró Romeo, para hacer esto Alonso había apelado a caricaturizar y sacar de contexto ciertos escritos de tres grandes estudiosos bíblicos de principios del siglo, los Padres Billot, Murillo y Fonck.[14] Y, cuando llegó el momento de desenterrar casos de tesis bíblicas específicas a las que el Magisterio les hubiese previamente ‘cerrado’ las puertas, que habían sido ahora ‘abiertas’ en virtud de la Divino Afflante Spiritu, ¡Alonso fue incapaz de citar un solo ejemplo! Mencionó la creencia en la tardía paternidad literaria del Libro de Eclesiastés (es decir, centurias después de la muerte del Rey Salomón)[15] como una tesis que, así lo afirmaba él, sólo había sido gradual y cautamente admitida en los años de pre-guerras. Pero además de que aún durante los años mas severos del período anti-modernista, el Magisterio nunca censuró dicha tesis, la superior erudición de Mons. Romeo le permitió citar diez exegetas más del periodo anterior que abiertamente la sostuvieron, además de los dos que Alonso conocía y alababa como pioneros aislados y audaces.[16] Alonso también insinuó que una de las ‘novedades’ ahora autorizadas a entrar por las puertas exegéticas, gracias a la Divino Afflante Spiritu, fue el permiso para cuestionar la historicidad plena y literal del Libro de Judith. Pero de nuevo, Romeo señaló que el género literario de este libro había sido reconocido mucho tiempo antes como oscuro y discutible por los autores católicos reconocidos antes del tiempo de Pío XII: ya en 1933, el renombrado estudioso bíblico G. Ricciotti «pudo escribir... con plena aprobación eclesiástica: ‘Hoy los estudiosos de cada especialidad están de acuerdo como mínimo en esto, que el Libro de Judith no tiene ningún sentido si lo interpretamos literalmente’».[17]

  Romeo también dio testimonio personal, como alguien que realmente había estado en el Instituto Bíblico en Roma durante el periodo en el cual Alonso (décadas después y sin tal experiencia) sostuvo que a los exegetas católicos se los había mantenido en sumisión y temor a la autoridad de la Iglesia. Esta afirmación, dijo Romeo, era infundada: «Para que conste, el presente escritor atestigua que en el Instituto Bíblico Pontificio, antes del 30 de septiembre de 1943, nadie era consciente de este clima de miedo y desaliento entre los exegetas».[18] Recordó que por el tiempo que la Divino Afflante Spiritu fue publicada nadie pensó que hubiese algo particularmente ‘liberal’ o ‘revolucionario’ en ella (esto apenas sorprende ante el hecho que Pío XII insistió repetidamente en la primera parte de su encíclica que él deseó confirmar y reforzar todo lo que sus predecesores desde León XIII habían señalado con respecto a los estudios de la Escritura).[19] En respuesta a la versión de Alonso Schoekel de la historia reciente Romeo escribió: «En 1943 nadie notó ningún cambio de dirección. La iluminadora Encíclica Divino Afflante Spiritu continuamente habla de la gloriosa Tradición sobre la cual siempre descansó la exégesis católica. Cuando nos anima a que hagamos mayores progresos en las ciencias exegéticas, constantemente apunta a la manera ya indicada por los exegetas anteriores y el ejemplo resplandeciente de los Padres».[20]

  Incluso estudiosos que ulteriormente se volvieron bastante más (o más abiertamente) liberales en su exégesis no pudieron, en el periodo inmediatamente después de la promulgación de la encíclica de Pío XII, encontrar ante algo en él que permitiese lo hasta entonces prohibido. El P. Jean Levie SJ, hacia el final de los años cincuenta se volvió popular como un estudioso biblista decididamente ‘progresista’ y fue criticado severamente por Romeo en el artículo de 1960 que estamos comentando por su descuidado acercamiento al valor histórico de la Biblia. Pero en su propio comentario sobre la Divino Afflante Spiritu que publicó en 1946, Levie no hizo ninguna afirmación acerca de que ella estuviera abriendo cualquiera de las puertas hasta entonces cerradas ― y mucho menos que Pío XII se hubiese propuesto conscientemente abrirlas. [21]

  El argumento más poderoso de Mons. Romeo contra el P. Alonso Schoekel era su apelación al comentario de mayor autoridad sobre la Divino Afflante Spiritu que se haya publicado alguna vez: un artículo del Padre (más tarde Cardenal) Agustin Bea que apareció mucho tiempo atrás, en 1943, en La Civilta Cattolica, en el mismo número donde apareció la propia nueva encíclica papal. Bea era en ese momento el Rector del Instituto Bíblico Pontificio y estaba en constante contacto personal con el Papa Pío XII en virtud de ser su confesor. Es más, era un secreto a voces en Roma que Bea fue el principal experto empleado por el Papa para delinear la encíclica. Por consiguiente, nadie estaba en mejor posición que el P. Bea para exponer lo que el Papa estaba queriendo decir y sus intenciones en ese documento; y la publicación de su comentario junto con la misma encíclica claramente indicaba la gran confianza de la Santa Sede en su habilidad de explicarlo correctamente. Pero, como Romeo lo señaló en su propio artículo diecisiete años después, el comentario de Bea no hizo la más ligera indirecta acerca de que Pío XII tuviera alguna intención de ‘abrirles nuevas puertas’ a los estudiosos bíblicos que hubiesen estado previamente cerradas por sus predecesores en la Cátedra de Pedro. Al contrario: Bea comenzó su artículo insistiendo en que la encíclica Providentissimus de León XIII en 1893, cuyo 50º aniversario dio ocasión para publicar la nueva encíclica de Pío XII, «fijó para todos los tiempos las líneas fundamentales de los estudios bíblicos en la Iglesia católica».[22] Y resumiendo sus comentarios, Bea describió a la Divino Afflante Spiritu con términos igualmente conservadores: «su doctrina entrará ciertamente en la serie de esos documentos pontificios que seguirán siendo la guía y norma de la enseñanza bíblica para siempre».[23]

  En respuesta a la devastadora crítica de Mons. Romeo al P. Alonso Schoekel, los profesores del Instituto Bíblico Pontificio cerraron filas alrededor de su sitiado colega, dejando claro que ellos consideraron que su institución entera estaba bajo fuego. (En este momento del naciente resurgimiento liberal después de la muerte de Pío XII, Romeo había aprovechado la oportunidad para criticar no sólo a Alonso sino también a otro exegetas, incluyendo a dos profesores más del Instituto Bíblico). Rápidamente apareció en el periódico del Instituto, Verbum Domini un artículo en latín sólo ‘firmado’ por las iniciales del propio Instituto y de menos de un cuarto de longitud del artículo de Divinitas al que estaba contestando.[24] No intentó refutar ninguno de los argumentos sustantivos de Romeo contra la tesis central de Alonso, a saber, el esfuerzo por volver a escribir la historia introduciendo una cuña entre la encíclica de Pío XII y todas las declaraciones anteriores del Magisterio sobre la Sagrada Escritura, a la vez que minimizar la gravedad y permanente relevancia de la denuncia posterior del mismo Pontífice en Humani Generis sobre las peligrosas novedades exegéticas.[25] En cambio los profesores del Instituto Bíblico optaron por una respuesta que demostró ser un golpe maestro de relaciones públicas ― uno que dio vuelta la tortilla eficazmente contra Romeo y ayudó a asegurar que la ‘Leyenda Áurea’ se consolidase, por decirlo así, como la versión cuasi-oficial de la Iglesia del supuesto progreso hecho en los estudios bíblicos católicos del siglo veinte. Lo que los profesores hicieron fue desviar la atención sobre los argumentos centrales de Romeo para presentarse como las víctimas de una calumnia gratuita y obscurantista. Identificaron varios puntos bastante secundarios en los cuales su atacante hasta cierto punto interpretó mal algunos de los escritores que él estaba criticando, e insinuaron que esto era intencional y malévolo. También se agarraron de varios pasajes en donde Romeo se había permitido dejarse llevar un poco lejos por la indignación, al punto de hacer algunas imputaciones respecto de las cuales él no podría proveer prueba documentada.

  El Instituto Bíblico encontró un blanco fácil para el ridículo, por ejemplo, en un apasionado y aparentemente exagerado pasaje en donde Romeo dejó en claro que él consideró el artículo de Alonso como meramente la punta visible de un inmenso iceberg de exegética modernista oculto en las facultades teológicas católicas a lo largo del mundo. Él denunció terminantemente que el conjunto de los estudios bíblicos católicos contemporáneos estaba siendo minado desde dentro por una verdadera conspiración de disentimiento desde lugares eminentes.

  Después de evocar la alarma que sonó en la Humani Generis contra las tendencias respecto de las cuales Pío XII declaró que estaban «amenazando subvertir los fundamentos de la doctrina católica», Romeo continuó: «En Roma y a lo largo del mundo hay un taller entero de actividad incesante de termitas que carcomen febrilmente en las sombras. Esto nos compele a intuir la presencia activa de un plan completo de engaños dispuestos a desintegrar esas doctrinas que forman y nutren la fe católica. Un número cada vez mayor de indicios en el aire que vienen desde diferentes partes revelan el gradual despliegue de un plan de manipulación amplio y progresivo, bajo la dirección sumamente capaz de hombres aparentemente devotos, calculado para desarraigar la Cristiandad como ella ha sido conocida y ha vivido durante 19 siglos para reemplazarlo por un Cristianismo de la ‘nueva era’».[26]

  El Instituto Bíblico sólo necesitó citar este ‘pasaje provocativo’ con un aire de dolida y sofisticada incredulidad respecto de la ‘visión apocalíptica’[27] de Romeo para desacreditarlo completamente ante los ojos de muchos lectores influyentes. ¿Después de todo, no es acaso uno de los típicos elementos de la modernidad ilustrada el reconocer algo con algún sabor a ‘teorías de conspiración derechistas’ como evidentemente ridículo, para no ser así refutado con razones y contra-argumentos, sino simplemente con una sonrisa inteligente y un gesto desdeñoso de la mano? No obstante, fuera el iceberg tan peligroso y malévolo como Romeo lo pensó o no, la realidad de que un iceberg estaba de hecho allí bajo la superficie lo confirmó la reacción misma de los profesores del Instituto Bíblico. Después de todo, sólo dos o tres de ellos habían sido criticados por Romeo; pero evidentemente la facultad entera de veinte o más se sintió aguijoneada por sus púas y ahora se levantó como un solo hombre para resistirlo. En la práctica, la carta de triunfo de ellos fue presentar evidencias acerca de que la mayoría de los biblistas católicos actuales favorecían la tendencia denunciada por Romeo ― es decir, la apelación a la encíclica de Pío XII sobre las Escrituras para justificar interpretaciones cada vez mas amplias y menos rigurosas de la inerrancia e historicidad de la Biblia ― de manera que su acusación a unos realmente resultó ser una acusación a la exégesis católica contemporánea en su conjunto. Después de citar el pasaje de Romeo sobre la ‘conspiración’, los profesores les comentaron a sus lectores: «Usted estará preguntándose justamente, si habrá quedado finalmente afuera algún exegeta contemporáneo, de acuerdo con el criterio de Romeo, que ‘no’ esté implicado en esta conspiración mortal y prácticamente diabólica».[28] Luego continuaron dando una lista que lucía impresionante con altas autoridades eclesiásticas, renombradas instituciones católicas, revistas bíblicas respetadas y grupos de exegetas profesionales que habían apoyado abiertamente esos trabajos de los profesores Jesuitas Maximiliano Zerwick y Jean Levie a los cuales Romeo estaba acusando entonces como modernistas y poco ortodoxos. [29]

  Para abreviar, la teoría conspirativa de Romeo pudo no haber estado lejos de la verdad. El tipo de  exégesis resbaladiza, barranca abajo, denunciada en Humani Generis había, parece, continuado extendiéndose calladamente entre los estudiosos durante los años cincuenta, pero se había mantenido más o menos fuera de impresión y fuera de la vista mientras el severo y vigilante Pío XII permanecía al timón de la barca de Pedro. Cuando, poco después de la muerte de Pío XII, Mons. Romeo y unos pocos [30] golpearon la punta del iceberg, la gran masa de abajo empezó a subir a la superficie. ¡Esta nueva elite emergente estirando, flexionando sus músculos y tomando nota de su poder latente, podía ahora eximirse de la difícil (si no imposible) tarea de refutarles a los estudiosos como Romeo con capítulo y versículo de la Escritura y el Magisterio y se sentía libre de ‘argüir’ con una simple muestra de poder: ‘¡Estamos en todas partes! ¡Métase con uno de nosotros y usted deberá meterse con todos!"

 

III. 1961-1968: el triunfo de la ‘Leyenda Áurea’ 

 

Los resultados inmediatos de este conflicto en 1960 entre las escuelas bíblicas tradicionales y liberales en el centro de la Iglesia católica parecían constituir una victoria para los primeros; sin embargo, demostró ser una victoria muy efímera, como ahora veremos. El conflicto se vio inmediatamente como una confrontación escandalosa entre dos instituciones pontificias prestigiosas ― el Instituto Bíblico dirigido por los Jesuitas― y la Universidad Lateranense. Que alguien recuerde, nunca había ocurrido algo así en la Ciudad Eterna y los espectáculos impropios de dos augustas academias romanas en un estado de combate mortal pronto llamaron la atención del Papa Juan XXIII, quién, en la Primavera de 1961, instruyó al Santo Oficio (bajo la dirección del Cardenal Alfredo Ottaviani) intervenir y juzgar sobre la disputa. Mientras el caso estaba bajo estudio, el Santo Oficio emitió un Monitum (advertencia) el 20 de junio de 1961 contra las tendencias exegéticas que cuestionaban la historicidad de los Evangelios [31] y unos días después el libro La Vie de Jesús del biblista francés Jean Steinmann ― juzgado como un ejemplo de tales tendencias ― fue condenado y puesto en el Índice de Libros Prohibidos, con la aprobación expresa del Papa Juan.[32] Luego, en septiembre del mismo año, dos de los profesores del Instituto Bíblico a los cuales Mons. Romeo había denunciado en su artículo famoso, Stanislaus Lyonnet y Maximiliano Zerwick, fueron despedidos de sus cátedras por orden del Santo Oficio. Romeo los había acusado también de minar la historicidad de los Evangelios: Zerwick, por ejemplo, había afirmado en un seminario para los maestros de la Escritura italianos que las promesas de Cristo a Pedro en Mateo 16, 18-19 («Tu eres Pedro, y sobre esta piedra…») es «el trabajo del evangelista que pone en los labios de Jesús una frase ficticia».[33] (El P. Malachi Martin que en ese momento era un colega de Zerwick en el Instituto Bíblico también me ha relatado , en conversación privada, sus claros recuerdos de Zerwick desestimando como míticos los relatos de San Mateo de la Infancia, la visita de los Magos, la matanza de Herodes de los Inocentes y así sucesivamente).

  A la luz de estas advertencias del magisterio y las medidas disciplinarias en 1961 parecía como si los ‘fundamentalistas’ del Vaticano (como los llama el P. Raymond Brown) hubieran ganado la partida. Sin embargo, el Papa Pablo VI, poco después de su elección en junio de 1963, inició un curso de acción el cual ― lo hubiese deseado conscientemente o no ― iba a producir un cambio práctico de esta situación. Siendo todavía Cardenal de Milán, Montini se había pronunciado por escrito poco antes del Vaticano II con declaraciones que, a la luz de la subsiguiente explosión de disentimiento que iba a aparecer inmediatamente después del Concilio, demostraron ser muy ingenuas. Él había afirmado, por ejemplo, que la Iglesia católica entera, en la víspera del inminente Concilio Ecuménico, se encontraba serenamente unida en la fe y no estaba turbada por disputas internas o herejías de cualquier tipo. Con respecto a la particular controversia que hemos estado examinando, el Papa Pablo, en línea con su perspectiva optimista, fue persuadido evidentemente por el alegato de que Romeo y otro exegeta tradicional de la Universidad Lateranense de Roma, Mons. Francesco Spadafora,[34] habían calumniado a los profesores del Instituto Bíblico en sus imputaciones publicadas. De acuerdo con ello, el 31 de octubre de 1963, durante su primera visita como Papa a la Universidad Lateranense pronunció públicamente un cáustico reproche a estos profesores conservadores, acusándolos de haberse comprometido en ‘celosa rivalidad’ y ‘molestas polémicas’ y advirtiéndoles nunca más repetir tal conducta.[35] No mucho después de eso, el Papa despidió al Rector de la Universidad de Lateranense, Mons. Antonio Piolanti quien, como editor de Divinitas, había apoyado fuertemente las imputaciones hechas en esa revista por Romeo y Spadafora. Luego, en marzo de 1964, Paul VI recibió en audiencia pública al nuevo Rector del Instituto Bíblico, el canadiense P. Roderick MacKenzie, S.J., quién le pidió que reabriese el caso de sus dos compañeros jesuitas profesores a quienes el Cardinal Ottaviani había despedido de sus cátedras.

  Simpatizando espontáneamente con la convicción de MacKenzie de que Lyonnet y Zerwick fueron víctimas inocentes de prejuicios reaccionarios, Pablo VI aceptó hacer revisar sus casos por una comisión de Cardenales dirigida por el anterior rector del Instituto Bíblico, el Cardenal Bea. El resultado fue que los dos profesores Jesuitas fueron reintegrados y empezaron a enseñar de nuevo en el semestre del otoño de 1964. Esta revisión fue evidentemente llevada a cabo con gran secreto. Del grupo selecto de Cardinales que en 1964 componía la Comisión Bíblica Pontificia (que en ese momento todavía era un órgano del Magisterio), el único miembro que todavía vive es el Cardenal Franz Koenig, Arzobispo jubilado de Viena. El año pasado (1997) me informó que no sólo no fue consultado sobre la revisión; no supo nada sobre ella hasta que leyó sus resultados en los periódicos. Y en 1995 le pregunté a Mons. Spadafora, uno de los principales ‘testigos de cargo’ en los procesos originales del Santo Oficio en 1961 contra los dos profesores, si él fue después de nuevo consultado durante la revisión del caso por el Cardenal Bea, tres años después. Contestó que él tampoco supo nada sobre esta revisión hasta que sus resultados fueron hechos públicos.

  Los efectos de estas reincorporaciones, recomendadas por Bea y autorizadas por Pablo VI fueron importantes: con la ventaja de la percepción retrospectiva podemos ver  que ellas hicieron mucho para asegurar el firme atrincheramiento de los biblistas liberales, racionalistas en la Academia católica, junto con la ‘Leyenda Áurea’ que da respetabilidad a esa escuela de exégesis. Como el Cardinal Koenig me comentó en una carta, «El re-establecimiento de los dos Jesuitas, Lyonett y Zerwick, causó mucho asombro en ese momento y los testigos entendieron que Pablo VI no estaba de acuerdo con las decisiones del Santo Oficio».[36] De hecho, ésta era una de las varias humillaciones que su Prefecto, el Cardinal Ottaviani, tuvo que soportar durante los años del Vaticano II.[37]

  No es que Pablo VI mismo tuviese simpatía alguna por la crítica radical de los Evangelios. Al contrario, en mi tesis doctoral que fue aceptada en enero último y está en este momento en proceso de publicarse en Roma, he mostrado que, como todos sus predecesores (y sucesores) en la Cátedra de Pedro, Pablo VI sostuvo clara y constantemente la historicidad íntegra de los Evangelios ― incluyendo esos pasajes que son los más frecuentemente desmitologizados por los ‘exegetas reconocidos’ ― en centenares de documentos y discursos. De hecho, mi investigación ha revelado que el Papa reafirmó no menos de 52 veces, desde el comienzo al fin de su pontificado de quince años, la historicidad de las promesas de Nuestro Señor a San Pedro como están registradas en Mateo 16, 17-19.

  ¿Por qué, entonces, reincorporó al P. Zerwick, quien había públicamente descripto esas promesas como una ‘ficción’, como maestro de la institución de estudios bíblicos más vital y prestigiosa de la Iglesia ― y sin incluso requerir de Zerwick ninguna retractación pública? Tendremos que esperar hasta alrededor de la mitad del próximo siglo, cuando los archivos pertinentes del Santo Oficio se abran finalmente para su estudio,[38] antes que pueda verterse más luz respecto de tan grande pregunta. Pero en términos generales, podemos decir que este caso presenta más evidencia del carácter enigmático, paradójico del pontificado de Pablo VI. En conformidad con esas mismas promesas a Pedro cuya autenticidad estaba siendo cuestionada, la enseñanza magistral oficial del Papa Pablo expresó siempre la fe apostólica ortodoxa; pero sus decisiones prácticas, administrativas ― y a veces su indecisión ― a menudo parecían tener el efecto de comprometer esa fe. Como he dicho en una de las conclusiones de mi tesis doctoral: uno podría decir… que la estrategia concientemente escogida por Pablo VI para tratar las amenazas de falsa doctrina ― en los estudios bíblicos así como en otras ciencias sagradas ― era prácticamente la contraria al famoso dictum del Presidente Theodore Roosevelt al efecto que, en las relaciones extranjeras, los Estados Unidos deben ‘hablar suavemente, pero llevar un buen garrote’. El Papa Pablo, al contrario, dio la impresión de esforzarse por compensar la indulgencia en la acción disciplinaria, con redoblada frecuencia y urgencia en el discurso.

  Parece que había ciertas condiciones ligadas de hecho al retorno de los dos profesores jesuitas a sus cátedras: como lo he mostrado en mi tesis, después de esto ellos no enseñaron o publicaron material en conexión con esas áreas de estudios bíblicos cuyas opiniones había entrado en conflicto con el juicio del Santo Oficio. Sin embargo, nada de esto fue anunciado públicamente y el mensaje de facto enviado a los biblistas católicos alrededor del mundo en el verano de 1964 simplemente era que los hechos hablan más ruidosamente que las palabras. Se entendía que desde aquel momento, sin tener en cuenta lo que el Magisterio podría decir en el papel con respecto a la interpretación bíblica, los exegetas católicos podían en la práctica sentirse libres para promover cualquier teoría crítica exegética que quisieran sin tener que temer ninguna acción disciplinaria. Después de más de treinta años esta situación todavía prevalece: mientras varios teólogos dedicados al dogma y a la moral han sido advertidos y/o disciplinados por Roma en las recientes décadas (por ejemplo Hans Küng, Edward Schillebeeckx, Charles Curran, Leonardo Boff y Tissa Balasuriya), ni un solo exegeta profesional, en mi conocimiento, ha sido alejado de su cátedra, aunque la exégesis bíblica radical casi siempre ha provisto importantes premisas para las conclusiones delineadas por los moralistas disidentes y los teólogos dogmáticos.

  Otro factor en el triunfo de la ‘Leyenda Áurea’ fue la aún más catastrófica derrota sufrida por el Cardenal Ottaviani y el Santo Oficio en noviembre de 1962, cuando el esquema original conciliar sobre ‘Las Fuentes de la Revelación’ (la Escritura y la Tradición) que se había preparado bajo la vigilancia de Ottaviani fue decididamente rechazado por los Padres del Concilio Vaticano II. Entre otras cosas, el esquema explícitamente afirmaba la inerrancia completa de la Escritura y la verdad histórica de las narrativas sobre la Infancia y la Resurrección en los Evangelios, reprimiendo severamente a cualquiera que ‘se atreviese’ a minimizar la historicidad de las palabras de Jesús y los hechos como ellos son informados en cualquier parte de los cuatro Evangelios. Más del 60 por ciento de los Padres del Concilio votaron en contra de este documento después de escuchar durante varios días a algunos de los mas eruditos y prestigiosos prelados de la Iglesia ― al Cardenal Bea sobre todo ― criticando el esquema por su supuesta negatividad y sospecha hacia la exégesis moderna, su tono excesivamente ‘escolástico’ y ‘poco pastoral’, su insensibilidad ecuménica y claro, su fracaso en incorporar las nuevas y liberadoras visiones supuestamente contenidas en la encíclica de Pío XII Divino Afflante Spiritu. Esto, a pesar del hecho de que el esquema no sólo se refirió repetidamente a la DAS, sino incluso citó precisamente aquel supuestamente pasaje ‘liberador’ o ‘revolucionario’ de la encíclica que ha provisto el principal pretexto para aquéllos que han estado hilando la ‘Leyenda Áurea’: es decir, el pasaje donde Pío XII habla de la importancia de identificar correctamente las respectivas formas literarias de las diferentes partes de la Escritura.[39] Luego del rechazo de este proyecto original sobre la Revelación Divina, el esquema que lo reemplazó pasó a través de varias revisiones durante los restantes tres años del Concilio Vaticano II y gracias a la vigilancia e insistencia de algunos de los más fuertes Padres tradicionales durante ese proceso, la versión finalmente aprobada y promulgada por el Papa Pablo VI el 18 de noviembre de 1965 ― la Constitución Dogmática Dei Verbum ― realmente reincorporaba los puntos principales que los liberales habían objetado en el esquema original, aunque ahora en una forma más indirecta y menos explícita. En lugar de ser afirmadas simplemente y de forma prominente en el texto principal del documento, la ilimitada inerrancia de las Escrituras y el carácter histórico de la Infancia y los relatos de la Resurrección surgen ahora como enseñanzas sólo reafirmadas por el Concilio Vaticano II cuando uno tiene en cuenta la letra chica: es decir, las notas a pie de página y las explicaciones oficiales de las correcciones al texto de los Padres del Concilio realizadas por los portavoces de la Comisión Teológica. Estas explicaciones, en todo caso, generalmente han permanecido inaccesibles para el 99 por ciento de los creyentes católicos: muchas de ellas nunca se han traducido a los idiomas vernáculos y los únicos lugares dónde usted puede estar seguro de desenterrarlas son las bibliotecas teológicas lo bastante grandes como para contener los 27 grandes tomos que contienen los documentos completos del Concilio, todos en latín.

  Podríamos decir entonces que el Papa Pablo VI y los Padres Conciliares optaron de hecho en los documentos del Concilio Vaticano II, respecto de varios puntos doctrinales vitales pero polémicos, por la política de reafirmarlos mediante un cuchicheo sutil y escasamente audible, en lugar de trompetearlos fuerte y claramente. Y esto, yo diría, resultó ser un desastre en materia de relaciones públicas para con la ortodoxia católica durante la época de las comunicaciones masivas, donde estamos cada vez más condicionados para asimilar solamente la información, cuando nos alcanza de la manera más ruidosa y directa, ― que nos lanzan en la forma de eslóganes predigeridos y redundantes y dentelladas sonoras desde los titulares de los periódicos y las pantallas de la televisión y de las computadoras, ricas en decibeles y vívidos colores.

  Los proveedores de la ‘Leyenda Áurea’, quienes, como todos los católicos progresistas, siempre podrían contar con el apoyo de los medios de comunicación seculares, fueron rápidos en aprovecharse de la situación. Ignorando la letra chica del Concilio en Dei Verbum y citando muy selectivamente la encíclica del Papa Pío XII, tuvieron tanto éxito dominando la opinión pública respecto de los estudios bíblicos católicos que a los tres años del Concilio habían incluso penetrado las filas de los escritores de los discursos papales. En una alocución a un congreso de estudiosos del Antiguo Testamento en abril de 1968 Pablo VI hizo la misma aserción pseudo-histórica que el P. Luis Alonso Schoekel había hecho ocho años antes, en el editorial que provocó la indignada reacción de Mons. Antonino Romeo. El Papa dijo: «Todos ustedes saben que Nuestro predecesor Pío XII había abierto ampliamente la vía  a los investigadores en su encíclica Divino Afflante Spiritu del 30 de septiembre de 1943». Evidentemente el informe de Romeo sobre la enseñanza papal en el siglo veinte sobre las Escrituras había sido tirada en esos momentos al basurero. Era una excelente historia, pero, a una distancia de más de treinta y cinco años, podemos ver ahora, más claramente que nunca, que prácticamente antes de que su tinta estuviera seca, era la historia escrita por un perdedor.

 

IV. Las falacias de la ‘Leyenda Áurea’ 

 

Finalmente, después de nuestro excursus histórico que intenta resumir el proceso por el cual el biblismo católico liberal ha logrado controlar y dominar la escena, concluiré preguntando ― y contestando muy brevemente ― ¿Qué, después de todo, está equivocado en la ‘Leyenda Áurea’?. ¿Cuáles son las falacias en esta versión de nuestra reciente historia que necesita ser desmitologizada? Después de todo, estoy sosteniendo, junto con Mons. Romeo que la supuesta apertura por el Papa Pío XII de las puertas exegéticas que habían estado cerradas por sus predecesores, es completamente legendaria. Pero si esto es así, ¿cómo es que la Leyenda se las ha arreglado para hacerse pasar por tan largo tiempo y con tal éxito deslumbrador, como un hecho histórico? ¿Debe haber dicho seguramente algo el Papa en la Divino Afflante Spiritu que diera por lo menos algún pretexto a los tipos de interpretación que estoy criticando? Yo he contestado esta pregunta, entre otros, en un artículo que aparece en Faith & Reason Quarterly, en el número correspondiente a la Primavera de 1997, (40) [40] y no se intentará reproducir aquí todo lo contenido en mi artículo. Lo que sigue es un breve resumen de algunos de los puntos principales:

 El MITO No. 1 sostiene que desde el principio de este siglo [XX] hasta 1943 el Magisterio adoptó una visión cerrada, negativa y sospechosa respecto de todos los biblistas, de manera que mantuvo a todos los exegetas en un miedo constante de censura por las opresivas y obscurantistas autoridades vaticanas. Sin embargo la realidad es que de todos los miles de los libros católicos eruditos y de los artículos sobre las Escrituras publicados en este periodo de cuarenta años, sólo cuatro libros y dos artículos fueron condenados formalmente por el Santo Oficio o la Comisión Bíblica. Éste parece un número modesto de víctimas para un supuesto Reino del Terror contra los estudiosos bíblicos. Tenemos el testimonio de biblistas como Romeo que vivía por entonces y quién afirmó que no era verdad que los exegetas hubieran estado viviendo en general con miedo de ser silenciados o censurados por las autoridades romanas. La realidad es que había, sin ninguna duda, una minoría de estudiosos cripto-liberales que ciertamente se sintieron oprimidos y en consecuencia releyeron en esos períodos sus propias aprensiones como  si hubieran sido el sentimiento dominante en esos momentos.

  El MITO No. 2 afirma que la motivación principal del Papa Pío XII para publicar la Divino Afflante Spiritu era advertir a la Iglesia de la horrible amenaza representada por los católicos extremistas y conservadores que estaban rechazando la crítica bíblica (liberal) para favorecer un acercamiento fundamentalista a la Escritura. ¿Cuál es la realidad? El hecho es que esa encíclica de Pío XII hace un solo comentario advirtiendo que los católicos no deben rechazar automáticamente todo lo nuevo en los estudios bíblicos simplemente porque es nuevo. Ahora, cuando investigamos el trasfondo de ese breve comentario, encontramos que el Papa tenía allí sólo en mente, un único, solitario sacerdote, un cierto P. Dolindo Ruotolo, prácticamente desconocido fuera de Italia que había causado algunas chispas de controversia anteriormente en 1941 haciendo circular un folleto ‘tradicionalista’ que denunciaba el supuesto modernismo de los estudios bíblicos actuales. Pero las ideas del P. Ruotolo eran tan extremas que ellas no estaban en absoluto en línea con la auténtica tradición. Por ejemplo, él condenó enfáticamente el estudio moderno de los idiomas originales de la Escritura, el griego y el hebreo, porque, según su interpretación del Concilio de Trento, la edición de la Vulgata latina era ya la versión más perfecta posible de la Biblia. Esta posición muy extrema y bastante errónea era lo que Pío XII tenía en mente haciendo el comentario mencionado. Pero en tiempos más recientes el P. Raymond Brown y otros reconocidos exegetas han estado citando esa frase para castigar a cualquiera que critique su propia exégesis en estas materias en publicaciones como The Wanderer, Culture Wars, This Rock, Homiletic & Pastoral Review, and Faith & Reason.

  El MITO No. 3 asegura que mientras los Papas anteriores se habían negado a permitir a los exegetas reconocer varios géneros literarios diferentes en la Escritura, insistiendo que todo en la Escritura tenía que ser interpretado literalmente, Pío XII invirtió esta política reaccionaria e insistió en una correcta identificación de las formas literarias de la Biblia. El hecho es que mucho tiempo antes de Pío XII el Magisterio había permitido bastantes especulaciones sobre los géneros literarios en los libros bíblicos y todo lo que Pío XII hizo fue afirmar más explícitamente ciertos principios que habían sido reconocidos en la práctica desde hacía mucho tiempo.

  El MITO No. 4 nos dice que, gracias al reconocimiento de Pío XII de los diferentes géneros literarios de la Biblia y a las enseñanzas del Vaticano II sobre el mismo asunto, los exegetas católicos están ahora autorizados a sostener que partes de los cuatro Evangelios deberán ser entendidos como literatura imaginativa o simbólica de alguna clase, en lugar de verdadera historia. El hecho es que ni Pío XII ni el Vaticano II dieron ninguna justificación a esta opinión que representa un abuso, en lugar de una aplicación legítima, de la enseñanza de la Iglesia sobre los géneros literarios bíblicos.

  EL MITO No. 5 finalmente nos asegura que el Vaticano II restringe la inerrancia de la Escritura a ciertos temas o elementos que «están en la Biblia a causa de nuestra salvación». El hecho es que, como las explicaciones oficiales y las notas a pie de página la letra chica lo dejan claro, no se piensa en ninguna estricción semejante. Yo he defendido en mi tesis doctoral que las traducciones inglesas publicadas de Dei Verbum en realidad son más bien engañosas y que una traducción exacta pondría en claro que lo que el Concilio realmente asegura es que todo en la Biblia está allí «por causa de nuestra salvación» y que todo lo afirmado por  los escritores sagrados está necesariamente libre de error en virtud de su simultánea paternidad literaria divina. Leeré para usted la traducción inglesa más conocida de este pasaje y luego mi propia traducción sugerida que he defendido con gran detalle en mi tesis doctoral. La primera es la que se encuentra en la edición de Flannery y también usada, desgraciadamente, en el Catecismo de la Iglesia católica (#107):

«Ya que todo lo que los autores inspirados o escritores sagrados afirman debe considerarse como afirmado por el Espíritu Santo, nosotros debemos reconocer que los libros de la Escritura firme, fielmente y sin error, enseñan aquella verdad que Dios, por causa de nuestra salvación, deseó ver confiada a las Sagradas Escrituras» («Since all that the inspired authors or sacred writers affirm should be regarded as affirmed by the Holy Spirit, we must acknowledge that the books of Scripture, firmly, faithfully, and without error, teach that truth which God, for the sake of our salvation, wished to see confided to the Sacred Scriptures»). 

  Eso es hasta cierto punto ambiguo: uno no sabe si están diciéndonos que todo o sólo algo de la Biblia está allí por causa de nuestra salvación y por consiguiente garantizado de estar libre del error. Mi propia traducción sugerida es como sigue:

«Ya que todo lo que los autores inspirados o sagrados escritores afirman debe considerarse como afirmado por el Espíritu Santo, nosotros debemos en consecuencia reconocer que los Libros de la Biblia enseñan la verdad fiel, firmemente y sin error teniendo presente que fue por causa de nuestra salvación que Dios quiso que esta verdad quede registrada en la forma de Sagrada Escritura». («Since all that the inspired authors or sacred writers affirm should be regarded as affirmed by the Holy Spirit, we must in consequence acknowledge that the Books of the Bible teach the truth firmly, faithfully, and without error ― keeping in mind that it was for the sake of our salvation that God wanted this truth recorded in the form of Sacred Scripture»).

  Casi treinta años después del triunfo de la ‘Leyenda Áurea’ ella todavía reina casi sin desafíos a pesar de su manifiesta distorsión de los documentos de la Iglesia. ¿Hay señales de esperanza? Sí, las hay. Me parece una notable señal de la protección de la Iglesia por el Espíritu Santo que a pesar del racionalismo y el escepticismo prevalecientes en los estudios bíblicos, los documentos magisteriales de Juan Pablo II, como aquéllos de sus predecesores, continúan sosteniendo la verdad histórica y la inerrancia de la Sagrada Escritura. Así lo hace el Catecismo de la Iglesia Católica, en sus copiosas referencias a los Evangelios y otros libros bíblicos.[41] Muchas veces en el pasado la fe de la Iglesia ha sido atacada desde dentro. Pero la Roca de Pedro sobre la que nuestro Señor fundó la Iglesia siempre prevalecerá. Y con el favor de Dios, viviremos para ver el día, en el nuevo milenio, cuando esa falsa versión de las enseñanzas de la Iglesia que he estado criticando en este ensayo no sólo será reconocida como una Leyenda, sino también estará certificadamente muerta y enterrada.

 

 

 

 

 



[1] Cf. Dei Verbum, 11

[2] Dei Verbum, § 19. 

[3] Muchos o la mayoría de los católicos asociará la palabra 'fundamentalista' con la lectura protestante conservadora y anti-católica de la Biblia. Sin embargo en los años recientes los proveedores de la ‘Leyenda Áurea’ no han mostrado vacilación alguna al aplicar este epíteto peyorativo a los católicos que sostienen la enseñanza tradicional de su Iglesia en la inspiración, historicidad e inerrancia de la Sagrada Escritura. Vea por ejemplo J.A. Fitzmyer, S.J., (ed.), The Biblical Commission Document, “The Interpretation of the Bible in the Church” ― Text and Commentary (Rome, Editrice Pontificio Istituto Biblico, 1993). Se refiere al trabajo apologético de Karl Keating como un ejemplo de una nueva tendencia que él encuentra perturbadora y la describe como sigue: “Desgraciadamente, los católicos en los recientes tiempos han estado desarrollando su propia forma de lectura fundamentalista de la Biblia” (op. cit., pág. 107  y  cf. n. 143  en esa página).

[4] En una presentación muy conocida de la ‘Leyenda Áurea’, otro principal exegeta post-conciliar, el P. Raymond E. Brown, S.S., habla de la « “crítica bíblica adoptada por Pío XII” y de ciertos exegetas prominentes “(por ejemplo, David Stanley and Stanislaus Lyonnet)... quienes sufrieron grandemente los intentos abortivos fundamentalistas de alrededor de 1960 para rechazar esa crítica» (The Virginal Conception and Bodily Resurrection of Jesus, New York, Paulist Press, 1973; pág. 6).

[5] ibid., pág. 13.

[6] ibid., págs. 13-14.

[7] Fitzmyer, op. cit., pág. 20, n. 10.

[8] ibid., págs. 101-108, con el texto y comentario de la Section I (F) del documento de la Pontificia Comisión Bíblica, titulada “Interpretación fundamentalista”.

[9] En este documento, la mayor aproximación a una profesión de fe en la inerrancia bíblica por parte de la propia Comisión Bíblica de hecho se evita cuidadosamente. Nótese la redacción curiosa de la siguiente concesión: «el Fundamentalismo correctamente insiste en la inspiración divina de la Biblia, la inerrancia de la Palabra de Dios y otras verdades bíblicas...» (ibid., pág. 104, énfasis agregado). ¿No podríamos esperar que se usase aquí una manera más corta y más natural de formular [tal inerrancia] por aquéllos que asienten a la doctrina de que «todo lo afirmado por los autores inspirados... debe sostenerse como afirmado por el Espíritu Santo”, como insiste el Vaticano II en Dei Verbum, §11? ¿Por qué distinguir en este conetexto entre “la Biblia” y “la Palabra de Dios” — cuando los “fundamentalistas”, cuyas perspectivas son las de quienes supuestamente están informando en esta frase, ciertamente no las harían? Es decir, por qué simplemente no dice, «el Fundamentalismo es correcto en insistir en la inspiración divina e inerrancia de la Biblia y otras verdades bíblicas...»? Realmente, ¿por qué no? — a menos que uno sea renuente a conceder que ese Fundamentalismo “es correcto” cuando expresa su doctrina en esa forma. ¿Pero, por qué debe haber una tal repugnancia, a menos que uno sostenga la opinión — incompatible con la fe católica — que no todo lo escrito en la Biblia realmente es la ‘Palabra de Dios’ ”?

[10] op. cit., págs. 18-19.

[11] Ha sido luego renombrado como Congregación para la Educación católica.

[12] A. Romeo, “L’Enciclica ‘Divino afflante Spiritu’ e le 'Opiniones” Nov., Divinitas 4 (1960), págs. 387-456.

[13] "… si rese ben conto di aprire una nuova ed ampia porta, e che attraverso di essa sarebbero entrate nel recinto dell'esegesi cattolica molte novit_, che avrebbero sorpreso gli animi eccessivamente conservatori " (L. Alonso Schoekel, “Dove Va L'Esegesi Cattolica?” [La Civilta Cattolica, III, quad. 2645, 3 September 1960] pág. 456).

[14] cf. Alonso, op. cit., págs. 451-453 and Romeo, op.cit., págs. 397-404.

[15] El libro empieza (1, 1) con una descripción del autor como “el Predicador, el hijo de David, el Rey en Jerusalén”. La opinión general entre los eruditos es desde hace mucho tiempo que esto debiera haberse entendido como una estratagema literaria por los supuestos lectores originales y que la doctrina e idioma del libro lo identifica como del post-exilio en el origen, es decir, al menos medio milenio después del tiempo de Salomón.

[16] cf. Alonso, op. cit., pág. 454 y Romeo, op. cit., pág. 405, especialmente n. 45.

[17] cf. Alonso, op. cit., pág. 457 y Romeo, op. cit., págs. 434-435, n. 113.

[18] Romeo, op. cit., pág. 393, n. 13.

[19] cf. Enchiridion Biblicum (EB) 539-545.

[20] Romeo, op. cit., pág. 409.

[21] cf. J. Levie, “L'Encyclique sur les etudes Bibliques.” Part I (Nouvelle Revue Theologique, Vol. 68, No. 6, Oct. 1946) págs. 655-657 y Part II (Vol. 68, No. 7, Nov-Dec 1946), págs. 781-782.

[22] “… fissa per sempre le linee fondamentali dello studio biblico nella Chiesa católica” (A. Bea, “L'Enciclica Divino afflante Spiritu” [La Civilta Cattolica, No. IV, quad. 2242, 10 November 1943] p. 212).

[23] “…entrere certamente nella serie dei quei documenti pontifici, che rimarranno per sempre guida e norma dell'insegnamento biblico” (ibid., p. 224).

[24] cf. article mostrando las initiales “P.I.B.”, titulado “Pontificium Institutum Biblicum et Recens Libellus R.mi D.ni A. Romeo” (Verbum Domini, 39 [1961] pp. 3-17).

[25] cf. Pío XII, encíclica Humani Generis (12 August 1950), EB 612-613, 618.

[26] Romeo, op. cit., pág. 454.

[27] “...apocalypticam visionem”  “PI.B.,” op. cit., pág. 14. (En la  pág. 15 es reproducido el pasaje del artículo de Romeo citado en la  nota  26 arriba.)

[28] ibid., pág. 15, énfasis en el original.

[29] ibid.

[30] Éstos incluían notablemente al Cardenal Alfredo Ottaviani, Prefecto del Santo Oficio, los Cardenales Ruffini y Pizzardo de la Comisión Bíblica Pontificia y a Mons. Francesco Spadafora, otro profesor de Escritura de la Universidad Lateranense que en ese momento era uno de los consejeros confiables de Ottaviani en el Santo Oficio. Hasta que él muriera en marzo de 1997, Spadafora nunca dejó de desafiar abierta y agresivamente al prevaleciente liberalismo post-conciliar en los estudios bíblicos católicos, sobre todo en el periódico italiano autodenominado “anti-modernista”, Si Si No No.

 

[31] cf. EB 634.

[32] cf. EB 635.

[33] «… l'opera dell'evangelista, che mette nella bocca di Gesu una frase fittizia” (M. Zerwick, Critica letteraria del N.T. nell'esegesi cattolica dei Vangeli [Conferenze tenure al Convegno Biblico di Padova 15-17 settembre 1959], S. Giorgio Canavese, 1959, p. 5). Zerwick sólo concedió que esta alegada ficción inventada por Mateo (o por un redactor anónimo del Evangelio) estaba por lo menos en armonía con otras cosas que Jesús dijo realmente en otras ocasiones.

[34] cf. arriba, n. 30.

[35] "gelosa concorrenza ... fastidiosa polemica" (Insegnamenti di Paolo VI, 1963, pág. 272).

 

[36] Carta a B.W Harrison, Marzo 29, 1996.

[37] Como muchos clérigos en esos momentos, el Cardenal Bea ― según información que me fue dada por dos sacerdotes que lo conocieron bien, Mons. Francesco Spadafora y el P. Malachi Martin ― se volvió decidamente más “progresista” en sus perspectivas durante los años entre la muerte de Pío XII y la celebración del Vaticano II. Esto, parece, fue en parte debido a un sentido de solidaridad con sus compañeros jesuitas que estaban volviéndose cada vez más liberales en ese momento y en parte porque él fue cautivado personalmente por la alegre visión del Papa Juan de un ‘nuevo Pentecostés’ logrado por el Concilio a través de ‘la franqueza,’ el ‘aggiornamento’ (puesta al día), el diálogo con el mundo y sobre todo, el ecumenismo. La hipótesis del P. Martin es que Bea, entrenado en la tradicional escuela jesuítica de estricta obediencia ignaciana, concientemente se esforzó por adaptar su propia perspectiva a la de los sucesivos Pontífices a los que él fue llamado para servir.

[38] En marzo de 1996 pedí permiso al Cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe para tener acceso a los documentos del caso Lyonnet-Zerwick, para los propósitos de mi investigación doctoral. Fui informado que esto no sería posible, ya que ninguno de los archivos del Santo Oficio desde el pontificado de Papa San Pío X (es decir, desde 1914) están hasta ahora abiertos para la inspección de los estudiosos.

[39] Refiriéndose a ese pasaje en la nota 9, el artículo 13 del esquema rechazado afirmaba que: «lo que el autor realmente quiso significar por lo que él escribió es muy a menudo no correctamente entendido a menos que se preste la atención debida a esos modos locales de manera de pensar, hablar y narrar, lo cual era normal en los tiempos que los sagrados escritores vivieron (... id quod auctor scribendo reapse significare voluit, si pius non recte intellegitur, nisi rite attendatur ad suetos nativos cogitandi, dicendi vel narrandi modos, qui tempore hagiographorum vigebant)” (Acta Synodalia I, III, 18-19)»

 

[40] “The Encyclical Spiritus Paraclitus in its Historical Context” (Living Tradition 60 [Sept. 1995] págs. 1-11 y 61 [Nov. 1995] pp. 1-18; vuelto a publicar en Faith & Reason 23 [Spring 1997] págs. 23-88).

 

[41] De hecho, el P. David Coffey del Instituto Católico de Sydney se ha quejado de que «el uso no crítico de la Escritura en el Vaticano II, lo cual ha sido objeto de comentarios eruditos, es mantenido en el Catecismo» (“Faith in the Creator God,” en A. Murray [ed.], The New Catechism: Analysis and Commentary [Sydney: Catholic Institute of Sydney, 1994], pág. 14). El ‘comentario erudito’ al que se refiere el P. Coffey terminan siendo uno del P. Raymond Brown, en “Scripture and Dogma Today”, América, 157 (31 October 1987), pág. 287. Es refrescante ver momentos de honestidad tales como éste en los escritos de la elite teológica liberal: raramente admitirán cándidamente estar en conflicto con las enseñanzas del Vaticano II.

 



[i] Brian Harrison, “Catholic Biblical Studies: The Golden Legend”. 5-II-2007 (Online) http://www.culturewars.com/CultureWars/1999/rewriting.htm.  Este artículo se publicó en enero 1999 Culture Wars y entonces se tituló “On Rewriting the Bible: Catholic Biblical Studies in the ’60s.” Se adaptó de una conferencia pronunciada por el P. Harrison en New Jersey en 1998 a Christifideles. Una cinta grabada de esa conferencia, titulada “Demythologizing la Leyenda Áurea,” puede obtenerse de Keep The Faith, 1O Audrey Place, P.O. Box 10544, Fairfield, NJ 07004. Culture Wars, 206 Marquette Avenue, South Bend, IN 46617, Tel: (574) 289-9786 • Fax: (574) 289-1461 Copyright. También ha sido publicado en Inglaterra, con el título: “On Rewriting the Bible-Catholic Biblical Studies in the '60s”, Christian Order (March 2002), (online) http://www.christianorder.com/features/features_2002/features_mar02.html. El título del presente artículo alude a la Legenda Áurea de Jacobo de Vorágine, un relato muy popular de vidas de santos cuyo título quedó como modelo de hagiografía  indocumentada. El P. Brian W. Harrison es autor de The development of Catholic Doctine on religious Liberty, cuya versión francesa, Le développement de la doctrine catholique sur la liberté religieuse, fue editada por la Société Saint Thomas-d'Aquin en la editorial Dominique Martin Morin, 1988.

[ii] El P. Brian Harrison, O.S., enseña Teología en la Universidad Pontificia de Puerto Rico en Ponce, Puerto Rico.

 


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