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E. Michael JonesLa Tragedia de los Conversos en España

E. Michael Jones, Ph.D.


Septiembre 2005

 

 

            En 1449, Álvaro de Luna demandó que la ciudad de Toledo pague un impuesto de un millón de maravedíes para la defensa de las fronteras. Cuando la ciudad rehusó a pagar, Álvaro ordenó a sus recaudadores, muchos de los cuales eran conversos, que comenzaran a recolectar. Cuando estos intentaron llevar a cabo las órdenes de Pedro, la población se rebeló y quemó totalmente la casa de Alonso Cota, un prominente recaudador converso. La multitud se dirigió luego a las viviendas de varios conversos y procedió de la misma manera. Este fue el primer pogrom racial en la historia de la Cristiandad, y marcó el comienzo el racismo en la historia europea: “el odio que antiguamente había sido una cuestión religiosa se volvió un asunto racial. Uno podía ser borrado mediante el bautismo; el otro era indeleble y el cambio dejó una marca profunda, ejerciendo por siglos su siniestra influencia en el destino de la península.”

 

            Los judíos que se habían convertido como secuela de la disputatio de Tortosa, ahora llamados conversos, continuaron ganándole el odio de la mayoría cristiana porque muchos de ellos siguieron prestando dinero a interés y trabajando como recaudadores. Como resultado la eficacia del sacramento del bautismo, y por extensión, el sistema sacramental de la iglesia en su conjunto fue puesto en cuestionamiento, hecho que llevó inexorablemente al racismo. El miedo dio lugar al odio, y los judíos pasaron a ser vistos como mendaces especuladores inclusive de los más sagrados compromisos, y por lo tanto indignos de confianza. Las sospechas cayeron especialmente en los conversos cultivados de las clases altas, el grupo más beneficiado por la conversión, al ganar acceso a puestos previamente vetados a judíos. El cristiano medio percibió que estaba siendo regido por una clase de filosóficos intelectuales quienes eran esencialmente nihilistas y oportunistas y que no tenían ningún tipo de creencia religiosa. Baer cita el dicho “nacer y morir; el resto es trampa e ilusión” como epíteto de la creencia de esta clase de converso. Debido al gran número de judíos conversos en posiciones destacadas, la España de entonces tuvo la reputación de ser inclusive más secular que la Italia del renacimiento. “La poesía lírica de aquel período revela, al igual que en los siglos XII y XIII, un tipo de judío aristocrático que se había vuelto o converso o apostata.” De hecho los italianos inferían que los judíos regían España, “pervirtiendo secretamente la fe debido a su oculta adherencia al judaísmo” (Lea, p. 121)

 

            Durante el juicio póstumo de Pedro de la Cavallería, muerto en 1461 mientras tomaba parte en el levantamiento de Cataluña contra Juan II de Aragón, un sastre judío testifico que de la Cavallería había vivido cerca de su casa en un pequeño pueblo en Aragón con el fin de escapar de la plaga. Mientras vivía allí, de la Cavallería a menudo visitaba al sastre en su casa y participaba en la comida del Sabbath, consumiendo hamin[1] entre otras cosas. Cuando el sastre notó cuan versado de la Cavallería era en las plegarias hebreas, le preguntó porqué “siendo tan  instruido en la Torah,” se había convertido al cristianismo. A lo cual de la Cavallería replicó:

 

¡Silencio, tonto! ¿Podría yo, como judío, haberme elevado más allá de un puesto rabínico?  Pero ahora puedes ver que soy uno de los principales jurados de la ciudad. Debido a aquel hombrecito que fue colgado (Jesús), recibo todo los honores, y emito órdenes y decretos a toda la ciudad de Zaragoza. ¿Quién me impide, si así lo quiero, de ayunar en Yom Kippur y guardar tus fiestas y todo lo demás? Cuando era judío no me atrevía a caminar en contra de las reglas (e.g. más allá de los limites prescriptos para la caminata diaria del Sabbath), pero ahora hago lo que me place.

 

La vehemencia de la respuesta de Pedro junto a la detallada declaración del sastre fuerza a Baer a concluir que “tan detallado testimonio difícilmente puede ser puesto en dudad.” Los conversos pudieron, al menos por un tiempo, tener lo mejor de dos existencias. Podían promover sus carreras en áreas antiguamente vedadas, y podían continuar prestando dinero y ser recolectores de impuestos sin estar sujetos a la pesada carga de respetar la ley judía o a los igualmente pesados gravámenes que eran aplicados a los judíos. Eran libres de la ley judía gracias al Evangelio y al mismo tiempo se sentían libres de la responsabilidad cristiana por ser judíos. Nunca nadie fue capaz de hacerles cumplir una u otra regla.

 

Por supuesto que el triunfo duró poco. Su éxito demostró que hasta ese entonces no había habido antagonismo racial, solo religioso. Esto cambió rápidamente; el odio y el desprecio que, como apostatas, habían prodigado a los fieles hijos de Israel repercutió sobre ellos mismos. Fue imposible estimular la repulsión popular hacia los judíos sin al mismo tiempo estimular la envidia y los celos generados por la ostentación y la arrogancia de los nuevos cristianos. Como resultado, la moral se deterioró en los tribunales, y a su turno eso llevó a que la población comenzara a murmurar bajo el peso de sus depredaciones. “Esta situación,” nos dice Walsh, “no podía continuar indefinidamente sin explotar.”

 

Tanto el estado como la iglesia respondieron a la amenaza en un periodo relativamente corto de tiempo. Los antiguos cristianos rápidamente responsabilizaron a los conversos por el levantamiento. Pedro Sarmiento hizo torturar a algunos conversos quienes durante los procesos confesaron que habían estado viviendo como judíos. Luego los sentenció a morir en la hoguera y emitió un edicto acusándolos de perfidia. Los conversos, apuntaba el edicto, habían estado detrás del vergonzoso impuesto demandado por Don Álvaro, el cual era equivalente a un acto de guerra. Mas aun,  los conversos habían dilapidado el tesoro real “mediante estratagemas y ardides,” privado a la antigua nobleza en Toledo y en todo el reino de sus fortunas, derechos y privilegios. Sarmiento entonces “proclamó que todos los conversos de ascendencia judía no era aptos para puestos oficiales que ejercieran autoridad sobre antiguos cristianos en la ciudad y el distrito.”

 

El 24 de septiembre de 1449 el papa Nicolás V respondió a los cargos emitiendo una bula donde declaraba que los fieles constituían una unidad y que no había lugar para distinciones raciales en la iglesia católica. Luego ordenó al rey hacer cumplir las leyes de Alfonso X formuladas con estos fines. Los conversos a la fe Católica debían ser aceptados sin calumnias. Alonso de Oropesa, General de los Jeronimitas, escribió un tratado titulado Lumen ad Revelationem Gentium el cual defendía la posición del papa sosteniendo que la iglesia era una. También definió un programa de reformas relacionado al tema de los conversos, sin embargo el pleito entre los viejos y los nuevos cristianos continuó sin poder ser atemperado.

 

Los agravios a los cuales los antiguos cristianos estaban sujetos pueden ser inferidos de una sátira escrita en aquel tiempo. Es una parodia de un documento real, el cual supuestamente le confiere a un noble caballero cristiano el privilegio de elegir vivir como un marrano. O sea que ahora podía convertirse en consejero de los gobernantes del país “y por sus perversos consejos conducirlos por los caminos del libertinaje, la lujuria y la opresión de sus pobres súbditos y obtener de todo esto la máxima posible ventaja para si mismo. Tenía ahora derecho… a estafar a los antiguos cristianos e instigarlos a matarse unos a otros. Además era libre de volverse sacerdote con el fin de escuchar las confesiones de los antiguos cristianos e inmiscuirse en sus secretos. El y sus descendientes adquirían la autorización de tornarse doctores y cirujanos con el fin de matar a los antiguos cristianos, tomar sus viudas, mancillar su sangre pura y ocupar sus puestos.”

 

La codicia de los conversos

 

La sátira brinda una imagen de la codicia de los conversos, cuando le concede al antiguo cristiano el derecho a llevar “registros de impuestos en lugar de libros de plegarias” al asistir a los servicios religiosos, “como muchos marranos acostumbraban a hacer.” También garantizaba a los caballeros cristianos el derecho “de ser llamados por nombre judíos en privado y nombres cristianos en publico a fin de engañar a la gente” (Baer, p. 281). Baer continúa diciendo que esta sátira marca el comienzo del racismo en la vida europea “porque en ella encontramos por primera vez la muletilla racial favorita: que la sangre pura de los cristianos españoles era mancillada al mezclarse con la de personas de raza judía.” El racismo subvertía profundamente la fe católica, y una vez desatado continuaría teniendo los mismos efectos a lo largo de la historia europea hasta el periodo del genocidio nazi, porque siembra dudas a cerca de la eficacia de los sacramentos, y como resultado, del poder de Cristo y su Iglesia. Los españoles que tuvieron la desgracia de vivir bajo el reinado de monarcas débiles como Enrique el Impotente “habían aprendido por experiencia que las características y las creencias del hombre no eran cambiadas por el bautismo, a pesar de su ‘carácter indeleble.’” Todos los conversos eran ahora sospechosos; y los judíos podían usar estas sospechas para poner en duda los esfuerzos enormemente exitosos de Vicente Ferrer, Pablo Santa Maria y Jerónimo Sancte Fide.

 

El rey Juan II de Castilla respondió a la crisis en Toledo tomando el partido del papa y castigando a Sarmiento y a los antiguos cristianos, cuyos decretos anti-converso fueron revocados, forzándolo a huir para salvar su vida. Nicolás V a su turno apoyó las medidas de Juan, pero dos años mas tarde tuvo que ceder ante la necesidad política, cuando Juan II le pidió la autorización para establecer la Inquisición a fin de juzgar a conversos sospechosos de practicar el judaísmo en secreto. La nobleza, sin embargo, continuó ejerciendo presión en la dirección opuesta. Querrían que ciertas leyes represivas como el Ordenamiento de Doña Catalina fueran revocadas con el fin de atraer a los judíos a su servicio. Cuando las medidas represivas no eran abolidas, los nobles simplemente las ignoraban y favorecían los judíos por obvias razones financieras. A fin de satisfacer las aspiraciones pecuniarias de los príncipes, los judíos recurrieron a la práctica de estrujar a la mayoría cristiana, una práctica que inflamó más aun el ya crecido resentimiento en su contra. Pronto se volvió evidente que los nobles y los distritos que aplicaban la ley eran, en efecto, castigados financieramente por hacerlo, hecho que llevó a las cortes en 1462 a pedir a Enrique que anule las leyes ofensivas y restaure la libertad de comercio entre cristianos y judíos.

 

El resultado de la ineptitud de Enrique el Impotente de controlar la situación fueron 20 años de anarquía que condujeron finalmente a una guerra civil. Tanto cristianos como judíos, viejos y nuevos, tuvieron que aprender que tolerancia era sinónimo de caos. Los judaizantes mantuvieron el control en los altos círculos del gobierno porque el rey era demasiado débil para ser obedecido, pero en 1391 la inactividad de los príncipes dio lugar a la actividad de los prelados, quienes se quejaron abiertamente, tomando partido por la gente que sufría debido a que el gobierno otorgaba la administración a los explotadores.

 

En 1460 (o 1459) luego de seis años de reinado de Enrique, un monje franciscano llamado Alfonso de Espina publicó uno de los más virulentos ataques de la época contra los judíos, Fortalitium Fidei (Fortaleza de la Fe). Espina era el confesor de Enrique IV y judío converso él mismo, de modo que una vez más la vieja se volvía a repetir. Espina era una combinación de Ferran Martínez y Pablo Sancta Maria. Su libro y sus sermones seguían la traza de Pugio Fidei de Martini, pero esta vez la ira estaba centrada en los conversos, de quienes Espina era un ejemplo prominente. Luego de 40 años sin mayores cambios, la situación se había vuelto tan confusa como peligrosa. En su diatriba contra los conversos, Espina “sugería que si una Inquisición fuera establecida en Castilla, se encontraría que muchos conversos solo simulan ser cristianos, pero en realidad están comprometidos en judaizar y destruir la fe que supuestamente profesan.” Alguna medida tenia que tomarse para terminar con la confusión, donde “los gobernantes” estaban “siendo seducidos por coimas que recibían de los crueles judos que blasfeman contra Dios.” Todos persiguen su propio interés a expensas del resto, pero “nadie pone el pecho por la pobre España.”

 

Las quejas de los antiguos cristianos contra “la mala conducta religiosa de los conversos, que nunca era penalizados” no eran exageradas de acuerdo a Espina. De hecho estaban “solidamente fundadas.” Cuando la corona no hizo nada, “la disgustada población se levantó y se vengó de los conversos por mano propia.” Oropesa, quien propuso un curso de acción más moderado que Espina, consintió y “sugirió que el rey pusiera fin a este estado de anarquía mediante normas apropiadas.” Tanto el radical Espina como el moderado Oropesa, quien defendía a los conversos, alegando que no era justo sospechar de ellos debido a su nacimiento judío, percibían la necesidad de alguna institución judicial para estudiar los rumores de judaización para probarlos incorrectos o establecerlos como un hecho y castigar a los culpables. Inclusive Oropesa reprobó al gobierno por darles las riendas gerenciales a los judíos. Su estrategia era separar a los conversos de los judíos y conducirlos de vuelta a una fe más sólida mediante la caridad cristiana. Desafortunadamente los acontecimientos tomaron el curso contrario, pero ambos tuvieron roles significativos en crear el consenso que estableció la Inquisición en España.

 

Por 20 años la advertencia pasó inadvertida porque nadie tenia el poder político para hacerla efectiva, Enrique el Impotente menos que nadie. En 1453 Constantinopla cayó en manos de los turcos. Los cristianos temieron el resurgimiento de la influencia musulmana en España, impidiendo así la reconquista. Los judíos, por su parte, fueron poseídos una vez más por otro de sus periódicos estallidos de fervor mesiánico, en parte descripto en Fortalitium Fidei. Por enésima vez la llegada del Mesías volvía a ser inminente, inclusive si “nadie podía ver al Mesías excepto judíos circuncisos; si algún no-judío lo mirara, quedaría ciego de inmediato debido a su irradiación deslumbradora.” En 1464 los inquisidores se desayunaron que un gran número de conversos de la ciudad había partido para Constantinopla, donde trataron de volver a la religión de sus ancestros y ayudar al anticristo turco, quien planeaba marchar sobre la Europa cristiana y someterla como los moros habían sometido a España en el siglo VIII. Durante la década siguiente a 1460, muchos de los judíos que habían huido la persecución en Castilla se asentaron en Aragón, donde leyes más laxas permitieron a los conversos practicar casi abiertamente la religión judaica. Uno de estos refugiados era un hombre llamado Juan de Ciudad quien se acercó a la casa del rabino Abraham Bivach para ser circuncidado. Luego de su circuncisión y un ritual que removía, de acuerdo a teorías rabínicas, la mancha del bautismo, Juan de Ciudad partió a Tierra Santa, presumiblemente con el fin de practicar su religión en paz y brindar su auxilio al anticristo turco. Baer resume  las condiciones entonces imperantes en el reino de Aragón al decir que “Solo la laxitud y tolerancia religiosa, y el estado de guerra prevaleciente en Aragón pueden explicar el hecho que tales acciones pudieran ocurrir casi públicamente, y que los circuncisos pudieran desenvolverse sin interferencias” (p. 299).

 

En 1465 Oropesa comandó una delegación de nobles cristianos quienes le pidieron al rey que respete las leyes relativas a judíos y musulmanes; primero en la lista estaba la demanda de hacer cumplir las leyes anti-usura establecidas en Alcalá en 1348, un síntoma de que la usura continuaba siendo un tema insuperable. Sin embargo Enrique no estaba en condiciones de hacer cumplir nada. Su reinado se encontraba en un estado de anarquía, que rápidamente se transformó en guerra civil, aunque él no viviría para verlo. El mismo año que la delegación de Oropesa se entrevistó con él, Enrique IV fue desposeído por su hermano Alfonso, quien ascendió al trono de Castilla en 1467. Cuando Alfonso entró en Toledo en mayo de ese año, una guerra abierta estalló entre antiguos cristianos y conversos. El 2 de julio de 1467 durante tres días consecutivos se libró una batalla en Toledo, durante la cual cuatro calles habitadas exclusivamente por conversos fueron prendidas fuego. “Muchos de los conversos que pelearon en esas batallas,” de acuerdo a Baer, “eran sin dudas falsos conversos practicantes de los ritos julios y creyentes en la torah – un hecho confirmado por los registros de la Inquisición durante la década siguiente a 1480.”

 

En 1469 Doña Isabel de Castilla se casó con Don Fernando, hijo de Juan II de Aragón. Durante este periodo la guerra civil continuó en toda España, y tanto Fernando como Isabel trataron de ponerle fin. En 1470 los antiguos cristianos de Valladolid invitaron a la pareja real a su ciudad para resolver su disputa con los conversos, pero no tuvieron éxito. Los judíos en un principio apoyaron a la boda. Pedro de la Caballería había traído el collar de perlas que en Castilla era equivalente a un anillo de compromiso porque los judíos percibían que un régimen fuerte capaz de mantener el orden sería beneficioso para ellos. Sin embargo, al menos al principio, Fernando e Isabel no fueron más capaces de terminar con la guerra civil que sus predecesores.

 

En marzo de 1473 la violencia y el odio racial estallaron una vez más con renovada furia. Durante los conflictos de 1473, la Inquisición juzgó a conversos en Córdova y Ciudad Real. El 10 de diciembre de 1474 falleció Enrique IV legando su problemático reino al joven matrimonio, quien gradualmente comenzó a ver la extensión de la Inquisición a toda la nación como la única manera de restaurar la ley y el orden en el reino. Lo único que unía a España en cuando ellos ascendieron al trono era el clamor por hacer algo para solucionar la crisis. Antón de Montora, un converso de Córdova, escribió un poema luego de la ascensión de los nuevos reyes que describe el punto de vista de sus correligionarios, “gente inocente cuya fe es tan ortodoxa como la de los soberanos.” Por su parte los frailes mendicantes continuaron predicando sermón tras sermón contra el judaísmo y los judaizantes, urgiendo a los fieles a tomar el toro por las astas.

 

Los moros

 

También estaba el problema de los moros, quienes todavía ocupaban la parte sur de España, y eran vistos por muchos como aliados de los judíos. Y también estaban recalcitrantes nobles, quienes se habían acostumbrado a dictar la ley motu propio, haciendo y deshaciendo a voluntad. Isabel se dio cuenta que la ley tenia que ser reestablecida en su reino, pero también se percató que la conquista militar era una necesidad más urgente aún. Luego de su victoria en Toro sobre los partidarios de la Beltraneja, la hija putativa de Enrique IV apoyada por los portugueses como heredera al trono en 1476, las cortes de Madrigal establecieron reformas judiciales que restauraron las prerrogativas reales. Los judíos estaban aun más al margen de la ley que los nobles renegados. Eran juzgados en sus propios tribunales. Aun aunque podían ser procesados por ofensas criminales por tribunales reales, solamente podían ser penalizados de acuerdo a su propia ley. Estaban exceptuados de ser citados a los tribunales el sabbath. Inclusive la poligamia era tolerada entre los judíos, de modo que se volvieron un ejemplo de desprecio por la ley y la fe cristiana.

 

Los conversos fueron sagaces en usufructuar la situación en beneficio propio. El Cura de los Palacios expresó que la práctica del judaísmo era común entre los conversos. Lea dijo que cuando la pareja real ascendió al trono, los judaizantes se habían vuelto tan poderosos que “los funcionarios estaban al borde de predicar la ley de Moisés.”

 

En julio de 1477 Isabel fue a Sevilla. Durante su estadía allí, la cual duró hasta octubre de 1478, recibió los sermones de Fray Alfonso de Hojeda, el prior dominico de Sevilla, quien “volcó todas sus energías en alertar a la corona a cerca de la realidad del peligro de parte de los judíos y falsos conversos.” Hojeda, sucesor de Espina, convenció a Isabel que 1) su propia corte estaba infestada de conversos, cuya insinceridad de fe era evidente; 2) de acuerdo a principios universalmente acepados en aquel entonces, era el deber del soberano restaurar la unidad de la fe; y 3) el único instrumento con que se podía llevar esto a cabo era la Inquisición, un ente jurídico que ya había probado su valor en los tiempos de la herejía albigense dos siglos antes.

 

Isabel pronto percibió que medidas radicales eran necesarias. El reporte de Hojeda y del obispo de Cádiz la convenció que casi todos los conversos practicaban el judaísmo en secreto. También fue convencida de que muchos sacerdotes de origen judío estaban “al borde de predicar la ley de Moisés desde pulpitos católicos.” La lógica indicaba que la reina no podía confiar en los tribunales ya que estos estaban llenos de conversos. De manera que el único instrumento adecuado era la Inquisición, una entidad legal cuyos jueces serian monjes dominicos, “cuidadosamente elegidos y más allá de cualquier posibilidad de intimidación o chantaje.”

 

En 1478 Isabel envió una delegación al papa Sixto IV requiriendo la bula necesaria. Menos de dos años después, mientras los franciscanos y dominicos continuaban predicando contra la influencia judía y en vano trataban de arrastrar a los conversos hacia la ortodoxia, Moahmmed II, líder de las revitalizadas fuerzas turcas ahora centradas en la antigua capital del imperio romano de oriente, saqueó la costa de Apulia en venganza luego de su intento fallido de tomar la isla de Rodas. El 11 de Agosto de 1480, Mohammed capturó la ciudad de Otranto en el reino de Nápoles, y la mitad de la población fue inmediatamente pasada a cuchillo. El arzobispo y su clero fueron también degollados pero solo luego de ser torturados. Cuando las noticias llegaron a España a mitad de Septiembre, la amenaza resurgente de los turcos convenció a Fernando e Isabel que ya no podían vacilar. Así es que decidieron ejercer cuanto antes los poderes que Sixto les había concedido dos años antes.

 

La Inquisición tomó cuerpo cuando Fernando e Isabel estaban a mitad de camino en su intento de terminar con la aparentemente interminable guerra civil y la anarquía. Además le declararon la guerra al reino musulmán de Granada en 1482. La creación de la Inquisición indica que los reyes consideraban a los judíos y a los judaizantes como un factor central tanto para el problema musulmán en el territorio a ser conquistado como para la anarquía en áreas bajo su control.

 

El 17 de septiembre de 1480 en Medina del Campo, Juan de San Martín, teólogo y fraile de San Pablo en Sevilla, y Miguel de Morillo, maestro de teología, fueron nombrados grandes inquisidores, siendo Juan Ruiz de medina su director, así es como fue lanzada la Inquisición española. Tomas Torquemada fue sumado como perito consultor, y es bastante posible, de acuerdo a Walsh, “que llevaba consigo, a modo de referencia, una copia del Directorium de Eymeric, prestado de un convento dominico en Aragón o Languedoc.” Los frailes fueron solemnemente informados que cualquier negligencia de su parte conduciría a su remoción, con la consiguiente perdida de sus posesiones y la ciudadanía del reino.” El 9 de octubre, por orden real, fueron enviados a Sevilla, la ciudad en donde los judaizantes heréticos estaban mas profundamente arraigados, y fue en Sevilla donde la Inquisición comenzó su trabajo.

 

Desde que los historiadores comenzaron a escribir sobre el tema, la cuestión de la sinceridad de los conversos ha sido controversial. Los rabinos del norte de África no dieron lugar a equívocos cuando les fue preguntada su opinión. Las conversiones eran reales y los conversos voluntarios (meshumadim) no eran conversos forzados (anusim). Sin dudas esto era cierto en muchos casos. Pero también había amplia evidencia en la dirección contraria la cual sostenía que “los conversos continuaban viviendo en alguna medida como judíos, pero con la ventaja de gozar de los derechos acordados a los cristianos.” En Mallorca, comentaba un rabino, las autoridades “son indulgentes con los conversos y les permiten hacer lo que ellos quieren.” Muchos escritores modernos, para nada antisemitas, han identificado repetidamente a los conversos como judíos. Una influyente escuela en historiología judía moderna irónicamente también ha insistido en que la Inquisición estaba en lo correcto, y que todos los conversos eran cripto judíos. Yitzhak Baer escribe abiertamente que “los conversos y los judíos eran un solo pueblo, unidos por el destino.”

 

La manera más sencilla de resolver el conflicto es concluir que ambas partes estaban en lo correcto. Desde la perspectiva cristiana, muchos conversos eran virtualmente judíos practicantes. Permanecían cristianos voluntariamente, pero “era su cristianismo voluntario lo que los hacia renegados, meshumadim, a los ojos de los judíos.” Una vez que la corona, en colaboración con la iglesia, se volvió más estricta respecto a la ortodoxia de los conversos, muchos de ellos se arrepintieron de su conversión. Un doctor judío en Soria en 1491 recordaba a un viejo converso quien “le dijo, llorando cuanto se arrepentía haberse vuelto cristiano.” Hablando de otro converso, el doctor decía que “no creía ni en la fe cristiana ni en la judía.”

 

Sumado a eso también había confusión debido a la inercia cultural, que puede o no haber sido teológicamente inocente. Los viejos cristianos notaban “practicas judías remanentes en los hábitos culinarios y de familia y cultura judía residual en los lazos familiares entre judíos y conversos. Esos remanentes eran inequívocamente judíos.” Muchos comentaristas sostienen que un comportamiento cultural de este tipo no constituía de por si “evidencia de judaización.”

 

Asimismo la reacción al arribo de la Inquisición a Sevilla indica que algo más que simples cuestiones de dietas y cocina estaban en juego. Al enterarse que los inquisidores se habían instalado en la ciudad, Diego de Susan, un rabino de Sevilla que había adquirido una fortuna de 10 millones de maravedíes, se despachó con un furioso discurso durante el cual incitó tanto a judíos como a conversos a “reclutar hombres fieles y conseguir armas, y que el primer arresto de los inquisidores seria la señal para un levantamiento donde los estos serian asesinados a modo de advertencia para prevenir a otros de intentar los mismo más adelante.” El complot estaba por llevarse a cabo pero la hija de Susan, “cuya belleza le había ganado el mote de Fermosa Fembra,” reveló los detalles de la intriga a su amante, quien a su turno informó a la Inquisición. Cuando se corrió la voz que Susan había sido arrestado, cundió el pánico entre los conversos y muchos huyeron. Algunos de los fugitivos terminaron en Roma.

 

El primer auto da fe

 

Cuando el primer auto da fe fue celebrado en Sevilla, el 6 de febrero de 1481, Diego de Susan fue una de las seis victimas quemadas en la estaca. Bernaldez, quien se encontraba en Sevilla en aquel entonces, sostuvo que el rabino había muerto cristiano. Para tener una idea de la situación, 700 conversos acusados por la Inquisición por herejía en Sevilla en 1481, abjuraron y fueron reincorporados a la iglesia. “Ya no había mas dudas en la mente de los cripto judíos a cerca de la seriedad con que la reina encararía el tema, no iba a ser mas indulgente ahora de lo que había sido antes al castigar implacablemente los asesinatos y saqueos.” Como resultado, el pánico se desparramó en toda España y la resistencia a la autoridad del gobierno, algo común durante los 40 años previos, cesó notablemente. La Inquisición también sentenció a Manuel Sazuli y Bartolomé de Torralba. Junto a Diego de Susan, estos hombres eran tres de los más ricos e importantes ciudadanos de Sevilla. Fray Alonso de Hojeda predicó el sermón durante la ceremonia, pero su triunfo fue de corta duración ya murió unos días después debido a la plaga que se cobró 15000 vidas en solo en Sevilla.

 

Al menos durante su fase inicial, la Inquisición comenzó con un Edicto de Gracia, durante el cual los sospechosos de judaización tenían entre un mes y seis semanas para presentarse, confesar sus pecados, ser absolvidos, y finalmente reincorporados a la iglesia, luego de purgar una pena adecuada. La inquisición se limitó a aplicar la pena capital solo si el hereje rehusaba a retractarse o si se probaba que había reincidido al menos tres veces, un signo de mala fe y mendacidad. Walsh insiste en que “nunca en toda su historia” la Santa Sede “actuó contra los judíos, ni por motivos raciales por el hecho de ser judíos, ni por religiosos como miembros de la sinagoga. Lejos de atacar la ley de Moisés, la defendió de ciertas sectas heréticas, como una parte esencial de la fe católica.”

 

Walsh continúa su argumento sosteniendo que los judíos activamente buscaban arrastrar a los conversos de vuelta a la práctica del judaísmo y que los judíos “desparramados en toda la cristiandad llevaban a cabo una continua y efectiva la cual, mientras persistió, tornaba imposible la completa cristianización de la sociedad. Esto es abiertamente admitido por los historiadores judíos, como ya he advertido por varias fuentes.” “En general,” comenta I. Abrahams, “la herejía era una reversión al antiguo testamento e inclusive a los ideales judíos. Es indudable que las doctrinas heréticas de los albigenses del sur de Francia en los comienzos del siglo XIII, así también como las de los hussitas del siglo XV, eran en mayor medida el resultado de relacionas amistosas entre cristianos y judíos” (Walsh, Characters of the Inquisition, p. 14).

 

Los judíos, como muchas de las disputas sobre el Talmud así lo indicaban, ya no estaban siguiendo la ley de Moisés. El Talmud había absorbido a la Torah y había tornado a los judíos en una quinta columna permanente dentro de cualquier cultura cristiana, incitando a la revolución cuando eran los suficientemente poderosos o a la subversión cuando no lo eran aun. “Si los judíos hubieran confinado sus actividades a la sinagoga y a su alianza con la ley de Moisés,” nos recuerda Walsh, “gran parte del conflicto e inclusive derramamientos de sangre se podrían haber evitado. Desafortunadamente, durante su diáspora, durante la cual soportaron todo tipo de sufrimientos y afrentas, suplantaron las enseñanzas reveladas de la Torah con otras que, a juzgar por sus frutos, tenían una fuente muy diferente a las tablas del monte Sinaí” (p. 71). Si el Talmud era central al judaísmo, si este no podía sobrevivir sin aquel, como los judíos de Francia sostenían en el siglo XIII cuando Luís IX los privó del Talmud, entonces los judíos estaban envueltos, por el testimonio de sus sagradas escrituras, en una guerra perpetua contra la cristiandad, porque “los judíos incluyeron en el Talmud y otros libros talmúdicos muchas referencias obscenas y blasfemas concernientes a Cristo y a Su iglesia, además de maldiciones e imprecaciones contra los cristianos, y consejos prácticos para engañarlos y explotarlos.” El hecho que los judíos generalmente negaron esto solo hizo su posición mas subversiva.

 

Una vez que la naturaleza del judaísmo se evidenció ante los ojos de la iglesia durante el siglo XIII, tanto la iglesia como el estado tenían el deber de enfrentarlo, al menos en autodefensa. La única incógnita era de que manera hacerlo. Esto fue resuelto por santos como Vicente Ferrer, quien percibió que la única manera legitima de destruir a un enemigo era tornándolo en un amigo. El judío era sujeto a la persuasión como preludio a la conversión. Sin embargo una vez que la inclinación judía hacia la subversión y la revolución se involucró en la lucha que España libraba por su propia existencia contra los moros, el plan espiritual de gente como Vicente Ferrer iba a ser politizado y la fuerza física iba a remplazar a la persuasión espiritual. Eso a su turno abrió el camino para la llegada de otro tipo de judío, el oportunista, quien “aceptaba el bautismo solo a punta de espada o por miedo al ostracismo social y económico” y que causaría estragos en los siglos venideros. No fue correcto que algunos cristianos forzaran a los judíos a convertirse forzadamente a una religión que consideraban falsa. El hecho que no resistieron las conversiones forzadas simplemente aumentó la ya profunda inclinación judía hacia la subversión y a la revolución cuando el aborrecimiento de si mismos se volvió común y psicológicamente intolerable. A diferencia de los rabinos, la iglesia católica enseñaba a sus fieles a abrazar el martirio antes que aceptar el Islam o cualquier otra falsa religión. El comando era tan fuerte que cuando un judío aceptaba la fe católica, se pensaba que lo había hecho de propia voluntad. Habiendo asumido esto, cualquier deslealtad seria penalizada como herejía, especialmente por ser las tendencias judaizantes una de las herejías más recurrentes. Pero aun era el intento de inducir la herejía en otros. Era un crimen capital el quitarle la vida de un hombre, ¿no era entonces una ofensa igualmente grave quitarle la vida espiritual de alguien? La lógica fue extendida a fin de justificar la tortura en la bula Ad Extirpanda, porque del mismo modo en que “los ladrones y asaltantes de bienes temporales son forzados a acusar a sus cómplices y decir que crímenes han cometido; estos son verdaderos malhechores y homicidas de almas, ladrones de los sacramentos de Dios, y de la fe cristiana” (Walsh, Characters, p. 22).

 

La lógica de la fuerza

 

La lógica de la fuerza finalmente invirtió la campaña de conversión de Vicente Ferrer. Las conversiones de 1391, los judíos de Burgos se quejaron en 1392, habían tornado a judío contra judío. La Inquisición, especialmente es sus posteriores etapas más severas en los años previos a la expulsión, forzó tanto a judíos como a conversos a replantear su posición. Si la ola de conversiones bajo Vicente Ferrer separó a los judíos unos de otros, la Inquisición los aglutinó nuevamente. Si leyes como el Ordenamiento de Doña Catalina incentivaron a la conversión, promoviendo oportunidades para ascensos sociales y económicos, la Inquisición, que solo penalizaba conversos, y lo hacia con mas severidad a lo largo del tiempo, logró exactamente lo opuesto. Más aun, la Inquisición proveía incentivos para la reversión, por la simple razón de carecer jurisdicción sobre los judíos. “Mientras que el objetivo de la Inquisición fue asegurar la unidad de la fe,” nos dice Lea, “sus fundamentos destruyeron la esperanza de reunir finalmente a los judíos en la unidad de Cristo… el penoso espectáculo de los autos de fe y las miserias derivadas de las confiscaciones llevaron a los judíos a desear con mas firmeza que nunca su fe ancestral la cual los protegía del terror del Santo Oficio y el temible destino aun pendiente sobre los conversos” (p. 131). Kamen dice básicamente lo mismo. Los rigores de la Inquisición hicieron que muchos conversos suspiraran por tiempos pasados cuando eran relativamente inmunes a ser procesados por el hecho de ser judíos.

 

En mayo de 1482, el Edicto de Gracia fue anunciado en Valencia. Todos aquellos que deseaban confesar sus pecados serian recibidos en privado, y en mayo de 1482 la Inquisición extendió el periodo de validez del edicto un mes más. De acuerdo al sacerdote historiador andaluz Andrés Bernaldez, “la mayoría de aquellos que se ‘arrepintieron’ y fueron ‘reconciliados’ con la iglesia lo hicieron con el fin de practicar los ritos judíos en secreto,” como ya lo habían hecho previamente. Según Bernaldez “las confesiones hechas por los conversos de Sevilla muestran que todos ellos eran judíos; y de sus declaraciones una inferencia similar se puede obtener relativa a los conversos de Córdova, Toledo, Burgos, Segovia, y todo el resto de España.” Todos ellos, continua Bernaldez, “eran judíos y se aferraban a una esperanza, como los israelitas en Egipto, quienes sufrieron en manos de los egipcios y sin embargo creían que Dios los conduciría a lugar seguro. Del mismo modo los conversos consideraban a los cristianos como egipcios o peor aun.”

 

A medida que la Inquisición se extendió a toda España, la severidad de los castigos se incrementó, mientras que paralelamente, las salvaguardias legales destinadas a asegurar que el sospechoso tuviera un juicio justo y que la verdad fuese alcanzada, cayeron una a una cuando la ira que había conducido a su creación cobró vida propia. Debido a que muchos conversos escaparon a Roma, el Papa escuchó su versión de los acontecimientos sin intermediarios. Como resultado, Sixto IV llegó a la conclusión que las quejas por él recibidas estaban bien fundadas y que era necesario una intervención de su parte. A principios de 1482, el Papa informó a la pareja real que la Inquisición había ido “más allá de lo autorizado.” En agosto de 1483, inclusive envió cartas de absolución a los conversos acusados.

 

En mayo de 1482, Fernando respondió enviando una carta donde refutaba a Roma. El rey advertía al Papa que no interfiriese en lo que ahora se había vuelto una cuestión de estado. El resultado seria satisfactorio solo si el rey nombraba a los inquisidores, ya que él comprendía la situación en España mejor que le Papa. El rey le recordó al Papa que la Inquisición había sido completamente inefectiva al tratar de erradicar herejías cuando estaba bajo control papal. La Inquisición solo podía existir con poder delegado del Papa, pero una vez que tomó cuerpo en suelo español, pronto devino una función del estado, y tanto Fernando como Isabel no fueron tímidos en ejercer control sobre ésta, diciéndole al Papa que se preocupase de sus propios asuntos cuando percibían una intromisión de la Santa Sede en sus quehaceres.

 

En 1483 el conflicto se intensificó. Como respuesta a las cartas de absolución del Papa, la ciudad de Sevilla expulsó a todos los judíos. “No puede haber dudas,” escribe Baer, “que los inquisidores tuvieron la ultima palabra en la decisión de expulsar a los judíos de Andalucía.” Al final de dicho año, Tomas de Torquemada, el prior dominico y confesor de la reina, fue nombrado gran inquisidor para toda España. El accionar de la Inquisición se volvió un tanto errático: “En algunas instancias el tribunal procedía de manera ordenada y moderada, mientras que en otras los métodos empleados eran mucho mas expeditivos e impropios de una corte de justicia” con los últimos tornándose mas comunes con el tiempo. “Grandes centros comerciales como Sevilla y Barcelona,” nos dice Baer, “fueron totalmente arruinados por la Inquisición.”

 

A fines de 1483, la Inquisición llegó a la localidad de Ciudad Real. Siguiendo el tradicional Edicto de Gracia, el primer auto da fe se realizó el 16 de noviembre; muchos abjuraron, y nadie fue quemado en la estaca. Sin embargo, tres meses después en febrero de 1484, 34 personas fueron quemadas, entre ellas dos mujeres, Maria Gonzáles, quien “al principio negó que era una judía de corazón,” pero luego confesó. Baer apoya el juicio de la Inquisición cuando sostiene que “si le hubieran permitido vivir, hubiera continuado fiel a su fe judía.  Esto era valido para la mayoría de los conversos de Ciudad Real.” En Guadalupe, una mujer confesó que había comido carne en su casa el Viernes Santo. También reconoció que “cuando su marido trajo un crucifijo a la casa lo pateó y lo arrojó en la letrina.” Esta mujer admitió su culpa luego que su propia hija testificara en su contra. Cuando fue amenazada con la tortura, involucró a otros. La misma Inquisición en Guadalupe reveló que “conversos habían entrado en monasterios con el fin de practicar la religión judía con mas seguridad.”

 

Cuando la Inquisición llegó a Toledo, en mayor de 1485, los conversos locales hicieron planes para organizar una revuelta. Los conspiradores planeaban asesinar a los inquisidores “y a toda la población cristiana” durante las procesiones del día de Corpus Christi, pero el complot fue descubierto antes de llevarse a cabo. El alcalde de Toledo hizo arrestar y colgar a varios conversos. La Inquisición también trajo a la luz lo peor de los judíos, quienes usaron los juicios para cobrarse viejas cuentas. Muchos judíos fueron acusados de falso testimonio contra conversos y sentenciados a muerte por lapidación. En Toledo el primer auto da fe se llevo a cabo el 12 de febrero de 1486, cuando 750 hombres y mujeres de siete parroquias fueron conducidos a través de las calles y sentenciados a diversas penitencias. En agosto de 1486, 27 conversos fueron quemados en la estaca. Entre 1486 y 1490, 4850 conversos fueron reconciliados con la Iglesia y 112 fueron quemados. Baer explica la razón de que numero de absueltos haya excedido largamente al numero de condenados gracias a que “los cristianos de Toledo quienes demandaron tolerancia para con los conversos fueron muy influyentes… la clemencia mostrada en tales circunstancias puede solo haber sido dictada por motivos políticos. Los conversos tenían una influencia considerable; eran una fracción esencial de la población, y la parte de las fortunas a ellos confiscadas podía ser usada sin aniquilarlos directamente.” De acuerdo a Baer, “los conversos de Teruel sin dudas merecían su mala reputación de judíos de facto. “Es obvio que junto a la comunidad judía de Teruel, había una comunidad de conversos que se reunía para adoración pública, lectura de la Biblia, y eventos similares. La mayoría de ellos eran descendientes de judíos convertidos durante los años 1391-1415” (367).

 

En 1485 la Inquisición llegó a Zaragoza, y al igual que en Sevilla y Toledo, los judaizantes y sus partidarios conspiraron para matar inquisidores y aterrorizar a sus potenciales sucesores. El complot incluía en un principio un plan para ahogar al asesor de la Inquisición Martín de la Rag, en caso que este caminara junto al río Ebro. Pero el asesor nunca caminaba solo, privando así a los conspiradores de una victima, de modo que estos apuntaron a Pedro Arbués. El gobierno supo que algo estaba siendo preparado al menos ya en enero de 1485, pero no hizo nada. El 15 de septiembre a la noche los conspiradores atacaron a Arbués mientras este rezaba en la catedral. Arbués llevaba cota de malla y casco de acero y su lanza estaba reclinada sobre un pilar cercano, indicando que era consciente sobre el peligro que corría su vida. Herido mortalmente Arbués rezó durante 24 horas antes de morir el 17 de septiembre entre la una y las dos de la mañana. Varios milagros ocurrieron inmediatamente después de su muerte. La santa campana de Villela sonó por cuenta propia. La gente recogió su sangre y su uso resultó también milagroso.

 

Sin refreno

 

Las consecuencias para los conversos fueron de todos modos desastrosas. La santidad de Arbués fue atestiguada por milagros, y la reacción contra el asesinato quebró cualquier oposición a la Inquisición. En la revuelta que vino después, sutilezas legales fueron dejadas de lado, y la severidad de los castigos y las torturas no tuvo refreno.

 

El asesinato de Pedro Arbués “aniquiló toda oposición a la Inquisición por los siguientes cien años.” Fue tan efectivo que algunos historiadores especulan que el crimen puede haber sido arreglado por la corona, aunque no hay evidencia para apoyar esta conclusión. En cualquier caso, el homicidio le vino como anillo al dedo a Fernando en su afán de terminar con el caos y derrotar a los moros, en este momento crucial en la guerra de reunificación. En 1488 emitió nuevas instrucciones, reformando más aun el método inquisitorial. “Así es como el ultimo y mas osado intento de parte de los conversos de resistir a la Inquisición por la fuerza termino en un fracaso” escribe Baer. La mayoría de los sospechosos eran conversos cuyas inclinaciones judaicas eran de conocimiento publico. En agosto de 1487, el principal conspirador, Jaime de Montesa fue ejecutado por el crimen. Poco antes de su muerte Montesa confesó. Era un típico escéptico libre pensador marrano, quien solía repetir, “en este mundo nadie me verá en aprietos, y en el otro nadie me verá bajo tormentos.” Luego de su muerta, cada vez más conversos se vieron involucrados en tendencias judaizantes, incluyendo algunos consejeros de la pareja real. ”Esencialmente,” concluye Baer, “la Inquisición estaba en lo correcto en su interpretación de las actitudes de los conversos.” Baer cita a las Coplas de Mingo Repulgo de Diego Arias de Ávila, en la cual los conversos son presentados como un grupo “que engaña a los cristianos, los lleva a endeudarse, y los rebaja a todo tipo de servidumbre de manera que los cristianos se quejan ante tanto robo y pillaje” (p. 396). La tortura tenia un papel importante en las confesiones, y como remarcaba Aristóteles, “bajo tortura el fuerte no confesará nada mientras que el débil confesara cualquier cosa.” Aceptando esto, Walsh aun encuentra imposible creer que “la persistente aparición en documentos papales de la queja contra los judíos por inducir a cristianos, no solo ‘marranos’, a apostatar carece de fundamento.”

 

Hasta este momento los inquisidores habían sido puntillosos en su proceder respetando las reglas de la justicia y el derecho, demostrando hechos con pruebas y refrenándose de difamar maliciosamente. Cuando la Inquisición se vio envuelta en la furia siguiente al asesinato de Pedro Arbués, las sutilezas jurídicas dieron lugar a los ataques injuriosos – los judíos causantes de la plaga, etc – aun en los procedimientos de la Inquisición. El 17 de diciembre de 1490, Yuce Franco fue llevado a juicio. Fue acusado de intentar llevar de vuelta a los conversos al judaísmo y de crucificar a un niño cristiano el viernes santo. Los conspiradores fueron imputados de tratar de usar el corazón del niño y una hostia consagrada como parte de un hechizo mágico que mataría a todos los cristianos al infectarlos con rabia. Franco negó los cargos, Torquemada lo removió de la jurisdicción de la Inquisición y nombró jueces especiales, de este hecho Baer implica que su objetivo era “la completa exterminación de la judería española.”

 

Cuando el victorioso ejercito español bajo la conducción de Fernando e Isabel marcho sobre Málaga completando exitosamente la campaña reconquistadora contra los moros, los reyes encontraron 400 judíos viviendo allí. Casi todos eran cristianos judaizados quienes por temor a la Inquisición habían huido de España hacia Granada, donde habían vuelto al judaísmo. A los apostatas les fue dada la opción de vivir completamente como cristianos o abandonar el país. Poco después de que los reyes entraron en Granada el 2 de enero de 1492, decidieron extender dicha opción a todos los judíos de España. La decisión de la corona estaba probablemente basada en su experiencia con los judíos apostatas quienes habiendo sido acogidos por los moros en Granada habían retornado al judaísmo. El 31 de marzo de 1492, aun en Granada, Fernando e Isabel firmaron el edicto expulsando a los judíos de los reinos de Castilla y Aragón. Como antes, el judío podía convertirse y quedarse, pero el comportamiento de la Inquisición había debilitado el incentivo a la conversión, de modo que un gran numero de judíos eligió partir. La experiencia de Granada convenció a los monarcas que solo la separación total era la solución al problema judío.

 

Cuando Fernando e Isabel emitieron la orden de expulsión de los judíos, salvaron a España del destino de Polonia al exportar un problema que no podían resolver. Durante el curso del siglo XVI, la zona norte de Europa heredó el problema que España se había sacado de encima y ciudades como Antwerp en los países bajos españoles se convirtieron en un caldo de cultivo para la actividad revolucionaria.

 

La combinación de la expulsión de los judíos y la justificación rabínica para la falsa conversión estableció efectivamente la matriz cultural de la cual surgiría el judío revolucionario. Si de acuerdo a la enseñanza del Talmud un judío podía profesar en publico una religión que consideraba falsa pero aun seguir siendo un verdadero judío, entonces ya no podía ser confiado, y los antisemitas estaban en lo correcto en percibirlo como una quinta columna que amenazaba la existencia de la iglesia y el estado. Las conversiones forzadas estaban mal, pero la aceptación de estas por parte de los judíos estaba tan mal como las imposiciones. Pero aun, la aceptación de una conversión insincera asentaba el germen del engaño y la subversión como algo admisible de la vida judía. El judío, de acuerdo a los principios establecidos en el antiguo testamento desde los tiempos de Moisés hasta la resistencia que los macabeos pusieron a los helenizantes bajo el rey Antíoco, tenia el deber de resistir lo que percibía como idolatría y la asimilación a religiones idólatras, inclusive al punto de morir. El hecho que la enseñanza talmúdica condonaba la falsa conversión indicaba un quiebre de continuidad radical entre lo que estaba siendo enseñado en ese entonces y lo que Moisés había enseñado antes. Los marranos, si por ese término nos referimos a judíos conversos insinceros, hicieron de la subversión y el engaño un modo de vida.

 

Las expulsiones comenzaron en mayo. Los judíos tuvieron que vender sus propiedades por monedas, aun aunque “instrucciones fueron enviadas a todas las localidades de pagar a los judíos todo lo que se les debía, y permitirles pagar sus propias deudas y negociar sus posesiones en términos justos y equitativos.” Torquemada incremento el infortunio de la expulsión al prohibir a todo cristiano de facilitar la partida de judíos luego del 9 de agosto. A ningún cristiano le fue permitido comunicarse con judíos o darles comida o albergue. Los judíos también fueron imposibilitados de vender sus sinagogas; las propiedades que pudieron vender estaban devaluadas porque había demasiadas en venta con el fin de cumplir la fecha límite impuesta por la corona. Bernaldes narra los sufrimientos de los judíos; también cita a una conversa de Almazan, quien atestigua que “los que se quedaron lo hicieron para no perder sus propiedades.”

 

Año fatídico

 

El año 1492 no fue bueno para la iglesia. Rodrigo Borgia ascendió al papado y tomó el nombre de Alejandro VI. El papa Alejandro contravino la antigua tradición papal de impedir a los conversos acceder a los rangos de la orden dominica en España. En Roma modificó los reglamentos del carnaval romano extendiendo la tradicional carrera de los judíos romanos. Al mismo tiempo los judíos siempre podían esperar una acogida amigable en Roma y los estados papales, y muchos judíos fueron allí luego de la expulsión. Alejandro hizo su parte al contratar a médicos judíos.

 

La Inquisición y la expulsión tuvieron como ultimo efecto deshacer el trabajo de San Vicente Ferrer. A fines del siglo XV, los descendientes de los judíos que se habían convertido con avidez luego de la Disputatio de Tortosa estaban ahora convencidos que la conversión había sido un error. Una vez que el edicto de expulsión fue anunciado, el clero lanzó otra campaña de conversión, pero los incentivos habían menguado. Hubo muy pocas conversiones, y la mayoría de los judíos se preparó para partir. Muchos fueron a Portugal, de donde fueron expulsados unos pocos años después. Muchos fueron a Turquía, que los recibió con los brazos abiertos. Fue de la comunidad ladina en Izmir de donde 150 años más tarde surgió el falso mesías Shabbetai Zevi, al unísono con las escrituras de la kabala lurianica, cuya escuela había sido establecida en Gaza, también como resultado de expulsiones. La expulsión gatilló otra temporada mesiánica entre los judíos.

 

El 31 de julio de 1492, el último judío abandonó suelo español. En 1494 Alejandro VI concedió a Fernando e Isabel el titulo de reyes católicos y nombró entre sus logros la expulsión de los judíos de su territorio. Gian Pico della Mirandola también los elogió por esto. Guicciardini, el historiador y político florentino, los ponderó de igual forma. La expulsión de los judíos junto a la derrota de los moros había unido a España y “la había elevado a un rango de gran potencia.” Cuando España estaba en manos de judíos y herejes se había encontrado en estado de anarquía. Guicciardini concluye que “si la situación no hubiera sido corregida, España habría abandonado la fe católica en unos pocos años.”CW



[1] Plato típico judío.

E. Michael Jones, Ph.D. is the editor of Culture Wars.

This article was published in English in the September, 2005 issue of Culture Wars.


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