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Culture of Death Watch

 

E. Michael JonesMi gran gorda boda hispana, y reflexiones sobre la caída y el surgimiento de San Juan Capistrano del imperio

Por E. Michael Jones, Ph.D.


Octubre 2005

 

A fin de llegar a la misión de San Juan Capistrano desde el motel Best Western, hay que cruzar el gran logro de la América de posguerra - la América del imperio, no la de la republica. Me refiero al sistema interestatal de autopistas, en particular la carretera US 5 que corre de San Diego a Los Angeles. Si uno se para en el puente Ortega, las pulsaciones se oyen y las vibraciones se palpan. “El estado de un hombre moral es tranquilidad y paz;” escribió el Marques de Sade, dando una aguda y clarividente descripción del sistema interestatal de autopistas como una manifestación de revolución permanente, “el estado de un hombre inmoral es turbación permanente que lo empuja a, y lo identifica con, la necesaria insurrección en la cual el republicano debe siempre mantener al gobierno del cual es miembro.” Al encontrarnos en el condado de Orange, la referencia a los republicanos parece apropiada. Si lo que el Marques de Sade dijo es verdad, entonces América es la verdadera republica revolucionaria, y el movimiento revolucionario apasionado y sin sentido es su actividad característica.

 

La misión de San Juan Capistrano, no es necesario decirlo, representa otra faceta de la historia norteamericana. Me refiero con esto al lado católico español, pre-revolucionario, no-revolucionario y potencialmente al menos, contra-revolucionario de la historia de los EEUU. Durante el siglo XVI, la batalla entre el bien y el mal sobre esta tierra tomó cuerpo en la lucha entre la España católica y la Inglaterra protestante. Felipe II peleó contra las fuerzas del mal revolucionario hasta detenerlas, permitiendo a la contra-reforma recuperar la mayoría del continente, pero batallar contra la revolución en el continente significó abandonar Inglaterra a la revolución, la cual resistió exitosamente a la armada. También significó abandonar Holanda, donde los calvinistas siguieron los pasos de los husitas al establecer la republica revolucionaria de su tiempo. Cuando la revolución falló en Inglaterra y en Holanda, cruzó el Atlántico, y cuando llegó se encontró con que los católicos españoles ya habían llegado. “La mitad de lo que hoy son los EEUU y toda Sudamérica,” escribió el obispo Thomas J. Conaty en 1905 cuando era ordinario de la diócesis, “eran españolas antes del asentamiento en Jamestown en 1607 o la llegada de los puritanos a las costas de Massachussets… ellos conquistaron a los imperios azteca e inca e hicieron a la gente cristiana… sus esfuerzos no fueron solo para cristianizarlos sino también para darle medios de vida independiente” (Jewel, p. 97).

 

La misión de San Juan Capistrano no se extiende tanto como el sistema interestatal de autopistas, pero ha perdurado, como veremos, contra todos los pronósticos mucho más que la red de caminos que representa lo opuesto. La sensación que uno percibe al contemplar la misión es tan palpable como la sensación que se siente al contemplar la autopista, pero el efecto es el opuesto. “En la urgencia de nuestro siglo,” escribió en 1895 Adeline Stearns Wing, es decir cuando los EEUU crecían alrededor del ferrocarril, “Capistrano permanece calma y tranquila.” Otros visitantes tuvieron impresiones similares. En 1901 Anna Carolina Field escribió que la misión le recordaba “un agujero sereno de la costa del Pacifico.” Casi todo escritor que anduvo por aquí fue sacudido por la dicotomía entre la Norteamérica moderna y la España católica. Field pensó que la dicotomía estaba muy bien simbolizada por la estación de trenes Santa Fe no lejos de la misión. La estación simbolizaba “el presente practico y lleno de prisa”; en el otro extremo la misión “el pasado meditativo y noble.” En ese momento, el presente en los EEUU era protestante, tecnológico y seguro de si mismo; tomaba cuerpo en un presidente como Theodore Roosevelt y estaba simbolizado en un artefacto como el ferrocarril, el emblema de esa época, un símbolo descripto por autores tan diversos como Nathaniel Hawthorne y Frank Norris. En aquellos días los visitantes de San Juan Capistrano notaban que -en California al menos- el pasado era español y católico. Escritores como Field no descartaban que la idea de lo que Emerson llamaba “la mano muerta del pasado” pudiera continuar ejerciendo su influencia en California a través de las ruinas de la misión de San Juan Capistrano. “En su muda elocuencia,” escribió Field, ‘estos viejos muros inevitablemente nos recuerdan la profunda fe y la piedad de aquellos padres franciscanos, y de otras cualidades mas estrictas también recibidas por ellos, posiblemente, de aquel viejo tiempo histórico cuando ser español significaba ser energético, resuelto y audaz. Contemplando la misión Miss Field percibió “un destello de la antigua gloria de la vieja España en sus días más brillantes,” y ese destello significaba que la visión que fundó la misión no estaba muerta.

 

Junto con mi esposa no habíamos venido a la misión de San Juan Capistrano como turistas sino a una boda, el casamiento de nuestro hijo Peter con Christina Ruiz, quien vivía sobre una de las colinas marrones de Laguna Niguel no lejos del lugar. Peter Jones, el católico germano-irlandés, había llegado a la ciudad a casarse con Christina Ruiz, la católica española-mexicana en lo que prometía ser la ultima adición al creciente grupo genético de los Jones. Aquellos lectores que ya nos conocen recordaran mi conmemoración del casamiento de nuestro primer hijo Adam con Anna Yurievna Gafurova, y la adición a nuestro stock de importantes cantidades de ADN tártaro y alemán del Volga doce años atrás. Cinco Jones ruso parlantes han sido el resultado de esa unión. La unión Peter/Christina fue un ejemplo más del triple melting pot o crisol. Se habían conocido en Catholicsingles.com. El melting pot católico se estaba expandiendo más allá de la unión del final del siglo XIX incluyendo ahora católicos del mundo hispano parlante que habían llegado a los EEUU vía México. La religión es la única base de identidad étnica en los EEUU. A su manera la misión era prueba de ello.

 

Simbólicamente se podría decir que cruzamos la autopista camino a la boda, aunque eso no seria realmente preciso. Caminar hacia el casamiento hubiera sido un gesto de desafío contra la cultura del auto, lamentablemente eso no fue posible. Tampoco fue posible caminar desde el lugar donde la ceremonia se llevó a cabo hasta donde estaba prevista la recepción precedida de una banda mariachi, como me hubiera gustado. Pero fue posible caminar a la misa diaria de las 7:00 AM el día previo a la boda. La ceremonia tuvo lugar en la basílica, pero la misa diaria se celebra en la capilla construida y bendecida por el mismo Junipero Serra, poco después de arribar en 1776 al lugar llamado Sajivit por los indios. La misión y los EEUU nacieron el mismo año, y han coexistido al principio independientemente uno de otro, y luego de 1846 no fácilmente uno con otro. La capilla de Serra es larga y angosta debido a las vigas del techo, hechas de sicomoro de las montañas adyacentes, las cuales limitaban el ancho de la capilla. El gran espesor de los muros se evidencia en la profundidad de las ventanas, estos están hechos de adobe, el material de construcción local. La capilla refuerza la sensación de tranquilidad de la misión debido al grosor de sus paredes, que parecen antiguas, pero son mas recientes que el altar, que fue construido con metales preciosos en España en el siglo XVI, aunque solo fue instalado en 1920 luego de languidecer en el subsuelo de la catedral de Los Angeles durante años.

 

La capilla no puede ser más sencilla. La sorpresa esa mañana vino al ver una puerta que no había notado durante la misa, situada a la mitad de la nave en el sector occidental. La puerta daba a un encantador jardín cerrado. Se parecía en algo al jardín de la residencia del Cardinal Oddi en la Via Pompei Magno en Roma, también tenia similitud con los monasterios benedictinos sobre el Danubio. Pero era más grande, más español y más californiano. El jardín estaba rodeado por los cuatro costados por arcos blancos de adobe sosteniendo corredores sombreados, y estaba lleno de la flora del desierto. Lo que llamaba mas la atención era la espectacular fuente central. El agua corría por un pilar hacia una pileta que albergaba algunos koi de dos pies de longitud, el pez ornamental japones, y la más hermosa colección de lirios que haya visto. El estanque en el centro del jardín en aquel tranquilo viernes matinal tenia no solo dos o tres lirios en flor, como los que producimos en una temporada en nuestro sombrío jardín de Indiana, sino al menos 20 o 30 lirios simultáneamente en flor, y tropicales, con cada color desde el púrpura mas profundo al amarillo mas brillante. El sol del sur de California pegaba sobre ellos durante todo el día casi todo el año, quizás eso explicaba la profusión de flores y el tamaño de los koi, los cuales crecen bastante grandes inclusive en Indiana donde solo comen seis meses al año. A diferencia de Indiana donde todo es uniformemente verde y con hojas, en la misión el jardín parecía marrón o lleno de flores, lo cual contrastaba notablemente con los blancos muros de adobe. Observando a los koi nadar entre los lirios bajo el fuerte sol de California, fui envuelto por la tranquilidad del orden que emana de la misión - verdadero signo de paz - hasta que dos mexicanos llegaron y prendieron los sopladores de hojas.

 

Si hay un instrumento hecho para manifestar la naturaleza sisifeana de la tecnología moderna, es el sopla-hojas. Los mexicanos, quienes tenían los rugientes motores a combustión en sus espaldas, probablemente vivirían más si hicieran la tarea con escobas. En el proceso de limpieza, tan ruidoso como fútil, levantaban nubes de polvo y hojas que inexorablemente se depositaban nuevamente cuando una vez que alejaban. El resultado neto era que no removían ni polvo ni hojas del jardín, simplemente destruían la tranquilidad reinante. La llegada de los mexicanos con los sopla-hojas fue, de manera simbólica, un recuerdo de la compleja historia de la misión. Los padres franciscanos lograron crear una utopía católica, civilizar a los indios y hacer florecer al desierto, pero nunca pudieron mantener a las fuerzas constantes e irracionales de la revolución lejos de la misión por un periodo de tiempo indefinido.

 

Ningún asentamiento en el continente americano encarnó la relación entre naturaleza y gracia enseñada por la Iglesia (Gratia non tollit naturam, sed perficit) mejor que la misión de San Juan Capistrano. Cuando los padres franciscanos llegaron al valle que conducía al Pacifico encontraron una tribu de cazadores recolectores que vivían de frutos y de lo que los africanos llaman carne de arbusto. “Los indios,” nos enteramos por más de un testigo, “son muy vacilantes. De modo que no podemos decir si tienen o no afección por los europeos.” Eran salvajes que “no tienen alfabeto ni números.” Como resultado de que “su conocimiento es por tradición,” son “pobres y miserables.” Que la pobreza tiene su lado positivo es algo que ningún franciscano negaría. Entre las virtudes que emanan de esta condición en los indios estaban “docilidad y obediencia… su principales características.” Otras características eran menos edificantes pero igualmente intrínsecas a tal estado salvaje e iletrado. Todos los indios “son muy aficionadas a emborracharse.” Si pueden encontrar licor, “no paran de tomar hasta que no pueden mas.” Una crónica, de una época en la cual insultos étnicos eran mas comunes de lo que son hoy en día, relata que cuando se trataba de “fidelidad en sus quehaceres,” los indios “pueden ser comparados a los chinos.” Esto quería decir que los indios eran habitualmente mentirosos. De hecho, los indios, privados de la Iglesia de Cristo, habían sido embaucados por el padre de la mentira, quien “los había acostumbrado al habito de mentir a tal punto que no podían decir la verdad sin primero mentir; porque casi siempre dicen lo opuesto de lo que tienen en mente.” Los indios nunca escucharon música antes de la llegada de los franciscanos. Luego de ser expuestos a esta, se volvieron tan aficionados a bailar y cantar como lo eran a beber. Les gustaba especialmente lo que era “patético y melodioso,” en “música vocal e instrumental.”

 

Nadie expresó mejor el cambio que los franciscanos forjaron en la cultura de los indios que el obispo Thomas J. Conato, el ordinario local, cuyo sermón en la misión el 7 de junio de 1905 todavía sirve como una de las primeras y mejores historias de San Juan Capistrano. Cuando llegaron los padres, encontraron nativos que eran “salvajes e idolatras, ignorantes inclusive de los más simples métodos de trabajo.” Los franciscanos “tomaron al indio tosco, rústico e inhábil, y lo transformaron en un trabajador hecho y derecho.” Cuando fueron expulsados de su misión 60 años después, los padres dejaron “prosperas y felices comunidades indias cristianas y autosuficientes, con sus capillas, escuelas y edificios para la misión,” viviendo una tranquila vida pastoral, “en la cual la familia era respetada, los lazos matrimoniales fuertes, y la virtud predominaba; los oficios enseñados y aprendidos, las tierras cultivadas, el ganado criado, los jardines sembrados con frutas y los campos con granos.”

 

Si el lugar donde San Juan Capistrano esta situado hoy en día es conocido como el condado de Orange, esto es en gran parte gracias a los franciscanos, quienes transformaron dos ríos que fluían por el valle en un elaborado sistema de riego que permitió a los indios incorporar “gran cantidad de tierra… para cultivo.” Bajo el tutelaje de los franciscanos, 20000 indios prosperaron en la misión al pasar de ser cazadores-recolectores a agricultores. Al igual que los benedictinos introdujeron las viñas entre los descendientes de los godos sobre las costas del Danubio, los franciscanos trajeron viñas a los indios y les enseñaron como cultivarlas. Además de la viñas, los franciscanos introdujeron higos, olivos, limones, naranjas, granadas, y al enseñarles el arte del cultivo, les enseñaron a los indios, en palabras de Helen Hunt Jackson, como llevar “una vida pacifica e industriosa… de acuerdo al uso de la religión católica.” También le enseñaron a los indios a criar ovejas y convertir la lana en ropa. La manufactura de ropa a partir de la lana cruda, de acuerdo a Heinrich Pesch, SJ, el Santo Tomas de Aquino del pensamiento económico católico, puso los cimientos para la economía de mercado en Europa. (Del mismo modo la importación de remeras baratas a países como Kenya ha impedido el crecimiento de la economía local allí.) En el corto espacio de una década, los franciscanos de las misiones de California sentaron las bases de lo que posiblemente haya sido la mejor conjunción de naturaleza y gracia, viejo y nuevo mundo, cultura europea e india, que el mundo haya visto. La historia de los EEUU es un largo y penoso cuento en comparación. Tanto europeos como indios se hubieran beneficiado enormemente si el ejemplo de San Juan Capistrano se hubiera extendido a través del continente de oeste a este, en lugar de la conquista puritana que se desarrollo de este a oeste.

 

Pero otras fuerzas históricas funcionaban al mismo tiempo, y para complicar más las cosas, algunas de las fuerzas mas poderosas involucradas no eran humanas. No contentos con adorar a Dios en la capilla de adobe construida por el padre Serra, los franciscanos llamaron a un albañil azteca de México, y junto con los indios, supervisó la construcción de una iglesia de piedra, la más grande en California. Llevó seis años erguirla, y fue hecha con piedra de los alrededores llevada a la misión en carros de dos ruedas. El gobernador de California donó un órgano (aunque no la clase de donación de órgano a la que estamos acostumbrados ahora) a la misión y estuvo presente en la primera misa celebrada en 1806. Seis años mas tarde, durante la primera misa del 8 de diciembre, la fiesta de la Inmaculada Concepción, un terremoto sacudió la iglesia. El sacerdote urgió a la feligresía a venir al santuario luego de los primeros temblores, pero la puerta trasera se atoró y 39 personas murieron cuando el techo colapsó.

 

Esa iglesia nunca fue reconstruida. Sus ruinas todavía hoy se pueden ver, y es entre esas ruinas donde algunas fotografías fueron tomadas para el casamiento. La misa retornó a la capilla el padre Serra había consagrado, donde aun hoy es celebrada. Si los males que nos acechan estuvieran limitados a los desastres naturales, el mundo sería un lugar más feliz, pero eso nunca ocurrió ni ocurrirá. De vuelta en la habitación del hotel, miramos videos de los saqueos que eran la secuela natural a un desastre natural en este mundo caído. Las violaciones y los asesinatos que ocurrieron en Nueva Orleáns luego del huracán y el colapso de los diques no fueron mostrados por TV.

 

La misión no necesitó una iglesia de piedra para continuar su trabajo; ya había mostrado su habilidad para triunfar sobre la adversidad cuando se reconstruyó luego de ser atacada por piratas chilenos en 1818, cuyas convicciones religiosas ayudaron al saqueo. Fray José Senan se refirió a los piratas bajo el comando de Hipólito Bouchard como un grupo de “herejes, cismáticos, excomulgados y algunos moros,” quienes como el pirata ingles Sir Francis Drake, estaban motivados por la idea de la riqueza fácil y el odio por lo católico.

 

En 1819 la misión alcanzo el cenit de su éxito, pero las maquinaciones de hombres perversos que destruirían la misión ya habían comenzado el mismo año que el terremoto destruyó la iglesia de piedra. Uno de los misterios no develados en relación al diseño de la desgraciada iglesia de piedra fue la ausencia de símbolos cristianos en su arquitectura. La explicación popular de este hecho atribuye la ausencia de alusiones cristianas a que el “maestro albañil” de México quien construyo la iglesia era un azteca, “que grabó en varias partes de la iglesia símbolos paganos en lugar de cristianos.” Una explicación más intrigante aun es que el albañil era masón. Es intrigante porque el ataque masónico a la misión comenzó un año luego de que la iglesia colapsara.

 

En 1813 las cortes españolas, influenciadas por la misma masonería en Portugal y España y que ya había destruido las reducciones jesuíticas en Paraguay, pasaron un decreto confiscando propiedades de la iglesia y poniéndolas bajo autoridad civil. La masonería era una forma de judaización. Se volvió el vehículo para el movimiento revolucionario en Inglaterra luego de que el puritanismo colapsara bajo el peso de sus propias contradicciones filosóficas y sus vergonzosos excesos en el campo político alienaran a la enorme mayoría de los ingleses. Como virtualmente toda otra forma de actividad revolucionaria, la masonería era un movimiento que se inspiraba en el pensamiento judío- en particular la cabala- y fue diseminado por judíos, quienes como conversos desparramaron sus ideas en toda Nueva España. Esas logias masónicas finalmente fomentarían también la rebelión contra España, y cuando eso paso, como el caso de México en 1833, la situación de la misión se deterioró aun mas, ya que ahora los perseguidores masones estaban mas cerca. Desde 1813 hasta la revolución de 1833, la misión de San Juan Capistrano fue ‘suejeta a toda clase de persecuciones y abusos por las sucesivas autoridades revolucionarias. Treinta y siete años de tribulaciones y ruinas son el resultado de esa historia. Los anales de la civilización apenas registraron trabajo con tan noble objetivo, dedicado al progreso, exitoso en sus métodos y en sus resultados, y tan completo en su ruina.”

 

Emancipación

 

En 1834 el gobierno mexicano emancipó a los neófitos indios de la misión preparándolos para la subsiguiente caída. Llenos de un falso sentido de auto importancia debido a la flamante ciudadanía, los indios fueron engañados y pronto perdieron las tierras que los franciscanos les habían enseñado a labrar. El 9 de agosto de 1834 el gobernador José Figueroa lanzó un edicto ordenando al gobierno confiscar todas las propiedades de la iglesia. En unos pocos años, el sistema Pueblo tuvo que ser abandonado al devenir un completo fracaso. La tierra no podía soportar al mismo tiempo a los indios y a los codiciosos burócratas, y en poco tiempo “la mayoría de las tierras y del ganado… fue dado a individuos que no eran indios y que no tenían ningún interés en su mejoramiento y crecimiento. De esta ingeniosa manera, un pequeño grupo de arribistas pasaron a gozar de los frutos del trabajo realizado por los padres y sus neófitos.”

 

“Cuanto mejor hubiera sido,” continua el mismo escritor, “dejar a los indios tranquilos y a los caritativos y desinteresados misionarios a cargo. No hubiera habido problemas para el gobernados ni preocupaciones para nadie, salvo aquellos que codiciaban las tierras y los servicios de los indios” (Jewel, p. 43).

 

Seducidos por la ideología revolucionaria como por el canto de las sirenas, los indios se volvieron reticentes a trabajar como los franciscanos les habían enseñado e imposibles de gobernar. Lo que aconteció en California en 1833 presagio lo que ocurriría en los EEUU cuando Lincoln decretó la proclamación de emancipación:

 

Los indios ya totalmente saturados con las ideas de su supuesta libertad del yugo misionero, e hinchados por su nueva condición de ciudadanos, ya en 1834 se habían vuelto ingobernables. Causaron el problema de los mayordomos y no reconocían la autoridad de nadie, ni siquiera del padre Zalvidea. Lo que siguió fue el derrumbe de las misiones. Los campos no fueron propiamente trabajados, los jardines fueron descuidados y el ganado y la hacienda venidos a menos y menguaron en numero.

 

Richard Henry Dana, el estudiante de Harvard, llegó a una pequeña playa en lo que hoy se conoce como Dana’s Point un año luego de la secularización de la misión. Luego de escalar un acantilado de 150 metros de altura divisó “en una superficie plana” a una milla de distancia, “la pequeña misión blanca de San Juan Capistrano, con algunos refugios de indios alrededor.” Uno de los momentos mas memorables en su crónica “Two Years Befote the Mast” es el capitulo llamado “the romance of hide droghing.” Dana y sus marineros consiguieron mantos en la misión y los arrojaron a la playa. Cuando uno de ellos se enredó en un arbusto a mitad del acantilado, Dana bajó con una soga a recuperarlo.

 

Días oscuros sobrevinieron. El nuevo régimen masónico promovió la borrachera y otros vicios entre los indios con el fin de engañarlos y quitarles su patrimonio. Arrojados a la carne y al demonio se hundieron en los vicios por años luego de la secularización de la misión hasta que la viruela llegó en 1852 y los terminó de liquidar. Al final todos los indios conocidos como los San Juaneños perecieron. La misión fue tomada y vendida. Miles de acres que luego serian parte de Orange County, donde ahora una vivienda modesta cuesta más de 1 millón de dólares fueron subastados por 700, pagados en bienes no en efectivo. Siete salones, una en la misma misión, reemplazaron a los cuartos destinados ha los oficios que los indios habían aprendido de los franciscanos. Como en Rusia luego de la caída de la Unión Soviética, privatización se convirtió en otra palabra para saqueo sistemático por aquellos sabían como sacar provecho del sistema. Parecía que la misión San Juan Capistrano estaba acabada. “Un poco antes de que este evento tuviera lugar,” relata una crónica en el tiempo de la llegada de los norteamericanos en 1846, “las autoridades mexicanas la vendieron por una suma despreciable a gente allegada, porque vieron que su poder llegaría a su fin y trataron de hacer algo mientras aun podían; pero esta venta fue sin lugar a dudas fraudulenta y no será, espero, reconocida por el gobierno norteamericano.”

Ese deseo resultó correcto. El 18 de marzo de 1865, luego del inagotable esfuerzo de Doña Ysadora Pico de Foster, Abraham Lincoln firmó un decreto retornando las tierras que los masones le habían confiscado a la iglesia católica -no a los franciscanos sino al obispo de Monterrey. La restauración de la tierra, sin embargo, no fue seguida de una restauración de otros bienes quitados. Los indios ya no estaban, victimas de su propio apetito y de los revolucionarios que explotaron esos apetitos en beneficio propio. San Juan Capistrano se había vuelto ruinas, las ruinas más escénicas de los EEUU, y una Meca para artistas y poetas que querían escribir o pintar la versión americana de la abadía de Tintern. “Los coyotes aullaban en el patio vacío y desolado,” escribió una mente poética, “y este fue el réquiem final.” En 1856, un artista llamado Henry Miller llegó al lugar y pasó la noche, nos cuenta, “en la casa de un judío polaco quien tenía un almacén en la misión; también regenteaba un bar.” El veredicto, de todos modos, no fue unánime:

 

Menos de sesenta años luego de su establecimiento, la misión se había ido. Las tierras, los bienes creados por los indios y todo lo que allí se encontraba fue a enriquecer a los saqueadores de México. Los indios murieron de a poco. Las ceremonias religiosas también desaparecieron. El lugar había sido restaurado a la iglesia, pero no estaba siendo usado en absoluto.

 

En 1872 otro viajante con sensibilidades poéticas llegó a la misión. Su nombre era Benjamín Cummings Truman. Era un periodista, y entre las ruinas descubrió al último sacerdote destinado a la misión, el padre José Mut. Cuando Mut se fue en 1886, la misión tocó su punto mas bajo, completamente deshabitada, sin celebración de la eucaristía, sus cuartos usados como graneros y almacenes. Por primera vez en los anales de la decaída misión, uno de los visitantes norteamericanos le preguntó a uno de los padres el porque del nombre de la misión.

 

La misma pregunta se me había ocurrido a mi al arrodillarme para rezar durante la misa del casamiento. La boda de Peter y Christina se llevó a cabo en la basílica, no en la capilla. Miles de desconocidos hasta remontarse a Adán y Eva habían sacrificado sus vidas para hacer este momento posible. Era imposible honrar inclusive una fracción de ellos por su nombre, pero sin dudas que la boda los honró a todos. Peter, el germano irlandés, se casó con Christina la española mexicana. Ninguno de nosotros hubiera estado allí de no haber sido por los sacrificios de aquellos cuyos nombres desconocemos. Ante la ausencia de evidencia me preocupé más por saber el origen del nombre de la misión. Resultó ser el nombre de una verdadera persona, quien nunca había puesto sus pies en la misión, quien había muerto 300 años antes que la misión fuera fundada, y sin embargo su espíritu reinaba en el lugar.

 

La misión, de acuerdo al padre José Mut en una conversación que tuvo lugar alrededor de 130 años antes de la boda de Peter y Christina, había sido llamada San Juan Capistrano para:

 

Perpetuar el nombre y la memoria de un fraile franciscano de renombrada fama y reputación - San Juan quien nació en Capistrano, Italia. San Juan fue al principio educado como abogado, pero a la larga mostró se desencantó con su profesión, y se volvió escéptico y pesimista mientras mas sabia de los misterios y secretos de la abogacía. El tiempo pasó, sin embargo, y continuó su práctica y ganó un gran caso en el cual un hombre poderoso triunfó sobre uno que era débil. Esto disturbó la poca paz mental que le quedaba, y de inmediato abandonó la práctica de la abogacía y entró a la orden de San Francisco, y en un corto tiempo se volvió un hombre muy santo. Eso es todo lo que sé de él, excepto que murió muchos años después, y nadie lo igualó en virtud, genio y profunda sabiduría y educación.

 

Luego de despacharse con este corto sermón sobre la vida de San Juan Capistrano, quien murió liderando a los cristianos en batalla contra los turcos en Hungría, el padre Mut le ofreció un cigarrillo al periodista y luego de llenar dos vasos de aguardiente propuso un brindis: “Quiero beber por la memoria de un gran hombre, Abraham Lincoln.” El padre Mut, quien a juzgar pos su apellido era probablemente alemán, no podía saberlo en ese momento, pero San Juan Capistrano estaba por volverse famoso nuevamente, a pesar del olvido en el cual la misión en California bautizada en su nombre había caído. Luego de la reunificación alemana, Bismarck había lanzado un ataque contra la iglesia católica por ser una afrenta a las susceptibilidades prusianas. Se lo llamó Kulturkampf, y duró cerca de una década, al intentar Bismarck la unificación de Alemania bajo un programa cultural que trataba de imponer la idea de que ser alemán significaba ser protestante y seguidor del iluminismo. Una de las manifestaciones de este esquema mental fue la monumental obra de Heinrich Graetz Historia de los Judíos, un libro que compartía la devoción de Bismarck por el iluminismo y su repulsión hacia los católicos. Fue Graetz quien rescató a San Juan Capistrano de la oscuridad, pero lo hizo describiéndolo como uno de los grandes villanos de la historia.

 

Un Oponente Audaz

 

El 13 de febrero de 1453, todo Breslau estaba esperando la llegada de San Juan Capistrano. El predicador franciscano de Italia se había hecho fama de ser un intrépido oponente de los enemigos de la iglesia. En Italia se había enfrentado con los Fraticelli, y ahora los príncipes y obispos del sudeste de Alemania querían que contienda con los husitas, los herejes que habían infestado sus tierras desde hacia ya varias décadas. Breslau, llamada ahora Wroclaw y situada en Polonia, había sido una acérrima defensora de la ortodoxia católica oponiéndose al asalto husita, y ahora Capistrano venia a loarlos por su fidelidad y a predicar una seria de 40 sermones durante la cuaresma. Capistrano ya había ponderado a los ciudadanos de Breslau por sus liturgias en una carta a Nicolás de Cusa. El día siguiente a su llegada era viernes de ceniza, y fue entonces que comenzó una serie de sermones día tras día durante los siguientes 40 días. Cuando llegó pascuas, la salud de Capistrano se había deteriorado bajo la tensión de tantas predicaciones, y necesitó algo de tiempo para recuperarse. Una vez que estuvo suficientemente sano para viajar, se dirigió a Neisse donde el obispo lo había convocado para pedir su consejo.

 

Apenas Capistrano había dejado Breslau graves noticias lo siguieron a Neisse. Durante semana santa los judíos de Breslau habían coimeado a un campesino polaco de los alrededores de Langewiese para que entrase en la iglesia del pueblo y robara el ciborium lleno de hostias consagradas. El viernes 28 de marzo, mientras el campesino apuraba el paso a través de una finca para encontrarse con los judíos que lo habían contratado, se desató una tormenta y entró en pánico, lo que causó que arrojara el ciborium, aunque luego de haber sacado diez u once hostias, que fueron llevadas a los judíos en Breslau mediante de la esposa de un soldado. Veinte judíos se reunieron entonces en su sinagoga y procedieron a abusar las hostias verbalmente y con látigos y cuchillos. Cuando los judíos apuñalaban las hostias, saltaba sangre hasta un metro de alto. Tanta sangre fue vertida de las hostias ultrajadas que los instrumentos de tortura no pudieron ser limpiados y tuvieron que ser abandonados en un arroyo cercano.

 

En abril el crimen se hizo público, y la milicia se dirigió al barrio judío y arrestó a algunas personas en el castillo del rey Ladislaus. Ladislaus ordenó una investigación, pero durante el curso de lamisca, Meyer, uno de los principales sospechosos, se suicidó. De acuerdo al relato de Graetz “un judío de nombre Meyer… quien había comprado una hostia consagrada a un paisano, la apuñaló, la ultrajó, y distribuyó partes de esta a comunidades judías en Schweidnitz, Liegnitz y otros lugares para que hicieran lo mismo. No hace falta decir que la hostia herida derramó sangre. Este ridículo cuento de hadas… fue por supuesto ampliamente aceptado. Cierta cantidad de judíos de Breslau fue inmediatamente llevada a la cárcel.”

 

Ein Jude, Namens Meyer, . . . hatte von einem Bauern eine Hostie gekauft, sie zerstochen, geschaendet und Teile davon den Gemeinden von Schweidnitz, Liegnitz und noch anderen zu gleichen Schmaehung zugestellt. Es versteht sich von selbst, dass die verwundete Hostie Blut gezeigt hat. Diese bloedsinnige Maerchen . . . fand ohne weiteres Glauben. Sofort worden saemtlich Juden Breslaus in Kerker geworfen.

 

En mayo Capistrano volvió a Breslau, y el 14 de junio el Obispo, temiendo que judíos inocentes pudieran ser implicados en el caso, le pidió a Capistrano que tomara las riendas. La actitud de Graetz hacia la cuestión esta indicada por su empleo del termino “cuento de hadas” (Maerchen). Su sarcasmo muestra un intento de cubrir nuevas y sorprendentes revelaciones las cuales surgieron durante le curso del juicio y que no son mencionadas en su relato. Durante el juicio, una judía bautizada, la esposa de un ciudadano de Breslau, acusó a su propio padre de realizar un ritual similar 16 años antes. El judío en cuestión había comprado hostias consagradas de una mujer y las había llevado a un sótano en Loewenberg, donde trato de quemarlas. Tres veces arrojó las hostias al fuego y tres veces las hostias se salieron de las llamas, hasta que una vieja judía que había venido a ver el ultraje dijo que, habiendo sido testigo de este milagro, ahora creía en el Dios de los cristianos. Los judíos, oyendo su testimonio, se enfurecieron y la asesinaron en el acto. Luego quemaron su cuerpo y lo enterraron en el lugar. La conversa continuó describiendo el resto de la blasfemia. Los judíos tomaron la hostia, la colocaron en una pequeña mesa, y luego la cortaron en cuatro partes, esto hizo que saliera tanta sangre que ni la mesa ni el cuchillo pudieron ser lavados y ambos fueron arrojados a un arroyo cercano. La misma mujer también testificó que un niño había sido asesinado con propósitos rituales en el mismo sótano.

 

Basándose en el testimonio de la mujer, la corte envió una delegación a la casa en Loewenberg donde el ultraje había tenido lugar 16 años atrás. Allí cavaron y encontraron lo que parecían ser los restos de una hoguera y los huesos de una mujer y un niño. Capistrano utilizo los huesos durante el juicio. Graetz afirma que Capistrano fue responsable por el resultado de dicho juicio, cuya consecuencia, sostiene, fue la muerte de 41 judíos. Hofer no esta de acuerdo con ese numero, pero nadie niega que algunos judíos fueron ejecutados por blasfemia y asesinato. Aparte de las ejecuciones, 300 judíos fueron deportados, y sus hijos les fueron arrebatados, bautizados y criados en hogares cristianos. “Capistrano,” escribe Graetz, “presidió el juicio mientras la corte se encaminaba al veredicto.” (Capistrano sass ueber sie zu Gericht, und man schritt zur Exekution.) Concluye su ataque a Capistrano llamándolo un “asesino de judíos” y un “caníbal.”

 

Johannes Hofer cuenta una historia diferente. Capistrano sostuvo en sus manos los huesos del niño durante el juicio, pero la evidencia que tenia en sus manos y la manera en que fue en que fue encontrada convenció no solo a Capistrano sino a todos los presentes que los judíos eran culpables de los cargos. Hofer también sostiene que Capistrano era un mero consejero y que no presidió el juicio. Capistrano, de acuerdo a Hofer,

 

No tuvo nada que ver en el arresto de los judíos, ni estuvo la dirección suprema del juicio en sus manos. Durante las dos primeras semanas luego del arresto, ni siquiera estuvo en Breslau, sino que fue el huésped del obispo de Neisse… El hecho que él actuó siguiendo el expreso deseo del prudente y moderado obispo, quien insistió en que el juicio sea terminado antes que los visitantes partiesen, pone los sucesos bajo una óptica diferente.

 

Inclusive si Capistrano no hubiese estado involucrado, es difícil ver como la corte hubiese llegado a otro veredicto. Ni siquiera los críticos mas acérrimos de Capistrano dudaron de la culpabilidad de los judíos enjuiciados. “Los historiadores judos mencionan el nombre de Capistrano con horror,” escribe Hofer pero

 

Los historiadores judíos se pasan de la raya al calificar todas las acusaciones como meras fábulas o imposibilidades psicológicas. Indiscutible evidencia muestra que casos de robo y desacralización de hostias consagradas ocurrieron en la edad media, y aun ocurren en nuestros días. Admitiendo que los judíos en su totalidad no eran culpables ¿que razón puede haber para negar que individuos judíos nunca manifestaron su odio hacia Cristo cometiendo esta clase de crímenes?

 

En la edición original de su biografía de Capistrano, Hofer cita a Browe, quien sostiene que “es difícil para nosotros comprender hoy en día cuan a menudo durante la edad media las iglesias fueron asaltadas y las hostias robadas.” (n215 Browe, “es ist uns heute unbegreiflich wie oft im Mittlalter in die Kirchen eingebrochen und das Sakrament geraubt wurde.”)

 

Hofer concede que “los cristianos fueron culpables de serias injusticias cuando en lugar de penalizar a individuos en particular quienes eran realmente culpables, castigaban también a una inocente mayoría. También fueron culpables de credulidad al aceptar fácilmente los cargos contra los judíos.” La evidencia del juicio, sin embargo, indica que al menos algunos judíos eran culpables tanto de asesinato como de sacrilegio, ambos crímenes capitales en aquel tiempo. La presencia de Capistrano en el tribunal no alteró el desarrollo de los acontecimientos porque “los sacrilegios eran castigados con la muerte. Esa era la práctica general en Europa, que también administraba la pena capital para crímenes menos importantes. Inclusive la expulsión de judíos correspondía en tales casos con la visión general del público. Los judíos eran meramente tolerados. El estado se creía justificado, cuando lo requería el bienestar social, a expulsar a los judíos y confiscar sus propiedades.”

 

Dada la evidencia presentada en su contra, los judíos hubiesen sido declarados culpables con o sin la presencia de Capistrano. Más aun, si los judíos eran culpables de crímenes capitales, entonces Capistrano no puede ser considerado un asesino de judíos. Es por eso que Graetz describe los cargos como “un ridículo cuento de hadas.” Su intento fue difamar a Capistrano con un crimen, que hecho no tal. El estado tenía el derecho de penalizar a los criminales. Si “los judíos de Silesia, de hecho, cometieron los crímenes por los cuales fueron acusados,” apunta Hofer, “la posición de Capistrano es intocable. Asesinato ritual y crímenes sacrílegos, serian penalizados aun hoy. Las sentencias de 1453 eran consientes con las ideas de justicia contemporáneas en Europa.”

 

Algunos historiadores judíos, entre ellos Graetz, sostiene que al ser la evidencia fantástica prima facie, los judíos eran victimas de un complot, “puesto en movimiento,” dice Hofer recordando los cargos, “para sacarse de encima a molestos acreedores.” Lo cierto es que es más sencillo aceptar la evidencia de blasfemia que encontrar la evidencia de un complot:

 

El detallado relato de los robos, los precisos reportes de lugares y tiempos, la descripción definida de todas las personas involucradas, inclusive los cristianos acusados, todo esto nos inclina a creer en la verdad de los cargos… Si todo este procedimiento se debe a un complot, su extraordinaria ingeniosidad y precaución son históricamente notorias. Concediendo cualquier imperfección en el proceso jurídico de aquellos días, y posibles perjuicios de los jueces, ¿como explicar el remarcable hecho que inclusive aquellos quienes condenaron la expulsión de los judíos como impropia de cristianos, todavía no manifiestan la menor duda sobre la verdad de las acusaciones? Por ejemplo, Peter Eschenloer, quien vino a Breslau en 1455, y en 1470 escribo sobre los acontecimientos con este mismo criterio. Cerca de 20 años habían pasado cuando escribió, 15 de los cuales los había pasado en el lugar. ¿Debemos admitir un complot tan profundo que ninguno de los hechos reales fue jamás conocido por el público? Y si admitimos tal complot, entonces también debemos decir que los jueces fueron victimas de un error invencible.

 

Graetz también afirma que Capistrano fue indirectamente responsable por el juicio porque inflamo la opinión pública contra los judíos durante el curso de sus sermones de cuaresma. Hofer, sin embargo, señala que de los 40 sermones que Capistrano predicó en Breslau durante la cuaresma de 1453, solo uno se refería a los judíos. En el Capistrano urge a los ciudadanos de Breslau a no dejar de trabajar los sábados, no sea que los judíos interpreten esto como una participación en la celebración de su sabbath. Capistrano no predicó sermones sobre los judíos o a los judíos de Breslau porque Breslau, especialmente comparada con Viena y Nuremberg, tenía una población insignificante de judíos. De acuerdo a Hofer, “la concepción popular que Capistrano tronó durante cuarenta días contra los judíos es pura ficción.”

 

Forzados a Asistir

 

¿Cual fue entonces la posición de Capistrano en relación a los judíos? Hofer sostiene que su “actitud general hacia los judíos esta patente en sus sermones.” Capistrano predicaba sermones, los cuales de acuerdo a las costumbres de la época, los judíos eran forzados a asistir. En esos sermones urgía a los judos a convertirse al cristianismo. “La típica imagen,” escribe Hofer, “que en tales ocasiones levantaba el sentimiento popular contra los judíos no es cierta.” En un sermón que dio en Viena, la cual si tenia una gran población judía, Capistrano, afirmó que los judíos se sentían con derecho a matar cristianos, pero nunca lo dirían en publico debido a su reducido numero. (cf. n234, in the German edition, e.g., “in den Wiener Predigten. . . Unter Hinwies auf alttestamtcliche Stellen, die zum Kampfe gegen heidnische Staemme auffordern, bemerkt er: “propter quod verbum adhuc hodie iudei tacent propter timorem; tam in corde, si hodie possent, putant, quod obligarentur nos omnes interficere ex precepto.”)

 

La característica de los sermones que predicó a los judíos fue “la aflicción y el desencanto” por su fallo en responder el llamado de Cristo a la conversión. No trató a los judíos con menosprecio. Como para todos los habitantes del medioevo, la noción de odio racial era incomprensible para Capistrano. Los judíos eran los enemigos de los cristianos no debido a su ADN sino porque habían rechazado a Cristo, y porque la primera consecuencia de ese rechazo era una constante guerra de subversión contra la fe y la moral cristiana y a la cultura derivada de ésta. “La cuestión judía,” para Capistrano, “es estrictamente religiosa.” Una vez que el judío aceptaba el bautismo, no había diferencias entre él y un cristiano. En uno de sus sermones, Capistrano sostuvo que si los judíos escucharan la palabra de Dios, los amaría como amaba a sus parientes más cercanos. La fe, sin embargo, nunca puede ser forzada. El creer tampoco.

 

Sin embargo al rechazar los judíos a Cristo, las consecuencias son inevitables. La primera es que los cristianos deben ser protegidos de su actividad subversiva y predatoria, y esto solo puede ser logrado mediante segregación completa. En este rubro Capistrano era más estricto que Santo Tomas de Aquino. Aun luego de haber sido segregados del contacto con cristianos, los judíos no deberían gozar de “privilegios que debiliten o anulen las medidas protectoras de la sociedad cristiana.” Si hubo una constante en la vida de Capistrano como predicador tanto en Italia como Alemania, fue la de protestar contra los privilegios de los judíos, especialmente el privilegio concedido por algunos príncipes de prestar dinero a tasas usurarias. Capistrano nunca se cansó de predicar sobre los efectos deletéreos que esto tenia sobre la sociedad cristiana. Como resultado “urge a que los lideres espirituales insistan en un estricto cumplimiento de las leyes concernientes a los judíos y en la anulación de privilegios contrarios. En este intento él no estaba solo. Muchos otros reformadores condenaron las arbitrariedades y laxidad mostrada en este asunto” (p. 280).

 

Capistrano abandonó Breslau luego de la conclusión del juicio y se dirigió a Polonia. A diferencia de Breslau, cuya comunidad judía era mínima, Polonia tenia una importante población judía, la cual estaba creciendo constantemente y cuyos privilegios, especialmente en el área de la usura y los impuestos a los agricultores, causarían serios problemas en Polonia en los siglos venideros. No obstante los judíos no recibieron la atención exclusiva de Capistrano. Cuando se encontró con el rey Casimir en Cracovia, Capistrano y el obispo Zbigniew le pidieron que enfrente tanto a los husitas como a los judíos. De acuerdo al relato de Graetz, Capistrano “lo amenazó con los castigos del infierno y profetizó un mal resultado en la guerra contra los caballeros prusianos si no revocaba los privilegios favorables a los judíos y libraba a los herejes husitas al poder del clero sanguinario.” (Capistrano . . . drohte ihm mit Hoellenstrafen und prophezeit ihm einen schlechten Ausgang des Krieges gegen den preusischen Ritterorden, wenn er nicht die guenstige Privilegien der Juden aufheben und die husstischen Ketzer dem Blutdurst der Geistlichen ueberlassen wuerde.) Cuando la guerra con los caballeros teutónicos terminó mal, Graetz afirma que Capistrano atribuyó la derrota del ejército polaco a los “privilegios concedidos a los judíos.”

 

Luego de filtrar sus invectivas encontramos que Graetz en efecto admite el hecho que los príncipes habían concedido privilegios a los judíos a lo largo y a lo ancho de Europa central. Graetz obviamente consideraba esto como algo bueno, pero que difiera en el asunto con Capistrano no va en desmedro de Capistrano. Capistrano, el reformador, estaba convencido que los privilegios para los judíos conducían inevitablemente a la laxitud moral y a la subversión de la fe. Como bien sabía Graetz, el judío no recibía los privilegios debido a preocupaciones humanas; sino más bien porque a cambio de esos privilegios el judío otorgaba concesiones financieras al príncipe, en concreto prestamos a bajo interés. A fin de tener dinero disponible para el príncipe en términos favorables, al judío le era permitido prestar al ciudadano común y al campesino a tasas usurarias. Una vez que el judío lograba endeudar al príncipe, podía demandar otras concesiones, el privilegio de vivir entre cristianos, el privilegio de no usar la banda identificatoria, etc. Cada uno de estos privilegios le permitía al judío un contacto más directo con los cristianos, contacto que podía luego explotar en beneficio propio. Capistrano estaba en contra de los privilegios dados a los judíos porque eran los pobres los que sufrían las consecuencias. Percibía que cuando no había restricciones a las relaciones entre cristianos y judíos, la fe peligraba y la moral se debilitaba. De ahí sus arduos esfuerzos por mantener a los judíos separados de la población cristiana. Capistrano entendía que los judíos, por haber rechazado a Cristo y no por su raza, presentaban un constante peligro para cualquier sociedad cristiana. En este rubro su pensamiento era consistente con el de los papas, expresado en documentos como “Sicut iudeis non…” Nadie tenía el derecho de dañar a un judío. Nadie tenía el derecho de forzar su conversión, pero el judío no podía ser un ciudadano con derechos en una sociedad cristiana. En otras palabras, podía ser tolerado pero ciertamente no privilegiado. De acuerdo a Hofer, la actitud de Capistrano hacia los judíos era una función de su idea que el estado cristiano servía como “el imperio cristiano de Dios en la tierra.” Según Capistrano, “Cristo es Rey, y la iglesia de Cristo es el reino de Dios. Los judíos son los descendientes de aquellos que mataron a este rey. Han heredado el odio contra Cristo de sus ancestros, y lo manifiestan siempre que puedan hacerlo con impunidad. Es por eso que estamos justificados en sospechar de ellos. Ahora son simplemente nuestros enemigos y los consideramos como tal. Han crucificado a nuestro Señor Jesucristo.”

 

Las recomendaciones de Capistrano relativas a política social se basaban es esa premisa. Los cristianos no deberían asociarse con los judíos por las razones ya explicadas. Del mismo modo, los cristianos, a fortiori, no deberían depender de los judíos, “de ninguna forma o manera.” La usura es la más debilitante forma de dependencia; por lo tanto, los príncipes no deberían permitir a los judíos el privilegio de prestar a intereses usurarios. De acuerdo a Hofer:

 

Prevenir contactos comerciales y sociales mediante un estricto cumplimiento de las leyes concernientes a los judíos, y abolir todos los privilegios que se oponían a dicho plan, era la idea fundamental de la política de Capistrano. ¿Cuán exitosa fue? Los historiadores judíos afirman que hirió profundamente los intereses judíos en muchos lugares. Sin embargo no hay pruebas detalladas para sostener tal afirmación. En Italia logró de hecho imponer algunos edictos con el fin de abolir los privilegios de los judíos.

 

Porque vio los resultados deletéreos del contacto entre judíos y cristianos en su época, Capistrano tomó una posición muy rigurosa contra esto. Cuando cuestionado sobre si los cristianos tenían permiso de comprar a los judíos las partes de los animales descartadas por estos por motivos rituales por ser impuras, Capistrano respondió que no. Porque “de ese modo los cristianos aparecerían inferiores a los ojos de los judíos. Los judíos consideran impuro cualquier cosa tocada por los cristianos. ¿Porque los cristianos deberían tomar y usar lo que es descartado por las malvadas manos de los descreídos y pérfidos judíos? Que los judíos compren y coman lo que quieran. Ese es su problema. Pero no les den ocasión de pensar condescendientemente de nuestra inmaculada fe y de considerarse superiores a nosotros” (p. 281).

 

Tomo una posición similar cuando le preguntaron si los cristianos podrían comprar vino de los judíos. Nuevamente la respuesta fue, No, porque “nuestra dignidad nos prohíbe consumir la suciedad que caen de sus manos y pies cuando comprimen las uvas. En muchas ciudades estos asuntos están tan regulados que los judíos compran uvas para su propio uso. Sus impuros pies nunca deben tocar el vino que nuestros sacerdotes usan en el Santo Sacrificio. De su propia carne permitan a los judíos hacer ofrendas de acuerdo a su costumbre. O, si ellos aceptan, déjenles arrojar esa carne a los perros que van tras los pollos y faisanes de sus deliciosos banquetes.” Capistrano, de acuerdo a Hofer, percibía que “nuestro Señor Jesucristo” estaría “agraviado si sus pueblo fiel se asociara con Sus pérfidos enemigos.”

 

Bien Común

 

Una era que considera cualquier forma de asociación como discriminatoria no entendería objetivamente la posición de Capistrano relativa a los judíos. Tampoco una era en la cual la idea del bien común se ha evaporado completamente, o que celebra el egoísmo como una virtud, está en condiciones de arrojar la primera piedra a una era que ocasionalmente hizo a un grupo entero responsable por crímenes individuales. El sentido corporativo, tan desarrollado en la edad media, tenia su lado oscuro, sin dudas, porque el inocente podía ser arrojado junto al culpable, uno de los miedos del obispo de Neisse durante los juicios en Breslau. Pero se necesita discernir para entender realmente los acontecimientos. San Juan Capistrano no odiaba a los judíos, a pesar de lo que Graetz dice. Amaba a los judíos porque sabia que eran los enemigos de la Iglesia y porque los cristianos deber amar a sus enemigos. Sus esfuerzos para convertirlos eran una expresión de ese amor, independientemente de cómo los judíos lo consideraban.

 

Capistrano también amaba a sus correligionarios cristianos, y su campaña contra los privilegios judíos fue otra expresión de ese amor, porque vio como el hombre común sufría bajo la usura cuando los príncipes concedían a los judíos privilegios que enriquecían al príncipe y a los judíos pero empobrecían al resto. Dichos privilegios eran una causa de inmediato interés para cualquiera que se preocupase del bien común. Los judíos entendían esto, y temían a Capistrano y en ciertas ocasiones trataron, sin éxito, de coimearlo. Estigmatizar a Capistrano como anti-judío por su insistencia en que leyes ya escritas sean puestas en práctica es una deliberada distorsión de los acontecimientos sociales de su era. El empleo de la usura por parte de los judíos había causado problemas -inclusive para los judos mismos- en toda la edad media. Como resultado, “el problema de los privilegios judíos no puede ser entendido como una guerra de intolerancia medieval contra la cercana aurora del noble humanitarismo.” Los contemporáneos de Capistrano entendían eso, y la noción “que al enfrentarse con herejes y judíos transgredió limites establecidos y por lo tanto pecó contra la caridad cristiana es una idea prácticamente ajena a sus contemporáneos. A veces fue tildado de poco practico, pero nunca de poco caritativo o inhumano. Inclusive Doering, uno de sus mas severos críticos, no encuentra nada con que culpar a Capistrano por su accionar hacia los judíos en Breslau” (p. 284).

 

Dos días después de mi partida de San Juan Capistrano, fui a la misa en honor a San Juan Crisóstomo, otro santo que a los judíos les encanta odiar. Durante el tiempo de meditación luego de la misa, una duda me vino a la cabeza: ¿Podría ser canonizado hoy en día el autor de Adversos Judeos, el hombre entonces conocido como “la boca dorada”? Si el ejemplo del padre Dehon, el sacerdote francés que fundó la orden del Sagrado Corazón, es un punto de referencia la respuesta es, No. En junio del 2005 la canonización del padre Dehon fue frenada por la Congregación de los Santos por evidencia de antisemitismo encontrada en sus escritos. ¿Y cuál fue la evidencia? El padre Dehon se refirió al talmud como un “manual para ladrones” y dijo que los judíos deberían usar marcas distintivas. El padre Dehon, en otras palabras, fue culpable de sostener el punto de vista de Gregorio IX y del cuarto Concilio Lateranense.

 

Uno puede ver esto de dos maneras. Por un lado, se evidencia una crisis en la Iglesia. Lo que una vez fue considerado piadoso, es hoy considerado pecado. De ser así, alguien está equivocado. ¿Pero quién? ¿Se equivocó la Iglesia al canonizar a San Juan Crisóstomo, San Vicente Ferrer y a San Juan Capistrano? ¿Canonizó la Iglesia a antisemitas? Si lo hizo, ¿cómo puede reparar semejante desliz? La respuesta es que la Iglesia no puede rectificar esta animosidad contra los judíos porque está completamente saturada por ella, desde los evangelios hasta las encíclicas papales bajo el titulo “Sicut Iudeis non…” La iglesia siempre ha sido “Judenfeindlich” en cierto sentido de la palabra. Si esto está mal, entonces el daño no es superficial. Va hasta las mismas raíces de lo que la Iglesia es. La animosidad contra los judíos no puede ser erradicada de la Iglesia sin destruir a la Iglesia misma en el proceso. Si la Iglesia es culpable de semejante maldad -el claro testimonio de historiadores judíos como Heinrich Graetz- entonces merece ser destruida. Ecrasez l’infame es el único programa posible de reforma.

 

Por otro lado, el hecho que San Juan Crisóstomo y San Juan Capistrano son santos es un fuerte motivo para creer que la actual política de acercamiento hacia los judíos no tiene bases históricas ni teológicas. Si la tradición es la democracia de los muertos, como dijo Chesterton, entonces la política hacia los judíos iniciada luego del segundo Concilio del Vaticano es profundamente antidemocrática y anti-tradicional. También es una inquebrantable condena de casi dos mil años de historia, inclusive si los judíos son los únicos en llevar esta premisa a su conclusión lógica. Si le preguntásemos a San Juan Capistrano si la Iglesia fue antisemita, encontraría la pregunta incomprensible. Jesús era un semita. También lo eran su madre y los apóstoles. ¿Entonces cómo es posible para un cristiano odiar a la raza de la cual vino su salvador? Una vez aclarado el significado de la pregunta, Capistrano diría que la animosidad entre cristianos y judíos comenzó al pie de la cruz, cuando los judíos rechazaron a Cristo, y continuará hasta que el último judío acepte al Cristo que sus antepasados rechazaron. Decir que esta animosidad desaparecería bajo el narcótico del dialogo seria una proposición igualmente incomprensible, tanto como decir que los cristianos deberían odiar a los judíos porque éstos son su eterno enemigo. No, diría Capistrano, los cristianos deberían amar a los judíos porque éstos son su implacable enemigo, y deberían rezar por su conversión, la única solución posible al perpetuo problema judío, en ese entonces y ahora. Esta es la razón por la cual los santos son importantes. Su mera existencia destruye cualquier noción de lo hoy considerado políticamente correcto, el último refugio de todo cobarde que se prosterna ante los poderes de este mundo en una era corrupta.

 

Veinticuatro años después que el último sacerdote se fuera, el padre St. John O’Sullivan llegó a la ruinosa misión decidido a morir. El padre O’Sullivan era un irlandés de Louisville, Kentucky, quien había estudiado en la universidad de Notre Dame. Ordenado a los 30 años, había dejado su parroquia luego de contagiarse con la plaga blanca, el nombre dado en aquel entonces a la tuberculosis. Buscando una cura, que en ese tiempo significaba aire seco y calido, el padre O’Sullivan había pasado un tiempo en Tucson y San Antonio, antes de llegar a Los Angeles en 1909. Durante el tributo realizado en el funeral de O’Sullivan en la catedral de St. Vibiana el 25 de julio de 1933, el arzobispo Edward J. Hanna dijo que “cuando el obispo [Thomas] Conaty lo vio, pensó que el joven sacerdote estaba a punto de morir.” A pesar de eso, Conaty puso a O’Sullivan a cargo de la “destruida, despojada y aparentemente sin uso” ruina de la misión de San Juan Capistrano el 5 de julio de 1910. El padre O’Sullivan pasó su primer año viviendo en una tienda entre las ruinas y se tomó los siguientes 20 años para morir. Aprendió el idioma de los nativos y les enseñó a sus niños canciones. Gradualmente, se dio cuenta que ni su propia e inminente muerte ni la muerte de la misión décadas antes era algo preordenado o de algún modo superior a la resurrección que había conquistado la muerte, así es que fue testigo de dos resurrecciones, la suya (o la de su salud) y la de la misión.

 

La base para su obra de resurrección había sido colocada tiempo atrás -no por otro sacerdote, ni siquiera por otro católico- sino por un protestante interesado en preservar la herencia arquitectónica de California, una herencia que tenia a las misiones a lo largo del Camino Real como su fundación. En 1895 Charles Fletcher Lummis (1859-1928) había fundado el Landmarks Club con el fin de restaurar las decaídas misiones del Camino Real. En la edición de julio de 1903 de Out West, Lummis describió lo que su organización había hecho para rescatar lo que el llamaba, “la gema de todas las misiones, San Juan Capistrano.” Dicho trabajo incluía nuevos techos de tejas de arcilla en los edificios principales, “incluyendo la vieja iglesia de adobe que el mismo Serra fundó.” Finalmente se restauraron “un total de 9640 pies cuadrados de techo” y “se removieron cerca de 400 toneladas de escombros de las paredes y techos caídos; se instaló un sistema de irrigación el cual sirve para mantener el pequeño jardín de la misión, y se puso orden donde había ruinas.”

 

Sin embargo la más amplia premisa cultural establecida por la actividad de Lummis no es mencionada en su práctica descripción sobre los emprendimientos del Landmarks Club. Lummis, al menos parcialmente porque era protestante, entendía que la fundación espiritual y cultural sobre la cual California se asentaba había sido construida por los franciscanos españoles. Como resultado la California católica y la California WASP (White Anglo Saxon Protestan, es decir protestante), podían convivir en una suerte de armonía, expresada quizás en la proximidad de los dos objetos que simbolizaban a ambas. El hecho que la estación de tren de Santa Fe se encontrase tan cercana de la misión era una indicación que la California católica y la WASP podían existir lado a lado. Ese modus vivendi resultaría tan mutuamente beneficioso como la relación entre los franciscanos y los indios que la misión había establecido masones destruido.

 

El hombre que había negociado el arreglo no era ni WASP ni español, sino un irlandés de Kentucky quien había estudiado en Indiana. El vehículo que hizo posible tal emprendimiento multicultural fue el catolicismo. California parece haber evitado el desagradable anti-catolicismo nativista que barrió los Estados Unidos durante la década de1920. Ese nativismo alcanzó su cenit con el renacimiento del Klan, una organización con centro en Indiana que marchó en protesta cuando Al Smith recibió la nominación presidencial por el partido demócrata. Al mismo tiempo que las leyes inmigratorias racistas y anti-católicas, que Madison Grant consideró el logro de su vida, eran aprobadas en el congreso, el padre O’sullivan estaba realizando conferencias sobre historia en la misión y atrayendo a un amplio espectro de californianos, quienes podían ahora manejar hasta la misión además de tomar el tren. O’Sullivan comenzó a cobrar entrada en la misión, pero no de un modo que repeliera a los visitantes. Al contrario, los hizo co-restauradores. Al contemplar la resurrección de la California católica, la California WASP se volvió filo-católica a contracorriente del resto del país. En una carta destinada a buscar fondos enviada a los californianos potentados independientemente de su religión, el padre Arthur A. Hutchinson escribió, “tenemos cierto derecho a la reputación de que California cuida de lo suyo.” La restauración de la misión ciertamente contribuyó a esa idea, al igual que contribuyó a la creación de numerosos emprendimientos culturales, desde el estilo arquitectónico californiano a las películas del zorro. Cuando Monseñor O’Sullivan murió en 1933, la misión de San Juan Capistrano se había vuelto un icono de la cultura americana gracias a la industria del cine; y con un significado profundamente a contrapelo de otros iconos masones y puritanos igualmente poderosos. Como la brigada San Patricio, de la cual hemos hablado en otro momento, la misión San Juan Capistrano fue un proyecto mexicano-irlandés, y por lo tanto era coherente que Peter y Christina se casaran allí. La California WASP podía colaborar en ese proyecto, al igual que lo hizo con Frank Capra y Pat O’Brien, pero el misterio de iniquidad se las arregla para destruir aun los contratos donde el beneficio es mutuo.

 

Como para insinuar que lo pasado es prologo en el campo espiritual, en noviembre de 1939, la capilla restaurada por St. John O’Sullivan fue irrumpida y el tabernáculo, que pesaba unos 120 kilos, fue robado del antiguo y trabajado altar de oro que el mismo O’Sullivan había instalado. Como un signo del Zeitgeist de una era pasada cuando el catolicismo en Norteamérica no era objeto de desprecio y rechazo, el diario Los Angeles Times (2 de noviembre, 1939), enfatizó la dimensión espiritual del robo en sus titulares, refiriéndose al hecho como la “profanación de una de las misiones mas famosas de California - San Juan Capistrano.” El padre Hutchinson, ahora el pastor de la misión, le dijo al Times que “un ciborium” de poco valor monetario “era el único objeto en el tabernáculo cuando este fue arrancado por la fuerza del altar.” El tabernáculo, el LA Times continuó, “es considerado tan importante que la iglesia mismo llevará a cabo una investigación del sacrilegio además de un acto propiciatorio en conexión con la consagración de otro tabernáculo.” El cronista del Times Ed Ainsworth no mencionó el hecho que San Juan Capistrano había estado involucrado en investigar un caso similar de sacrilegio en Breslau 400 años atrás. Sin embargo recordó que en 1939, por primera vez en un largísimo tiempo, las famosas y “puntuales” golondrinas, que normalmente llegan el día de San José, 19 de marzo, y parten el día de San Juan, 23 de octubre, “se fueron mas temprano este año… como anticipando la tragedia religiosa que sobrevendría.”

 

El 28 de marzo de 1969 el presidente Richard M. Nixon arribó a San Juan Capistrano. Luego del casamiento, cuando los asistentes se estaban fotografiando entre las ruinas, noté la placa incrustada en la pared conmemorando su visita. Nixon había venido desde su casa de veraneo en San Clemente sobre El Camino Real para “sumar otra página a su historia” como los periódicos decían. Cuando llegó, fue recibido por su eminencia el cardenal James Francis McIntyre, quien colocó su brazo irlandés alrededor de los hombros del presidente a la manera tradicional de saludo mexicana conocida como “abrazo.” Una banda de mariachis comenzó a tocar; las campanas de la misión sonaron, y aunque nadie lo sabía para entonces, la visita del presidente Nixon inauguró otra transición hacia otra California, una transición marcada por su propia caída política.

 

Nixon visitó San Juan Capistrano en el medio de una revolución cultural que estaba siendo orquestada principalmente en Nueva York y California. Había comenzado en 1965 cuando los judíos se deshicieron del código de producción fílmica y terminaron con 31 años de hegemonía católica en Hollywood. Una vez que los judíos tomaron el control total en los medios de información, apuntaron a su próximo gran objetivo, el aborto. El movimiento para legalizar el aborto, como afirmó el judío converso al catolicismo Bernard Nathanson, fue mayoritariamente un movimiento judío centrado en Nueva York y California. Estos dos estados fueron los que legalizaron el aborto antes que el resto de la nación lo hiciera, cuando la corte suprema tomó su decisión en el caso Roe v. Wade en 1973, todavía hoy discutido. La misión de San Juan Capistrano ha perdurado a lo largo de tres Californias: la católica, la WASP, y la judía. Los judíos, como el artista Henry Millar notó, se habían instalado en California como pequeños comerciantes desde que esta se volvió parte de los EEUU. Su ascenso al poder político comenzó cuando mudaron la industria del cine desde Nueva York a California en la primera década del siglo XX. Desde ahí en adelante, el control judío sobre los medios significó la llegada de los judíos al poder político. Cuando Nixon visitó San Juan Capistrano, los judíos estaban decididos a probar que podían controlar cualquier debate en los EEUU. La remoción de las leyes contra el aborto como resultado de sus esfuerzos basta como prueba. La California judía, de hecho, comenzó cuando los judíos lograron la anulación de las leyes anti-aborto estatales. Quizás nada simboliza mejor la transición de la California WASP a la judía el hecho que mientras el californiano Richard Nixon, opuesto al aborto, era presidente, Ronald Reagan transformó en ley la ordenanza pro-aborto. Reagan, como apuntó Midge Decter en su memoria, An Old Wife’s Tale, invitó a los judíos a su administración poco después de devenir presidente en 1980.

 

Nixon tenía profundas sospechas de los judíos, como sus recientemente revelados comentarios a Billy Graham lo indican. Sin embargo tenía simpatía por los intereses de los católicos. Al final, la alianza WASP-judía que creó la revolución cultural de los 60, simbolizada por Woodward y Bernstein, sacó a Nixon de la administración. Pero antes que eso ocurriera, Nixon ya se había avivado quienes eran sus amigos y enemigos políticos. Como George Marlin escribió en su reciente libro, The American Catholic Voter:

 

Para incrementar el apoyo en los vecindarios étnicos, Nixon se amigó con un político católico en ascenso de Filadelfia, Frank Rizzo. Su pasado como jefe de policía de la ciudad había empujado a gran parte de los vecindarios católicos del sur de Filadelfia a elegirlo como alcalde en 1971. Luego de la victoria de Rizzo, Bob Haldeman, la mano derecha de Nixon, escribió en su diario el 3 de noviembre de 1971, “Nixon quiere asegurarse que aprovechemos el hecho de que la victoria de Rizzo confirma nuestra estrategia política, a saber, nuestro lugar no es ni con los judíos ni con los negros, sino con los blancos étnicos, y que tenemos que apuntar a la cuestión católica” (p. 281).

 

Nixon apuntó a la “cuestión católica” en la elección de 1972, y los católicos le retribuyeron el cumplido abandonando su tradicional apego al partido demócrata. George McGovern perdió la elección presidencial ese año en una de las derrotas más asimétricas en la historia política de los EEUU - consiguiendo solo 17 votos electorales contra los 538 de Nixon, en gran parte porque perdió al voto católico. “Entre los católicos,” escribe Marlin, “la inclinación por Nixon fue abrumadora. Consiguió el 59% del voto católico, record absoluto para un republicano. En estados de clase media y trabajadora como New Jersey, Pennsylvania, Ohio, Indiana y Missouri, Nixon obtuvo el 60% de los votos.” Reflexionando seriamente sobre su derrota en las urnas y percibiendo el peligro que una alianza católica con Nixon representaba para ellos, el eje judío-WASP, que había tomado el control del partido demócrata, buscó un respiro entre los activistas judiciales de la facción Black/Douglas de la corte suprema, y consiguió lo que quería. En 1973, la invalidación de las leyes contra el aborto maquinadas por los judíos en Nueva York y California se extendió al resto del país, y luego de un año Nixon había sido expulsado de su cargo.

 

Durante los siguientes 30 años, el reino de Mamón judaico-WASP, conocido primero como conservadurismo y luego como neoconservadurismo (neocon), gobernó bajo la rubrica del libre comercio, el cual en la lógica sutil de la historia, comenzó a desintegrar el mismísimo imperio que supuestamente iba a servir. La constante en la historia de los EEUU - desde el tiempo de la esclavitud de los negros hasta ahora donde en las fábricas de zapatillas de Nike en Vietnam las condiciones de trabajo son de semi-esclavitud- es el trabajo barato. El deseo insaciable de trabajo barato por parte de la clase gobernante norteamericana es lo que llevó al presidente Clinton - una creación de los judíos de Hollywood y la menguada dirigencia WASP - a darle la espalda a los sindicatos del país, tradicionalmente incondicionales del partido demócrata, y a firmar los tratados del GATT y el NAFTA. Dichos tratados efectivamente anularon la frontera de los EEUU con México, permitiendo que un ejército de mexicanos cruzara el borde y trajera consigo - nuevamente dentro de la sutil lógica de la historia - los primeros signos del fin de la California judía.

 

Una de las personas que recientemente notó este cambio histórico fue Stephen Steinlight, miembro del Comité Judío Americano (American Jewish Comittee). En un trabajo para el Centro de Estudios de Inmigración titulado “La Apuesta Judía en la Cambiante Demografía de los EEUU: Reconsiderando una Política Inmigratoria Errada, “The Jewish Stake in America’s Changing Demography: Reconsidering a Misguided Immigration Policy” (October 2001), Steinlight primero reconoce las consecuencias de la masiva inmigración mexicana para la hegemonía judía en California y luego rompe con la tradición judía respecto a inmigración a los EEUU al pedir un cambio inmediato en la en la política inmigratoria fomentada por los judíos desde 1965. Porque “el numero de mexicanos que ha venido a los EEUU legal y/o ilegalmente se ha duplicado en una década,” los judíos, de acuerdo a Steinlight, “son testigos de lo que se puede considerar la transformación social mas profunda en la historia de los EEUU… Una nueva nación norteamericana esta surgiendo ante nuestros ojos, y muchos judíos están preocupados por esto; algunos inclusive están aterrorizados.”

 

La inmigración mexicana es la principal amenaza a la hegemonía judía en los EEUU, y dicha amenaza esta llevándose a cabo en California, donde “la inmigración ilegal ilimitada desde México” constituye “una brillante estrategia en una guerra de reconquista notablemente exitosa debido a su baja intensidad y a no estar abiertamente declarada.” “En 1970,” continua Steinlight, “había menos de 800000 inmigrantes mexicanos; 30 años después el numero está llegando a los 9 millones, un incremento de un orden de magnitud en una generación.”

 

El problema es la demografía. Es solo una cuestión de tiempo antes de que la hegemonía política judía sea eclipsada por la fuerte demografía mexicana, o como dice Steinlight, “es solo una cuestión de tiempo antes de que el poder electoral de los latinos, y de otros también, nos sobrepase.” Tarde o temprano, “el gigante dormido ciertamente se despertara,” y cuando eso ocurra, la hegemonía política judía incluyendo el hecho de que “casi el 80% del presupuesto que EEUU destina a ayudar países extranjeros va a Israel” desaparecerá. Mientras tanto Steinlight sostiene que “la comunidad judía” aun está en una posición donde es posible dividir y conquistar y armar coaliciones que apoyen su objetivo.

 

El incremento demográfico mexicano significa que “la política de sucesión étnica… ya ha resultado en la perdida de importantes legisladores judíos (Stephen Solarz de Brooklyn fue solo uno de los primeros).” Cargos políticos que en el pasado fueron “número puesto en el Congreso para judíos ahora son ejercidos por representantes latinos.”

 

No se trata solo de un fuerte aumento demográfico mexicano. El problema se vuelve mas serio debido a que la demografía judía esta en una etapa débil:

 

Hoy en día… la comunidad judía americana esta gozando del cenit de su poder e influencia política, un cenit inevitablemente seguido por un lento decline. Mientras que otros grupos étnico/religiosos crecen a grandes pasos, la fertilidad judía permanece chata, su tasa de crecimiento es nula y continuamos disminuyendo tanto en números absolutos como en porcentaje de la población. Nuestra gente está envejeciendo rápidamente; las tasas de casamientos fuera de la comunidad llegan hasta el 50%.

 

La demografía mexicana, sin embargo, no es solo un problema cuantitativo. Uno de los principales problemas culturales que Steinlight menciona es el hecho que los mexicanos no tienen ningún complejo de culpa respecto al holocausto. Desde la perspectiva de Steinlight esto es malo. El se pregunta:

 

¿Es importante que la gente de color… vea a los judíos solo como los más privilegiados y poderosos blancos de Norteamérica? ¿Importa que los latinos, que nos conocen casi enteramente como empleadores de los trabajos simples y de baja remuneración que ellos hacen para nosotros…pronto serán un cuarto de la población del país? ¿Importa que la mayoría de los inmigrantes latinos hayan sido formados con la idea de que los judíos son responsables por la muerte de Cristo, habiendo recibido una educación religiosa en la cual los cambios introducidos luego del Vaticano II han penetrado poco y nada?

 

En caso que usted se esté preguntando, el concilio del Vaticano II, de acuerdo a Steinlight el teólogo católico, “adoptó la posición de que el pacto de Dios con el pueblo judío no ha sido roto y que le llegada del cristianismo no lo ha borrado ni cancelado” (cf. ver mi articulo “Julian the Apostate, and the Temple of Doom,” Culture Wars, octubre 2004).

 

Steinlight, obviamente, nunca usa términos como “hegemonía judía en los EEUU.” En un extraño retorno a la tradicional terminología usada por San Juan Capistrano hace 450 años, Steinlight se refiere a “privilegio”. “Nuestro presente privilegio, éxito y poder,” escribe, “no nos asegura contra el efecto de procesos históricos.” La palabra clave que relaciona a Steinlight y a San Juan Capistrano es “privilegio”. Capistrano no fue, como Graetz trata de representarlo, un “asesino de judíos.” Protestaba contra los privilegios de los judíos, sosteniendo que eran la causa de la ruina de la región que los concedían, especialmente la ruina financiera de la gente suficientemente desafortunada como para pedirles prestado dinero. Capistrano probablemente no estaría de acuerdo con Steinlight, pero encontraría su ensayo fácil de leer. La idea que los judíos deben mantener sus privilegios en los EEUU aparece una y otra vez en el ensayo de Steinlight:

 

En una Norteamérica donde la gente de color conforme la mayoría, como ya ha ocurrido en California, con casi nulo conocimiento histórico sobre los judíos, ¿continuarán gozando los puntos de vista judíos de tan extraordinario alto grado de deferencia? Y los intereses judíos ¿continuarán recibiendo protección especial? [Énfasis agregado].

 

El privilegio judío va de la mano con Mamón. En la Italia del siglo XV, el príncipe concedió a los judíos el privilegio de prestar dinero a los pobres a tasas usurarias de modo que los judíos pudieran prestarle a él en términos favorables. En los EEUU, el nuevo reino de Mamón, los judíos compran a los políticos con “dinero suave.” Steinlight dice que debido a la inmigración mexicana a lugares como California, los judíos “serán capaces de mantener… nuestro desproporcionado poder político (libra por libra el mas grande de todos los grupos étnicos/culturales en los EEUU)… quizás por una o dos décadas mas” porque:

 

La gran riqueza material de la comunidad judía continuará brindando ventajas significativas. Continuaremos cortejando y siendo cortejados por figuras claves en el congreso. Ese poder es ejercido dentro del sistema político desde niveles locales hasta nacionales a trabes del dinero suave (soft money), y especialmente en la provisión de fondos a los candidatos con simpatías hacia Israel, la separación de la iglesia y el estado, y el liberalismo social junto con un selecto conservadurismo en la justicia criminal y beneficencia estatal.

 

El poder judío, de acuerdo a Steinlight, se basa en el control de los medios de comunicación. La televisión, escribe, es “la industria judía por excelencia”: “el poder y la influencia económica judía,” continúa Steinlight, “están desproporcionadamente concentrados en Hollywood, la televisión, y en la industria de noticias.” Esto es “teóricamente un beneficio en términos de formar una imagen publica favorable a los judíos y preparar a los norteamericanos en los problemas que conciernen a los judíos” aun aunque

 

la televisión, la industria judía por excelencia, con sus chatos valores, grotesco materialismo, celebración de la violencia, total superficialidad, anti-intelectualismo, y explotación sexual ciertamente no promueve nada que pueda ser confundido con los valores judíos.

 

Steinlight nunca llega a decirnos cuales son los valores judíos (cf. “El odio es una virtud judía”, “Hate is a Jewish Virtue”, First Things), pero su solución ante la amenaza de que los judíos puedan perder sus privilegios es la promoción de la subversión moral y cultural. Como parte de la estrategia “divide y reinaras” ya por él mencionada, Steinlight dice que los judíos deberían “apoyar a los librepensadores dentro de la comunidad islámica,” algo que ya presenciamos luego de que los neocon orquestaran la invasión a Irak, cuando Paul Wolfowitz viajó con dinero para grupos feministas. La MTV, creada por Sumner Redstone, uno de los magnates judíos de California, se volverá en el largo plazo “mas influyente sobre los jóvenes inmigrantes musulmanes que los mullahs, y la notoria atracción material y cultural de la vida norteamericana causará que los nuevos inmigrantes sigan mayoritariamente los pasos de sus predecesores. Libres de las restricciones imperantes en sus países de origen, los recién llegados elegirán a su turno la libertad individual sobre la subordinación a formas obsoletas y optarán por los derechos de conciencia individual sobre fuentes tradicionales de autoridad religiosa y política.”

 

La nueva palabra para la subversión judía de la moral es “americanización”. Steinlight muestra que Samuel Johnson estaba en lo correcto al sostener que el patriotismo era el último refugio de los miserables. Los judíos, quienes durante años subvirtieron la idea de patriotismo en los EEUU durante la guerra de Vietnam, son ahora sus más aguerridos partidarios. Los judíos “no deberían avergonzarse de resucitar la ‘americanizacion’” siempre y cuando sean ellos los que definan el contenido del término. Los EEUU -como su modelo, la California judía- “no tienen paciencia con las ideas obsoletas, las formas sociales anacrónicas y los valores culturales opresivos.” Los EEUU, en otras palabras, fomentan la revolución cultural permanente y la subversión de la moral. Steinlight apoya la “americanización” porque California, en particular, y los EEUU en general, se han vuelto un producto judío.

 

En concordancia con el recientemente descubierto patriotismo de los neoconservadores, Steinlight quiere restaurar el draft (servicio militar obligatorio), ahora que los ejércitos norteamericanos van a la guerra en medio oriente. En “un intento de construir una nación en tiempos de una inmigración culturalmente discordante nunca antes vista,” Steinlight piensa que “puede que sea tiempo para reconsiderar el servicio no-militar obligatorio,” el cual, por supuesto, luego de los atentados del 11 de septiembre del 2001 seria indistinguible del servicio militar obligatorio, al cual los judíos se opusieron cuando los norteamericanos estaban pelando en Vietnam. Todo ha cambiado, ahora que los EEUU están involucrados en guerras en medio oriente. El cambio de posición en relación al draft es solo uno de los muchos y asombrosos ejemplos de hipocresía judía en los artículos de Steinlight. Al final la hipocresía se vuelve tan descomunal que aun Steinlight tiene que darse por aludido. Luego de criticar a musulmanes y a hispanos por su “etnocentrismo,” Steinlight es forzado a admitir que la misma crítica podría ser aplicada a los judíos. Los judíos no son solo vulnerables “al cargo de poseer intereses dispares,” mas bien tienen al resto de la población “hasta la coronilla con ese problema.”

 

La gente nos observa con detenimiento, y lo que ven en nuestro comportamiento no es siempre diferente de nuestras críticas a otros. Uno tiene que sonreír, inclusive sorprenderse, cuando algunos colegas en los círculos judíos rechinan sus dientes en relación al nacionalismo negro, afro-centrismo, o separatismo cultural en general -sin considerar los comportamientos paralelos judíos… al menos lo confesaré: como miles de otros típicos chicos judíos de mi generación fui criado como un nacionalista judío, inclusive casi separatista. Cada verano durante dos meses de 10 formativos años de mi niñez y adolescencia estuve presente en campamentos de verano judíos. Allí, cada mañana, saludé a una bandera extranjera, me vestí con un uniforme reflejando sus colores, canté un himno nacional foráneo, hablé una lengua extranjera, aprendí canciones y danzas populares extranjeras, y me enseñaron que Israel era mi verdadera patria… me recalcaron la superioridad de mi pueblo sobre los gentiles que nos habían oprimido. Nos enseñaron a considerar a los no judíos como ajenos y no confiables, gente de quienes súbitas ráfagas de odio podían ser anticipadas, gente menos receptiva, inteligente, y con una moral inferior a la nuestra. También nos dijeron que la lección de nuestra oscura historia es que no podíamos confiar en nadie.

 

Lo único que salvó a judíos como Steinlight de una total entrega a la causa etnocentrista fue su simultánea entrega a la revolución mundial:

 

También había un fuerte contrapeso en una moral universalista que inculcaba la creencia en la justicia social para toda la gente y que se identificaba especialmente con la lucha por los derechos civiles de los negros… una parte sustancial de los judíos seculares fueron históricamente cosmopolitas europeos por excelencia, particularmente durante el cenit de la cultura burguesa en Europa Central. Ese compromiso con valores universales e ideales igualitarios fue y aun es tan fuerte que en encuestas realizadas a lo largo de los años, los judíos regularmente identifican una “creencia en la justicia social” como el segundo factor mas importante en su identidad judía; sobrepasado solo por la “idea de saberse parte de un pueblo.” Esto también explica el conocido lazo judío con el marxismo. Pero es justo decir que estas tendencias judías hacia el universalismo y su propensión al tribalismo siempre han coexistido dentro de una compleja dialéctica. Somos al mismo tiempo el pueblo más abierto y el que posee el más intenso sentimiento nacional.

 

Lo que Steinlight quiere decir es que la Revolución es la manera con la cual los judíos racionalizan su deseo por subvertir los grupos étnicos y naciones del resto del mundo. La Revolución es la palabra mágica que logra la cuadratura del círculo, resuelve la ambigüedad, y calma la turbada conciencia judía al pintar a la subversión con una capa de respetabilidad moral. Los judíos están a la vanguardia de la idea del proletariado trayendo la salvación a la humanidad. La salvación viene aun de los judíos, inclusive si representa lo opuesto a lo que Cristo propuso en su discusión con la mujer samaritana.

 

Etnocentrismo

 

Luego de criticar al etnocentrismo como algo malo -excepto cuando es llevado a la práctica por los judíos bajo la rubrica de la revolución- Steinlight lanza un ataque contra la generación X[1], como parte de la misma estrategia judía de dividir para reinar que se implementó durante la guerra de Vietnam contra grupos étnicos católicos bajo el nombre de “brecha generacional” (generation gap). “La noción,” escribe Steinlight, “de que los jóvenes de la generación X son mayoritariamente egoístas y codiciosos, y tienen valores chatos y poco sentido de la obligación de hacer algo mas allá de su bienestar material y placer es tan conocida que constituye una evidencia mas que suficiente.”

 

La generación X, continua Steinlight, hablando inadvertidamente sobre la generación de mis hijos, tiene “poco o ningún sentido de responsabilidad comunal, y poco o ningún interés en asuntos públicos.” Mas aun, “muestran un total cinismo como resultado de su pereza y egoísmo.”

 

Luego de leer la condescendiente diatriba de Steinlight contra la generación X, comencé a preguntarme si su descripción de dicha generación no se podía aplicar por igual a los judíos. ¿Acaso no se ha dicho que los judíos son “egoístas y codiciosos, poseen valores chatos y poco sentido de estar obligados a algo salvo su propio bienestar material y placer”? ¿No es esta la razón por la cual gente como San Juan Capistrano se refería a los judíos como licenciosos y ciegos? Si momentáneamente le concedemos la razón a Steinlight, ciertas preguntas surgen por si mismas. ¿Se encaminó la generación X en esa dirección debido a algún error en su ADN? ¿U ocurrió de ese modo porque fueron educados bajo los dictados de “la industria judía por excelencia,” en particular, la maquinaria de guerra psicológica judía conocida como MTV?

 

O quizás no son realmente así. Quizás lo que Steinlight está haciendo es tomar todas las desagradables características que han sido asociadas con los judíos y proyectarlas sobre un nuevo grupo de victimas culturales, el grupo que a los neoconservadores les gustaría enviar a pelear a Irak en defensa de los intereses de Israel. Peter y Christina pueden ser o no ser miembros de la generación X, pero cuando observo a esa particular generación de mis hijos, veo algo diferente. Peter nunca miró televisión de chico porque me opuse a tener televisión en casa. Peter no fue trasladado de aquí para allá en auto, porque por una importante porción de su vida, no tuvimos auto. Peter fue en bicicleta a la escuela durante 8 años, llueve o truene, durante los terribles inviernos de Indiana, y aun cuando fue asaltado por grupos de psicópatas en camionetas, la mayoría de los cuales parecen vivir en Michigan, y consideran a los ciclistas como una insoportable afrenta.

 

Peter nunca fue “egoísta y codicioso.” A pesar de eso, él y el resto de su generación están seriamente endeudados. La generación X termino esclavizada por la usura, no precisamente por estar caracterizados por un materialismo egoísta sino porque su cultura ha decretado que endeudarse es el precio que se debe pagar por educarse. ¿Cuántas mujeres de su generación le dijeron no al matrimonio y a los hijos por haber salido de la universidad endeudadas hasta la coronilla? ¿Cuántos hombres y mujeres de su generación se arrepienten de haber caído en garras de la usura que les envió tarjetas de crédito cuando eran inmaduros estudiantes y pensaban que una deuda no era cosa seria porque, después de todo, tenían que pedir presado dinero para ir a la universidad de una u otra manera. Inclusive la maestría que Peter consiguió en Italia en la universidad del Sagrado Corazón de Milán con una beca de la Unión Europea termino transformándose en mas deuda, y por lo menos hasta ahora, no en trabajo. Así es que la mayoría de las generaciones X e Y terminó endeudada por educarse para luego darse cuenta que el trabajo que deseaban había sido exportado a India o China por Bill Clinton o George Bush u otros lacayos del nuevo orden mundial. ¿Es esto lo que San Juan Capistrano tenía en mente cuando nos advertía sobre los privilegios de los judíos?

 

Peter no tiene “valores chatos.” Sus valores son los valores de los franciscanos quienes fundaron las misiones a lo largo del Camino Real. Vive en un mundo que impone valores chatos a todos, a través de “la industria judía por excelencia,” y luego culpa a la victima como un preludio antes de embarcarlo a Irak, donde quizás pueda conseguir una beca de estudio si logra no ser matado por una bomba. El resultado es predecible: es la ira. Puedo oírla en su voz cada vez que hablamos. No necesitamos los ojos de la fe para entender la fuente de esa ira. Lo que necesitamos es la luz de la razón y una oportunidad de leer la República de Platón sobre el ciclo de declive al cual todo estado está destinado. La nación que comenzó como una aristocracia premiando la virtud, ha degenerado hoy por hoy en una plutocracia, donde todo, incluido las leyes de la nación, está en venta. Los jóvenes viendo que su patrimonio ha sido vendido sin ser consultados son consumidos por la ira en la edad de la democracia, la cual pronto se autodestruye en pos de pasiones anárquicas terminando en la tiranía. Ese fue el veredicto pagano de la historia, y es corroborado cada vez que una cultura rechaza a Cristo, el único Señor de la Historia, o cuando una cultura, inspirada por la codicia más rastrera promociona a aquellos que originalmente rechazaron a Cristo a posiciones de “privilegio.”

 

El ensayo de Steinlight nos da fe, al menos de una manera perversa. El reino de Mamón, el miserable sistema de explotación económica que los judaizantes puritanos erigieron con la ayuda de los judíos, se destruirá a si mismo. Será remplazado por “demarcados enclaves étnicos,” de la clase que Steinlight considera malos, a menos que estén habitados por judíos.

 

La inhabilidad del gobierno para enfrentar el problema… también fortalece el rol del enclave étnico. Y la resultante dependencia en las instituciones religiosas y culturales dentro de las comunidades étnicas a menudo disminuye o bloquea el proceso de aculturización. O peor aun, dentro de esos demarcados enclaves étnicos, persisten alianzas a los países de origen y a antiguos patrones sociales, viejos prejuicios y odios son reforzados y problemas políticos ancestrales continúan delineando e inclusive controlando la visión de los inmigrantes.

 

¿Se está aquí Steinlight refiriendo a la misión San Juan Capistrano o la nación conocida como Israel, la cual está ahora muy ocupada encerrándose detrás de un muro de seguridad dos veces mas alto que el que dividía Berlín? Ahora que la “verja” de seguridad está a punto de ser completada, no es acaso Israel un “demarcado enclave étnico”? ¿Si los “enclaves étnicos demarcados” son una cosa mala, porque los EEUU envían billones de dólares a Israel cada año?

 

Si la misión de San Juan Capistrano significa algo, es que al final el judío subversivo no tendrá la última palabra en California. La cultura católica española no es una influencia foránea en California; es la base de lo que California es. Como dijo el reverendo Francis J. Weber, uno de los pastores de la misión: “Un excelente retruque a los cargos, voceados recientemente hasta en la campaña presidencial de 1960, a cerca del supuesto carácter “extranjero” del catolicismo, es el sutil pero persuasivo recuerdo de que, en California y muchos otros lugares, ‘el altar es mas viejo que el hogar.’” Los judíos, en el otro extremo, son extranjeros no importa en donde se asienten. Israel y su “verja de seguridad” son prueba suficiente de eso. Que Stephen Steinlight, cuyo padre llego a los EEUU de Kiev en la década de 1920 pueda denostar a los descendientes del padre Junípero Serra como intrusos e invasores es un asombroso ejemplo de chutzpah. Es también una indicación de cuan efímera la California judía es en comparación con la que pasó antes y con la que muy probablemente sobrevendrá. San Juan Capistrano es el verdadero Americanizador; perdura como un “observador silencioso de todo lo que es superior en California.” Trajo a Cristo a los salvajes en aquel entonces, y puede hacer lo mismo hoy en día. La misión, en palabras de Pamela Hallan,

 

se ganó el derecho a permanecer, si así lo quiere, distante e intocable por las crisis y controversias de la ciudad que la rodea. Es, hoy en día, un santuario, una ventana al pasado donde una persona puede encontrar paz y tranquilidad y la seguridad de la permanencia en una era donde casi nada se mantiene igual. Hay un jardín detrás de las campanas donde en una fuente de piedra el agua solo se mueve con el susurro del viento. Prestando atención en una delicada mañana de invierno se puede casi oír el canto de los indios en sus plegarias matinales. Si se fijan los ojos en el agua se puede volver a ver doscientos años atrás a la pequeña procesión, rodeada de indios curiosos, que clavó una cruz de madera en la tierra dura para fundar la misión San Juan Capistrano mientras que del otro lado del continente, un joven país luchaba por sobrevivir, bañando sus jóvenes la tierra con sangre en pos de libertad. Mirando alto a la fila de campanas de la misión se sabe que dentro de doscientos años, aun estarán allí.CW



[1] N. del T. Comúnmente se incluye en la generación X a aquellas personas nacidas entre 1960 y 1980, luego de la generación del “baby boom” de la post guerra.

E. Michael Jones, Ph.D. is the editor of Culture Wars.

This article was published in English in the October, 2005 issue of Culture Wars.


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