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Culture of Death Watch

 

E. Michael JonesEl desafío hispánico y la lógica del imperio

E. Michael Jones, Ph.D.


Mayo 2004

 

I have seen the moment of my greatness flicker

And I have seen the eternal Footman hold my coat, and snicker,

And in short, I was afraid.

The Love Song of J. Alfred Prufrock

T.S. Eliot

 

“If they do not have them,’ Huntington joked with an eerie seriousness, ‘they desperately want them. If they do not want them, they do not understand.’”

Samuel Huntington commenting on the idea that everyone holds the same ideals as United States citizens in a speech at Georgetown University, April 29, 2003, The Hoya, April 29, 2003, thehoya.comnews/042903

 

Cuando los aviones secuestrados se incrustaron en las torres gemelas del World Trade Center en Nueva York, la necesidad de una explicación fue casi tan urgente como la necesidad de bomberos. Como nadie tenia tiempo de investigar y aparecer ese mismo día en el noticiero de las seis de la tarde, la urgencia por una explicación fue llenada tomando libros ya escritos de las estanterías, y luego de sacarles el polvo promocionarlos como si hubieran sido escritos con una extraordinaria premonición. Uno de esos libros, probablemente el más citado en estos temas, fue The Clash of Civilizations (El choque de civilizaciones) de Samuel Huntington.

            El ataque contra el World Trade Center apenas había terminado pero los medios ya nos estaba diciendo quienes eran los culpables, Bin Laden y Al Quaida. Los medios arrastraron al público norteamericano hacia un frenesí de venganza. Aparte de hablar de “terrorismo islámico” el presidente Bush llamo a una “cruzada” –como las cruzadas de la edad media, en las cuales los cristianos fueron conducidos a Tierra Santa para hacer la guerra contra el mundo musulmán- dando la impresión que todo musulmán es potencialmente peligroso por ser un fanático religioso. Los ya sufrientes afganos e iraquíes fueron sumergidos en más sufrimiento aun.

            Al mismo tiempo que los siniestros cabecillas de la Alianza del Norte eran celebrados como triunfadores, y los norteamericanos son celebrados como “nation builders”, la guerra contra el Islam continúa. El brutal bombardeo en Afganistán dejo miles de muertos, y cientos de miles han sido desplazados de sus casas, muchos otros morirán en las restantes batallas o serán despedazados por las minas, más aun un indeterminado numero de niños no sobrevivirá el duro invierno afgano y el subsiguiente hambre. Todo esto ha sido olvidado ahora que hay norteamericanos muriendo diariamente debido a otra desdichada misión, la invasión y pacificación de Irak.

            No hace mucho tiempo, el mismo gobierno que invadió Afganistán e Irak, trató de presentar a los talibanes como “un factor estabilizador en Asia Central que permitiría la construcción de un oleoducto a través de Asia central,” el cual podría llevar petróleo desde los ricos yacimientos en Turkmenistán, Uzbekistán y Kazajstán a través de Afganistán y Pakistán hasta el océano Indico. De hecho en el World Factbook de la CIA se indica en el capítulo correspondiente a Afganistán que los tropas mujahadeen anticomunistas, de donde fueron creados lo talibanes mediante apoyo secreto pakistaní y saudita –“eran apoyadas y entrenadas por los Estados Unidos, Arabia Saudita, Pakistán y otros.” Todo esto ha sido olvidado desde la invasión a Irak. Inclusive el hecho que Saddam Hussein era otro cliente del gobierno norteamericano, cuando apoyo a Irak en su guerra contra Irán, hecho también olvidado.

            En su libro “America: the World’s Only Superpower” (América: la única superpotencia mundial), el prestigioso estratega norteamericano Zbigniew Brzezinski señala que la hegemonía en la región del Cáucaso es capital para los EEUU. Muchos otros mantienen la misma opinión: “No recuerdo tiempos en los cuales una región se volvió estratégicamente importante tan rápido como la cuenca del Caspio.” Cuando el vicepresidente Cheney dijo eso en 1998, todavía era el CEO de Halliburton, el más grande contratista de la industria petrolera de los EEUU, que acababa de proponer el proyecto para un oleoducto trans-afgano.

Sin embargo Cheney no es el único magnate del petróleo en el gobierno norteamericano. Cuando el abuelo de George W. Bush habia hecho fortuna en la industria del petróleo, su hijo George estaba ganando millones de dólares trabajando para Pennzoil durante el boom del petróleo en los años 50 y 60. Desde 1978 George W. Bush ha estado involucrado en la industria del petróleo cosechando millones mediante sus contactos con diversos socios y las elites sauditas. Esos contactos eran usualmente manejados por el abogado de Bush y antiguo secretario de estado James Baker y algunos estiman que los negociados también incluían a la familia Bin Laden. Inclusive Condoleeza Rice, la consejera de seguridad, tiene contactos en la industria petrolera habiendo servido como consultora de Chevron.

En un reportaje reciente en la revista Le Nouvel Observateur, Brezezinski alardeó sobre las múltiples operaciones secretas en Afganistán que el mismo orquestó durante el gobierno de Carter. La administración de Carter sabia que las operaciones de la CIA provocarían una invasión rusa en Afganistán. Consultado sobre si hoy se arrepentía de alguna de estas operaciones, Brzezinski respondió, “¿Arrepentirme de que? Esta operación secreta fue una excelente idea. Su efecto fue arrastrar a Rusia hacia la trampa afgana. ¿De que tendría que arrepentirme? El día que los rusos cruzaron oficialmente la frontera le escribí al presidente Carter, “Ahora tenemos la posibilidad de darle a los rusos su propio Vietnam.’” De hecho Moscú tuvo que pelear una guerra por casi 10 años, una guerra que realmente no tenía apoyo en el gobierno y que resulto primero en desmoralización y luego en el colapso de la Unión Soviética. Los monstruos contra quienes los EEUU quieren ahora enfrentar al mundo bajo su comando son monstruos de su propia creación.

Aun aunque mas y mas contradicciones aparecen en la justificación oficial de la guerra, la maquina propagandística continúa trabajando sin cesar. Como preparación a la invasión de Irak, los medios norteamericanos apuntaron al gobierno iraquí como el principal sospechoso de los ataques con ántrax en los EEUU. Los musulmanes están siendo presentados cada vez mas como potenciales extremistas y terroristas.

Los intelectuales que se hicieron famosos por estar en contra de la guerra en la época de Vietnam, ahora se volvieron partidarios de la guerra, siempre y cuando sean ellos quienes decidan cuando y contra quien lanzarla. En una entrevista  en la revista alemana Der Spiegel el 3 de diciembre, el filosofo francés Bernard-Henri Levy declaró la guerra contra todo aquel que no este de acuerdo con el Iluminismo. Cuando el Iluminismo se volvió casus belli fue fácil poner al Islam en rol de agresor. Los intelectuales hablan hoy sobre los musulmanes del mismo modo que los cristianos solían hablar de los judíos. La luz (o Iluminismo) vino al mundo, pero ellos la ignoraron. Como resultado ahora los musulmanes están condenados a la misma decadencia que sus territorios han estado sufriendo durante los últimos siglos. Esa es su obsesión – su perdida grandeza, su desarrollo postergado, la vergüenza de haber sido colonizados. Las naciones iluminadas y desarrolladas, de acuerdo a los belicosos sabiondos de los ámbitos académicos, representan para el Islam solo reprobación y humillación permanentes. “Nos odian por nuestra libertad” fue el mantra de los neoconservadores ampliamente difundido luego de los ataques a las torres el 11/9. Remplazó al “nos odian sin ningún motivo” que fue la muletilla de turno para explicar el odio de los iraníes hacia la marioneta norteamericana, el Sha de Irán, en 1979 y luego durante la ocupación de la embajada de los EEUU en Teherán. “Israel y los EEUU no les han hecho nada, son solo excusas por su incapacidad de hacerse responsables por su propia desdicha.”

 

Grotesca tentativa

 

A la luz de los crímenes cometidos en el nombre del colonialismo y el imperialismo, crímenes que continúan hasta el día de hoy, las declaraciones de Levy son especialmente vejatorias. El suyo es un grotesco intento de impulsar al ciudadano común hacia la guerra. “El Islam en su versión fundamentalista representa en cierto modo al tercer fascismo: el fascismo verde siguiendo a los fascismos rojo y marrón. El punto crucial es la expansión del Iluminismo. La batalla va a durar un tiempo largo y el resultado es terriblemente incierto.

Poco después del exabrupto de Levy, V. S. Naipaul, luego de haber recibido el premio Nobel, continuó en la misma senda. A una pregunta de un periodista del Spiegel sobre si el Islam podría coexistir junto a otras religiones, Naipaul respondió, “no cuando tiene el poder, porque una de los elementos capitales del Islam es la idea de la guerra santa. Todo musulmán que se digne de tal debe hacerla, todo buen musulmán tiene que identificarse con el enemigo y odiarlo.”

Richard Rorty, quien recibió el premio Meister Eckhart aproximadamente al mismo tiempo, dijo cosas similares cuando Juergen Habermas lo alabó en un discurso. “Probablemente consideraría necesario bombardear Afganistán si fuera el presidente de los EEUU,” le dijo Rorty al Frankfurter Rundschau.  Este es el mismo Richard Rorty que criticó “la exportación a punta de bayoneta de valores occidentales como panacea para un mundo mejor.” Scholl-Latour dio en la tecla en su descripción de la campaña en 1999. “Vemos en esto la típica tendencia norteamericana a demonizar, una desinhibida propaganda que presenta a los seguidores del estricto credo islámico como violentos criminales o potenciales terroristas” (Welt am Sontag, 19 de diciembre, 1999). Los medios estadounidenses bombardearon a sus ciudadanos sin cesar con esta clase de propaganda.

En gran parte esta campa­ña, este escenario de horror, como dice Scholl-Latour, se puede explicar por la resurrección del libro de Huntington El choque de civilizaciones. Tim Hanes, uno de los referentes del Partido Republicano y cercano a George Bush, dijo el día siguiente a los ataques que el libro de Huntington ahora dominaba el escenario político norteamericano.

No estamos solo hablando de propaganda, sino de un planeamiento a sangre fría que crea resultados de por si. Como dijo Richard Clarke en su reciente testimonio ante el Congreso, gente influyente cercana al subsecretario de defensa Paul Wolfowitz quería expandir la guerra en Afganistán y llevarla a Irak y a otros 30 estados musulmanes, inclusive antes de los ataques del 11/9. Específicamente se hablo de Somalia, Sudan, Malasia e Indonesia, países todos con una gran población musulmana.

Estos países difieren uno del otro en estructura política, en la práctica de la religión, y en la estructura social. Lo que tienen en común es el hecho que sus recursos naturales los han vuelto estratégicamente importantes a los ojos del gobierno estadounidense. James Woolsey, jefe de la CIA durante el gobierno de Clinton, dijo: “Lo primero que tenemos que hacer es generar la noción que Irak esta relacionado a un ataque terrorista contra nosotros, no necesariamente el del 11 de septiembre” (New York Times, 12 de octubre del 2001).

De acuerdo a declaraciones de este tipo, hay que pensar de cuales actos de terrorismo la CIA va a acusar a Irak. ¿Quizás un ataque de ántrax en los subterráneos alemanes? ¿O en Londres? Le dijeron al Papa que use chaleco antibalas durante las celebraciones de semana santa de este año. Todavía frescas en la memoria están las falsas fotos patrocinadas por la CIA de soldados iraquíes atacando a niños indefensos durante la guerra del Golfo.

El escenario del “choque de civilizaciones” Huntington constituye un mito de “autodefensa” para la única superpotencia del mundo y sus secuaces que les permite ver la guerra como inevitable. Sostiene que la mayoría de las guerras en el mundo ocurren porque las culturas están en permanente estado de “guerra fría.” Huntington sostiene que sin verdaderos enemigos no hay verdaderos amigos. “Si no odiamos lo que no somos, no podemos amar lo que somos” (El choque de civilizaciones, p. 18). Esto significa que tanto naciones como individuos pueden solo desarrollar una identidad positiva si y solo si aprenden como odiar a otros.

El hecho que la historia esté plagada de guerras no indica que las diferencias en religión o cultura fueron la causa de ellas, sino más bien que las guerras fueron ocasionadas por las políticas de poder y las aspiraciones hegemónicas que Huntington deliberadamente encubre. A pesar de la opinión reinante, el mundo musulmán no está más inclinado a la guerra o al terrorismo que el resto del mundo. Scholl-Latour declaró en 1999 que ataques terroristas por parte de extremistas musulmanes fueron raros en EEUU y Europa: “Cuando efectivamente ocurren, tienen lugar en el contexto de la fatal rivalidad israelí-palestina por el control de Tierra Santa… o están dirigidos a lo que ellos perciben como la complicidad norteamericana en el sistema hegemónico de sus propios países, con las dictaduras militares, dinastías de camarilla, o déspotas de diversa índole bajo los cuales las gentes de Dar-es-Salaam (casa de paz en lengua árabe) continúan viviendo de manera mas o menos represiva” (Welt am Sontag, 19 de diciembre, 1999).

De acuerdo a la visión de Huntington,”el resto del mundo está contra Occidente”: “En general las mayores líneas divisorias corren entre Occidente y el resto del mundo, lo cual significa que los conflictos mas intensos ocurrirán entre las sociedades musulmanas y asiáticas por un lado y Occidente por el otro.”

Obviamente trata de sugerirnos a “nosotros” – Occidente –  que tenemos que defendernos de los intentos hegemónicos de culturas extranjeras. Harald Mueller sintetizó muy bien la propaganda de Huntington. Está caracterizada por un constante “nosotros contra ellos” – creando ansiedades en el lector que son bien conocidas para cualquiera que es familiar con la historia de la propaganda, conceptos como “el peligro amarillo,” “los turcos a las puertas de Viena,” “la primacía de Occidente esta siendo amenazada,” ”la bomba demográfica,” “los peligros del Islam,” “el resto del mundo esta resentido por los logros de Occidente, y estos resentimientos están siendo aprovechados por el fundamentalismo.” Mueller nos advierte a cerca de los peligros de basar pensamiento y política en la teoría de Huntington. “Hay en el mundo muchas teorías similares a la de Huntington ‘Occidente contra el resto’: fundamentalismo, Darwinismo social, Marxismo-Leninismo, Realismo, etc. Todas ellas simplifican a expensas de la verdad. Todas son sencillas e incorrectas. Su aplicación comienza con lo que parecen ser convincentes y simples lemas y termina en la carrera de armas, la guerra, y masacres. No necesitamos este tipo de teoría.”

Huntington niega la tesis que las guerras son siempre comenzadas por individuos en posiciones de poder, quienes lanzan una nación contra otra a fin de lograr sus propios objetivos geoestratégicos y hegemónicos. Sus libros están escritos con estas ideas. Como muchos demagogos antes que él, Huntington exagera ciertas diferencias en religión y manera de ver el mundo para sus propios propósitos.

 

Compañeros de equipo

 

Tan pronto como uno excava en las fuentes de Huntington, lo primero que nota es que uno de sus principales aliados políticos no es otro que Zbigniew Brzezinski, el principal geoestratega norteamericano y autor de América: la única superpotencia mundial. Brzezinski es conocido por ser el creador de la maximización de la hegemonía norteamericana la cual es el eje de la política exterior estadounidense. Esta batalla por la hegemonía mundial va a ser peleada en Eurasia. A fin de llevar a cabo esta guerra, los EEUU necesitan acceso a países geopolíticamente importantes como Ucrania, Turquía, Irán y las naciones del Cáucaso. Tanto la expansión de la Unión Europea como de la OTAN hacia el este son parte de esta estrategia.

Leyendo a Huntington, uno tiene a menudo la impresión que está leyendo a Brzezinski. Huntington, por ejemplo, sostiene que la continuación de la hegemonía de los EEUU es no solo importante para los EEUU sino también para el resto del mundo. El mundo necesita una superpotencia, y los EEUU la única que queda que puede asumir ese rol, y esto es también necesario para los intereses norteamericanos. En este contexto, el dominio estadounidense en la economía mundial es crucial: “los EEUU están ahora siendo desafiados por Japón, y en el futuro probablemente también por Europa.”

Brzezinski y Huntington siguen el mismo plan político: quieren que el mundo sea gobernado por un solo poder y quieren ser el poder que gobierna el mundo. No es coincidencia que Brzezinski alabe el libro de Huntington de la mas obsequiosa manera, llamándolo “un trabajo monumental que revolucionará nuestro entendimiento de la política exterior.” Luego describe a Huntington como un “Maquiavelo democrático.”

Ambos sujetos no solo están siguiendo el mismo plan, lo están creando a medida que avanzan. Se conocieron en 1959. Entre 1960 y 1962 trabajaron juntos al escribir el libro Political Power: USA/USSR: a Comparison (Poder politico: EEUU/URSS: una comparación). Durante el año académico 1961-2 dirigieron seminarios en la Universidad de Columbia comparando políticas norteamericanas y soviéticas, que fueron luego repetidos en varios países. Trabajaron juntos en Consejo Nacional de Seguridad durante el gobierno de Jimmy Carter. También participaron de varias organizaciones y comités, cumpliendo papeles claves en muchos de ellos. Por ejemplo, ambos son miembros del Council of Foreign Relations (CFR) y la Comisión Trilateral. Estas organizaciones no son precisamente clubes inofensivos y altruistas, sino más bien organizaciones privadas que determinan el curso de los eventos mundiales sin ningún tipo de legitimidad democrática.

 

El circulo interno de los EEUU

 

En su libro Tragedy and Hope (Tragedia y Esperanza), Carroll Quigley, también un miembro del CFR, explica los objetivos del CFR, a saber: “las fronteras nacionales deberían ser eliminadas y en su lugar un orden mundial debería ser establecido.” Como ya hemos notado, tanto Huntington como Brzezinski están tras el mismo propósito. El fundador del CFR fue Edward Mandell House, consejero principal de Woodrow Wilson. House era un marxista, quien quería conducir ambos partidos políticos estadounidenses hacia una Norteamérica comunista. Desde su fundación en 1923, el CFR ha ejercido una enorme influencia sobre la política norteamericana, especialmente sobre la política exterior y de defensa. El CFR se asegura que al menos cuatro posiciones clave en cada administración sean ocupadas por gente del CFR: secretario de estado, secretario de defensa, secretario del tesoro y consejero de seguridad. Hacia el fin de la administración de Reagan casi la mitad de los miembros del CFR habían servido en algún momento en el gobierno o habían trabajado como consultores. Tanto la política exterior oficial de los EEUU como la de defensa, se adaptan regularmente a las posiciones del CFR. Los miembros del CFR también están representados en los principales medios: NBC, ABC, CBS, The New York Times y el Washington Post.

En muchos casos las incumbencias entre el CFR, la Comisión Trilateral y los Bilderberger se solapan. Entre los miembros más famosos del CFR están Robert y Edward Kennedy, Henry Kissinger, Nelson Rockefeller, David Rockefeller y Madeleine Albright. Algunos presidentes de los EEUU fueron tambien miembros del CFR: Eisenhower, John F. Kennedy, Nixon, Carter, Ronald Reagan, Bill Clinton y George Bush. Los bancos más importantes y los grupos industriales también tienen sus representantes en el CFR.

 

La Comisión Trilateral

 

La Comisión Trilateral fue fundada en 1972 por ocho miembros del CFR, incluyendo a David Rockefeller y Zbigniew Brzezinski. Su propósito era juntar a las elites de los EEUU, Europa y Japón. Brzezinski también se aseguró que miembros de la OMC (Organización Mundial del Comercio), NAFTA (Asociación de Libre Comercio de Norteamérica) y MAI (Acuerdo Multilateral de Inversiones) sean igualmente incluidos en la Comisión Trilateral. Este grupo de personas toma decisiones pensando a largo plazo totalmente aparte del sistema político democrático, y varias veces en sesiones secretas. La fundación de la Comisión Trilateral tuvo lugar por iniciativa de David Rockefeller, quien se inspiró en el libro de Brzezinski Between Two Ages (Entre dos eras). Brzezinski fue director de la Comisión Trilateral hasta que fue nombrado Consejero Nacional de Seguridad durante el gobierno de Carter. Como director de la seguridad nacional de EEUU, puso a su amigo y colega Samuel Huntington como consultor en el directorio. Huntington no solo estaba relacionado a Brzezinski como coautor y colega, sino que también había escrito un informe para la Comisión Trilateral sobre la “crisis de la democracia,” en el cual proponía la virtual eliminación de la democracia. La idea de Rockefeller era “juntar a las tres superpotencias, los EEUU, Europa y Japón, para crear una suerte de cartel que luego podría dividir el mundo en esferas de interés económico y por lo tanto eliminar cualquier competición desde su nacimiento.”

            El propósito de esta comisión es la colaboración, ya en marcha, de las elites gobernantes de los EEUU, Europa y Japón, con la intención de influenciar la opinión publica, la política, y la toma de decisiones en gobiernos alrededor del mundo, de modo que la naciones, los gobiernos y las economías del mundo entero sirvan a los intereses de los bancos multinacionales y las corporaciones. Para alcanzar este objetivo, tienen que arrastrar a las masas a una posición de dependencia y poner bajo observación y control a cualquier voz de protesta. El objetivo final es el establecimiento de una economía mundial, un gobierno mundial, una moneda mundial, y una religión mundial.

            “Lo que realmente quieren los trilateralistas,” escribió Barry Goldwater, él mismo miembro de la Comisión Trilateral, “es la creación de una potencia económica mundial, la cual tendrá poder sobre todos los estados naciones miembros. Gobernarán el mundo como managers y creadores del sistema… En mi opinión la Comisión Trilateral representa un inteligente intento conjunto para concentrar el poder en los cuatro centros de poder: político, financiero, intelectual y espiritual.” “La Comisión Trilateral,” continua Goldwater, “se va a volver el instrumento para aglutinar el poder comercial, a través del control político en los EEUU.”  Como Brzezinski sugiere en su libro Entre dos eras, la Comisión Trilateral también demandó que estados comunistas ‘progresivos’ sean aceptados como socios en la alianza buscando el gobierno mundial.

La Comisión Trilateral expuso sus planes claramente en el libro que publicaron en colaboración con Samuel Huntington en 1975, The Crisis of Democracy (La Crisis de la Democracia). Se alarmaron que “se cuestione la autoridad de las instituciones políticas, sociales y económicas del establishment, así también como la creciente participación publica en el control de dichas instituciones como una reacción contra la concentración de poder en el congreso de los EEUU, los estados y el gobierno local.” Esto significa que esta organización se estaba quejando de lo que Noam Chomsky llamó “una sobredosis de democracia,” deseando una vuelta a los buenos viejos tiempos en los cuales “Truman podía manejar el país solamente con la cooperación de un relativo pequeño grupo de abogados y banqueros de Wall Street,” un periodo que Huntington recuerda con agrado. El libro lamenta la creciente participación pública en cuestiones públicas, porque el gobierno, “en la ausencia de crisis extraordinarias,” tenia solo “opciones limitadas para motivar a los ciudadanos a aceptar las responsabilidades necesarias para llevar a cabo sus políticas exterior y de defensa.”

¿Que se puede hacer cuando la crisis necesaria para subyugar a los ciudadanos no está a la vista?  ¿Es posible orquestar esa clase de eventos? Sea posible o no, el ataque del 11 de septiembre al World Trade Center cayó como anillo al dedo, especialmente porque desde entonces fue posible introducir toda clase de leyes totalitarias en varios países alrededor del mundo.

Huntington y sus coautores sostienen en su informe que la democracia “es solo una manera más de consolidar poder, y no es necesariamente de aplicación universal. En muchos casos, los requisitos de competencia, experiencia, conocimiento y tiempo que permiten a la democracia consolidar poder pueden ser dispensados… Los campos donde los procedimientos democráticos resultan apropiados son entonces limitados.” A fin de lograr sus objetivos, los trilateralistas tienen que convencernos, de acuerdo a Gary Allen, “en renunciar libremente a nuestra libertad con la excusa de alguna amenaza o crisis. Las fundaciones, universidades e institutos de investigación apadrinados por miembros del CFR y la Comisión Trilateral tratan desesperadamente a través de estudios allí financiados de justificar sus excesos. Las justificaciones varían, pero el objetivo es siempre la libertad individual. Nuestra libertad.” La cuestión aun latente es si El Choque de Civilizaciones de Huntington fue uno de estos trabajos concebidos y pagados según los requisitos del cliente. Mas allá que lo sea o no, es perfectamente adecuado para promover los objetivos de la Comisión Trilateral.

En su informe La Crisis de la Democracia, Huntington y sus secuaces hacen algunas interesantes sugerencias: planeamiento central, limitaciones a la libertad de prensa y “limitaciones prepublicación,” relativas a lo que los periódicos pueden publicar “bajo circunstancias extraordinarias,” que nunca son definidas de manera precisa. Huntington además insinúa  que el gobierno debería “esconder información desde el principio,” así también como reintroducir las leyes anti-calumnia y consejos de prensa, los cuales impongan “estándares profesionales,” o en cualquier caso dejar al gobierno decidir sobre estos asuntos.

 

La guerra determina la política

 

Huntington no es solo un miembro de la Comisión Trilateral y del CFR, es también  director de la Fundación Olin para Estudios estrategias en la Universidad de Harvard, la cual está financiada por la Fundación Olin, basada en la fortuna que John M. Olin hizo en la industria armamentista. Olin apiló su fortuna vendiendo armamentos durante las dos guerras mundiales. La Corporación Olin aun hoy produce armamentos. Huntington también ha publicado auspiciado por el Instituto Olin. En ese entonces como parte del “Project on US Cold War Military Relations” (Proyecto sobre la relaciones militares de EEUU durante la guerra fría), apareció un artículo en 1996 que legaba al ejército un nuevo y revolucionario rol. La manera tradicional de entender el papel del ejército estaba basada en la tradición norteamericana de supremacía de lo civil sobre lo militar; al punto que los civiles hacen la política y los militares la ejecutan. El nuevo y revolucionario cambio consiste in la abolición del primado de la política. Esto significa que de ahora en adelante los militares toman las decisiones políticas y al revés.

Todo esto se parece a la estrategia de Trotsky para la revolución mundial – o dominio mundial – por medios militares, es decir, a través de la guerra. Y eso es precisamente lo que ahora estamos experimentando, aun si pensamos que vivimos relativamente en paz. Nos piden que apoyemos la guerra, y nuestra oposición a la guerra va a ser quebrada, porque gente como Huntington nos dice que el resto del mundo nos quiere gobernar y aterrorizar. El choque de civilizaciones es, en otras palabras, Darwinismo social reciclado, la lucha por la existencia, la supervivencia de los más aptos, etc., combinado con la idea de Trotsky de la guerra perpetua para la revolución perpetua. Es una típica y particularmente virulenta forma de mesianismo político judeo-puritano que ha afectado a Occidente desde el siglo XVII y a los EEUU desde sus comienzos.

 

La amenaza mexicana

 

Siempre alerta a las amenazas al imperio norteamericano, Huntington ha cambiado el objetivo pasando de la amenaza musulmana hacia algo mas cercano, la amenaza mexicana, la cual no es militar (ni siquiera en el sentido de ataques terroristas) sino cultural y demográfica. Huntington esboza la versión domestica de El Choque de Civilizaciones en el ejemplar de Foreign Policy de marzo/abril (p. 30). Lo llama “El Desafío Hispánico,” sin embargo rápidamente queda claro que el mesianismo político va a mostrar nuevamente su grotesco rostro. La primera insinuación llega pronto, cuando huntington no solo define a los EEUU como una nación ideológica, sino también como una nación gobernada según principios mesiánicos puritanos. “La identidad norteamericana,” nos dice, “es ahora definida en términos de cultura y credo.” El credo, resulta que

 

fue el producto de la particular cultura anglo-protestante de los colonos fundadores. Elementos claves de esa cultura son la lengua inglesa; el cristianismo; devoción religiosa; nociones de derecho inglesas, incluyendo la responsabilidad de los gobernantes y los derechos de los individuos; principios de disenso individualistas protestantes; ética del trabajo, y la creencia que los seres humanos tienen la habilidad y el derecho de tratar de crear un cielo en la tierra, una “ciudad sobre la colina” (p. 32, énfasis agregado)

 

La tesis de Huntington presenta problemas desde el momento de su concepción, algo que él falla en comprender. Para comenzar, cultura y credo son antinomias. Mientras más una nación tenga una cultura, menos necesita un credo. Al no entender esto, Huntington nos muestra una nación – los EEUU – que esta basada en ninguna cultura y en un falso credo. Lo que esta proponiendo es un credo fracasado, fracasado por la misma manera en que lo está proponiendo. Ser norteamericano, según las ideas de Huntington, significa no solo ser un “anglo-protestante,” es decir el miembro de un menguante grupo de iglesias en crisis, sino también ser participe de la más judaizante y radical de todas las sectas anglo-protestantes, a saber, los puritanos, descendientes de regicidas como Cromwell, quienes creían tener “el derecho a crear un cielo en la tierra.” En el preciso momento que necesita toda la ayuda necesaria para preservar la cultura norteamericana de lo que él ve como la acometida mexicana, Huntington trata de definir a los EEUU esencialmente como anticatólicos. Como Paul Blanshard y varios anteriormente, Huntington cree que los católicos no pueden ser norteamericanos. “¿Serian los EEUU,” se pregunta,

 

el país que ha sido y que mayoritariamente aun es si hubieran sido colonizados durante los siglos XVII y XVIII no por protestantes británicos, sino por católicos franceses, españoles o portugueses? La respuesta es claramente no. No serian los EEUU, seria Québec, México o Brasil.

 

“Los estudiosos,” Huntington nos aclara, “han sugerido que el sudoeste podrían convertirse en el Québec de los EEUU. Ambas regiones incluyen muchos católicos, y fueron conquistadas por anglo-protestantes.”

Tanto en ese entonces - cuando Paul Blanshard era el adalid del establishment WASP terminalmente enfermo – como ahora, la amenaza es la fertilidad católica. “El desafío más serio a la tradicional identidad norteamericana,” nos informa Huntington, “viene de la inmensa y continua inmigración de América Latina, especialmente de México, y las tasas de fertilidad de estos inmigrantes comparadas a las de los negros y los blancos norteamericanos.” Miedo a la inmigración es, y ha sido desde los tiempos de Theodore Roosevelt, otro sinónimo de contracepción y aborto. Tan pronto como las elites se vuelven sexualmente degeneradas, es decir, tan pronto como la contracepción se vuelve la norma en los matrimonios y la homosexualidad algo corriente, el miedo al extranjero fecundo se torna la máxima preocupación. La película Alien, especialmente la primera secuela, donde Sigourney Weaver trata de destruir al monstruo pululante mediante llamaradas, y luego a través de armas nucleares, transmite esto, del mismo modo que lo hacen las siguientes versiones y calcos como el xenófobo film Species, inspirado en las fantasías de H. R. Giger. “En el año 2002,” advierte Huntington, “las tasas de fertilidad en los EEUU fueron estimadas en 1.8 para los blancos no-hispanos, 2.1 para los negros, y 3.0 para los hispanos… Cuando la gran masa de latinoamericanos alcance la adultez en una o dos décadas, su porcentaje en la población estadounidense se disparará.

Esto significa que

 

norteamericanos de origen mexicano en el sudoeste de los EEUU pronto tendrán suficiente cohesión y masa critica en una región determinada de modo que, si así lo prefieren, pueden preservar su particular cultura indefinidamente. Eventualmente también podrían intentar lo que ningún grupo inmigrante antes soñó, desafiar los presentes sistemas culturales, políticos, legales, comerciales y educacionales para cambiar fundamentalmente no solo la lengua sino también las mismísimas instituciones en las cuales se manejan diariamente y comercian (énfasis agregado)

 

Aquí el mensaje esta más que claro. Cualquier grupo que tenga suficiente cohesión y masa crítica para preservar su cultura distintiva indefinidamente representa una amenaza para el imperium norteamericano. Una vez más, Huntington revela lo que hemos estado resaltando. El establishment norteamericano, fiel a su origen judeo-puritano de mesianismo político, está en guerra con la cultura. Si aceptamos la definición de Huntington sobre los EEUU, el credo norteamericano implica la destrucción de toda cultura opuesta, lo que en este momento se traduce como la deliberada destrucción del Islam afuera y la cultura católica mexicana adentro. Esto es simplemente la extensión lógica de la ingeniería social usada para destruir a los vecindarios étnicos de los católicos norteamericanos luego de la segunda guerra mundial.

La ironía, obviamente, es que al promover este credo, Huntington también ha destruido cualquier cosa que pueda considerarse cultura nativa norteamericana, incluyendo la variedad anglo-protestante que el afirma elogiar. Huntington critica a los mexicanos por sentirse “crecientemente satisfechos con su propia cultura y a menudo despectivos de la cultura estadounidense.” Pero nunca nos da su definición de cultura estadounidense. ¿Son las películas de Hollywood? Si es así, ¿Qué películas? ¿Es Stagecoach o la parodia de Mel Brooks sobre los filmes de cowboys, Blazing Saddles?  “La persistente inmigración mexicana hacia los EEUU reduce los incentivos de asimilación cultural,” continua Huntington. “Los norteamericanos de origen mexicano ya no se ven como miembros de una pequeña minoría que debe adaptarse al grupo dominante y adoptar su cultura. A media que su número aumenta, se vuelven mas afines a su propia identidad étnica y cultura.”  

Esta clase de declaraciones encierra una ironía, no importa cuan inconscientemente pronunciada. Huntington se revela en el curso de su artículo como un hombre en guerra con la cultura. De aquí su énfasis en un credo – para llenar el vacío, para decirlo de alguna manera. Huntington, como su referencia a Gunnar Myrdal y Morris Janowitz pone al descubierto, es el heredero del establishment WASP y su guerra psicológica en los años 40, o sea los sujetos que nos dieron la ingeniería social a escala masiva, la misma ingeniería social – desde la renovación urbana hasta el feminismo pasando por el transporte escolar integrado – que no solo destruyó toda forma de cultura nativa estadounidense, sino que fue diseñada para tal fin.

Otros han percibido el mismo desenlace. En la edición de Chronicles de noviembre de 1997, Thomas Fleming señala que el mismo establishment WASP que ahora desaprueba la invasión mexicana, destruyó la única cultura que el país tenia para asimilarlos. “Las clases gobernantes,” según Fleming, es decir la entidad que Huntington describe como el estandarte de la cultura estadounidense

 

construyeron un estado benefactor para dividir a las generaciones unas de otras; intentaron por todos los medios de destruir cada vestigio de lealtad regional y religiosa. Se hicieron ricos construyendo autopistas que rompieron los viejos lazos de vida familiar y desparramaron a sus hijos por todo el continente; destruyeron todo obstáculo a su propio beneficio y llamaron a sus acciones progresivas y filantrópicas (p. 11)

 

Y ahora, en la persona de Samuel Huntington, están preocupados por una oleada demográfica que ha sido en gran parte, sino totalmente, creada por ellos mismos. Huntington subraya que “la inmigración mexicana se incrementó continuamente luego de 1965” olvidándose que los prestamos del Banco Mundial bajo presión norteamericana y la invariable y concomitante política de contracepción a fines de los 60 minaron la agricultura campesina en México provocando la proletarización de la población y la consiguiente inmigración hacia el norte. Estas políticas fueron agravadas por el GATT (Acuerdo General sobre Tarifas y Comercio por sus siglas en ingles) y el NAFTA, los cuales, mientras privaban al operario norteamericano de puestos industriales, inundaban México con grano barato del medio-oeste norteamericano tornando la agricultura en algo económicamente no redituable. A su turno esto creó más inmigración aún. Tanto en ese entonces como ahora el origen de lo que Huntington lamenta no es la lucha entre civilizaciones sino las políticas gubernamentales contrarias a los intereses del ciudadano medio de México y de EEUU por igual.

Como el monstruo en la película Alien, el engendro demográfico de Huntington es básicamente una criatura creada por él mismo (o por su clase). La clase gobernante de los EEUU, como la reciente amnistía para inmigrantes ilegales de George Bush deja claro, nunca renunciara a su adicción al trabajo barato. Si hay una constante en la cultura norteamericana, esta es el deseo voraz por el trabajo barato, no precisamente el credo anglo-puritano  delineando por Huntington. Ese deseo ha permanecido inalterable desde la llegada de esclavos africanos hasta la exportación de empleos (fenómeno conocido como outsourcing) en programación, técnicos de rayos X y hasta controladores radiales de grúas a la India. Si la clase gobernante no renuncia a su deseo de trabajo barato, debe aceptar la consecuente extinción cultural como parte de un pacto Fáustico con el demonio.

La clase gobernante, por supuesto, nunca ha aceptado esta dicotomía. El nombre que le da a tratar de estar en misa y repicando (en otras palabras: trabajo barato y degeneración sexual por un lado, y hegemonía cultural permanente por el otro) es ingeniería social, pero como ya hemos visto, esta misma ingeniería social es la que destruyó la cohesión cultural norteamericana en su intento por “americanizar.” Al destruir las ciudades, los clubes, las escuelas secundarias barriales y las parroquias étnicas, que constituían la esencia de la cultura norteamericana, los ingenieros sociales también destruyeron el único motor cultural suficientemente efectivo como para “americanizar” a los nuevos inmigrantes, de México, China, o de donde fuere. No hay escapatoria posible frente a este monstruo. Mientras más violentos sean los medios para destruirlo, con más persistencia el monstruo retornará.  El monstruo Alien es la alegoría perfecta del inmigrante ilegal vadeando la frontera con México. El Alien es, al final de cuentas, una consecuencia de los deseos desordenados de la clase gobernante. Como el Dr. Moebius en la película Forbidden Planet (El Planeta prohibido), Samuel Huntington esta siendo perseguido por un monstruo que simplemente es el resultado de los deseos desordenados de su propia clase.

 

Causalidad formal

 

Cuando las acciones de un hombre subvierten sus intenciones tan radicalmente, es un signo seguro que estamos en presencia de una causalidad formal. La forma, dicho con otras palabras, tiene una lógica propia la cual es inexorable y se repite a si misma independientemente de la circunstancia material. El Alien es una expresión de causalidad formal. Entonces también lo son los inmigrantes ilegales (illegal aliens en inglés). No dependen de algo que sea ajustable o reparable (mas allá de lo que nos digan los ingenieros sociales); más bien son una expresión de la forma del sistema mismo, a saber, su voraz deseo por trabajo barato, un deseo que subvierte cualquier otra intención, inclusive la intención de preservar la hegemonía cultural. Los EEUU, si por este término designamos la filosofía de la clase gobernante, son exactamente lo que Huntington dice que son: anglo-protestantismo o más precisamente judeo-puritanismo. Son las promesas de la Cristiandad proyectadas hacia el pasado sobre la noción de raza, de un pueblo elegido, cuyo último modelo son los judíos, el grupo étnico que tiene el más largo record en la lucha por crear un “cielo en la tierra.”

De modo que no es sorprendente que Huntington se mueva hacia el concepto de raza al final de su artículo. El nacionalismo blanco, expresa Huntington, es “la próxima lógica etapa política en los EEUU.” De hecho Huntington cita aquí a Carol Swain, una madre soltera negra quien pertenece a la facultad de derecho de la Universidad de Vanderbilt, cuyo libro The New White Nationalism in America (El nuevo nacionalismo blanco en los EEUU) es una defensa del sistema llamado “acción afirmativa”  (affirmative action). Swain dedica su libro a Robert K. Merton, el colega de Louis Wirth en el departamento de sociología de la Universidad de Chicago quien ayudó a Wirth a crear en los EEUU el programa de ingeniería social basado en las razas luego de la segunda guerra mundial. Al principio parecería extraño ver a los herederos de Louis Wirth simpatizando con los grupos racistas que Wirth luchó durante toda su vida, pero luego de una mirada mas detallada las dicotomías desaparecen porque la raza ha sido siempre el factor clave en la sociedad estadounidense. Lo único que cambia en esta instancia, es cual será la raza favorecida por la clase gobernante en un periodo determinado. “La raza”, de acuerdo a Thomas Fleming, “es la religión norteamericana, y es por eso que nadie pude hablar de este tema francamente.” Al menos no Huntington, quien es más ambiguo que el típico racialista al opinar que “el más fuerte estímulo para el nativismo blanco será la amenaza cultural y lingüística percibida en el creciente poder de los hispanos en la sociedad estadounidense.”

            Lo que realmente Huntington quiere decir es que raza es una forma de desarraigo. De modo que ahora está en el interés de la clase gobernante el promover el mismo racismo blanco que demonizaron durante los últimos 60 años para contrabalancear a los mexicanos. Bajo esta óptica, la lógica formal trasciende cualquier alianza racial. La clase gobernante continuará promoviendo la polarización racial con el fin de impedir que cualquier auténtica identidad étnica alcance la masa critica suficiente como para generan algún movimiento políticamente poderoso. El llamado melting pot o crisol representa lo que siempre fue desde su implantación en los tiempos en que la CPI (Comisión de Información Publica) planeó los notorios Meeting Pot Pageants (representaciones teatrales) a lo largo y a lo ancho del país durante el verano de 1918 como parte de una campaña de propaganda designada para cercenar a inmigrantes europeos, especialmente alemanes, de sus países de origen.

            Los miedos de Huntington deambulan alrededor de la idea del melting pot, es decir, alrededor de un malentendido o de una deliberada tergiversación del concepto de etnicidad en los EEUU. Huntington cita al ex vicepresidente del Consejo Nacional de Seguridad Graham Fuller, quien teme “que estemos construyendo algo que estrangule el melting pot,” a saber “una región étnica tan concentrada que no querrá, o necesitará, asimilarse al tronco principal de la multiétnica sociedad de habla inglesa estadounidense.” Esto significa que “demográfica, social, y culturalmente, la reconquista del sudoeste de los EEUU por inmigrantes mexicanos ha comenzado hace rato.” Poniendo de ejemplo a la cubanización de Miami como un caso extremo para el resto del país, Huntington nos dice que “los anglos” que viven allí

 

tienen tres opciones… pueden intentar adoptar los modos, costumbres y lengua de los hispanos y asimilarse a la comunidad hispana –“ aculturación invertida,”… o pueden abandonar Miami… . una calcomanía popular “que el ultimo norteamericano en abandonar Miami traiga la bandera.”

 

            Huntington está, por supuesto, recontando el proceso por el cual todo inmigrante tenía que pasar al venir a los EEUU. ¿Acaso no tuvieron los polacos recién llegados que enfrentar la misma situación al ser forzados a adoptar la lengua inglesa y los valores “anglo-protestantes? Huntington, en otras palabras, pierde la discusión por la manera en que encuadra sus razones. Si los polacos, o los negros, o los irlandeses fueron traídos aquí por ser mano de obra barata, ¿por qué deberían pensar que el inglés es superior al español?  Desde su punto de vista, aprender otra lengua (o cultura) es simplemente el precio de hacer negocios. Si el sistema los trata nada más que como mano de obra barata, ¿por qué querrían asimilarse? Si el sistema norteamericano fuera algo más que la mera manipulación de mano de obra no existiría el problema actual con México. Huntington le otorga un aura  de superioridad religiosa a un sistema que siempre ha estado basado en la explotación de los pobres y se ofende cuando otros no honran sus dioses. Esto es un síntoma de insolencia o de ingenuidad, o de las dos cosas a la vez. Si el desafío mexicano no es respondido, nos advierte Huntington, “esto significaría el fin de los EEUU tal cual los hemos conocido por más de tres siglos.” La ironía yace en el hecho que Huntington y sus colegas versados en operaciones psicológicas del establishment han estado guerreando con las instituciones culturales norteamericanas de manera mucho más efectiva que cualquier mexicano. Han atacado el sistema inmunológico cultural de los EEUU y luego se escandalizan cuando el país se enferma con un virus extranjero.

            Así es que Huntington termina su ensayo promoviendo el racismo de la población blanca, porque el racismo blanco, como todo racismo, no es sino otra forma de desarraigo. Con el sistema de acción afirmativa ya firmemente admitido en las instituciones de los EEUU, la clase gobernante ha establecido una dialéctica racial que perpetua la división y facilita el control. Sin embargo hay otras razones para promover el racismo blanco. La mas atractiva de todas desde el punto de vista de la clase gobernante es la de ocultar los asuntos realmente importantes en la política estadounidense, que son étnicos y religiosos. El racismo blanco es primero y principal una forma de desarraigo. Esto significa que los “blancos” que todavía estén en contacto con su herencia étnica y religiosa serán inmunes a este llamado básicamente porque ya tienen una identidad y están arraigados.

 

Racismo blanco

 

El racismo blanco atrae a aquellos que carecen de identidad: “La propaganda anti-blanca en la televisión,” escribe Thomas Fleming, “simplemente los acerca más a David Duke[1], y buscando desesperadamente algo en que creer, algo en que confiar, no pueden encontrar nada mas atrayente que las abstracciones de la identidad racial blanca” como substituto a la identidad étnica y religiosa. “Mientras la población blanca permanezca nominalmente cristiana (o judía) y más o menos conciente de su herencia étnica” será inmune al llamado del racismo. Los racistas blancos, según Fleming, quieren “minar la Cristiandad (la cual ven como un obstáculo al genocidio) y las tradiciones nacionales que mantienen a las países blancos divididos.

El hecho que el racismo blanco es otra forma de desarraigo es algo que Robert S. Griffin pone de manifiesto, aunque inadvertidamente, en su reciente libro One Sheaf, One Vine: Racially Conscious White Americans Talk about Race (Un grupo, una linaje, norteamericanos blancos racialmente concientes hablan sobre raza). One Sheaf nació de libro anterior de Griffin, una biografía de William Pierce, el fundador de la organización nacionalista blanca National Alliance. Griffin fue contactado por tantos norteamericanos “racialmente concientes” luego de publicar su libro sobre Pierce que decidió escribir otro sobre la audiencia del primero. Lo que emerge en el curso del libro es una suerte de anatomía del típico racista blanco. Al enumerar sus características, el desarraigo está primero en la lista; es lo que todos tienen en común; desarraigo se vuelve al final del libro de Griffin un sinónimo de racismo, algo que se manifiesta especialmente en la generación de los baby boomers[2].

Rob Freeman, de 33 años de edad, es un norteamericano “racialmente conciente” porque

 

a los chicos blancos de mi generación, pareciera que nos hubieran quitado nuestra herencia. Crecimos sin un lugar en el mundo, así es como me siento. Mis padres y la mayoría de los padres de los chicos que conocí eran liberales, y no nos pasaron ningún legado de ellos mismos. No nos dieron ninguna identidad.

 

El típico racista en un ateo que solía ser un protestante, viviendo en un país donde las comunidades locales fueron deliberadamente destruidas. Debido a que las iglesias protestantes eran esencialmente organizaciones voluntarias, a diferencia de las parroquias geográficas, eran especialmente vulnerables. Además, su frecuente rusticidad teológica terminó siendo rechazada por irracional. Alex Linder, que es dos años mayor que Freeman y ahora dirige la red Vanguard News, nació en Madison, Wisconsin en una familia que luego se mudó a otros tres estados, y fue criado por una madre seguidora del grupo religioso Ciencia Cristiana. Linder finalmente rechazó los preceptos de la Ciencia Cristiana por su irracional obstinación en sostener que “las enfermedades son un producto de los malos pensamientos”. Eso, el percibía, era “una afirmación ridícula. Similar a la idea que Jesús caminó sobre el agua.” Linder luego se asoció al movimiento conservador en los años de Reagan, específicamente al American Spectator, donde trabajó como un becario, y cuando ese dios también falló, se volvió un racista blanco porque “la raza es simplemente una realidad irrefutable,” y “el verdadero movimiento conservador tiene contentarse con hechos y limites.” Linder desprecia a los mexicanos (“son gente inferior.”) pero no tanto como desprecia a los burócratas universitarios. “Son débiles y carecen de principios. Son peores que los mexicanos, son lo mas bajo de todo.”

El desarraigo no se limita solo a ex-protestantes. Un estudiante universitario de 21 años de edad fue criado en el sur de California donde su padre canadiense conoció a su madre irlandesa. Asistió a una escuela católica y “era muy religioso durante la infancia.” (Supongo que el tiempo pasado es intencional.) El momento racial definitivo para este joven vino cuando su madre lo llevó a él y a su hermana a Irlanda durante la escuela secundaria. Lo primero que notó fue que Irlanda era “totalmente blanca.” Lo siguiente que descubrió fue que cada individuo no era solo un extraño anónimo, como en California, “me gustó cuan conectada era la sociedad en Irlanda y como todos conocían a todos y cuan importante era la vida familiar. Irlanda era un lugar donde la sociedad era muy unida y orientada hacia la familia, y esto me encantó… En California no conocía ni siquiera a mi vecino, mientras que en Irlanda concia a todos.”

Racismo es, en otras palabras, un resultado de la falta de comunidad. Esto es un argumento a favor de las parroquias étnicas, las cuales fueron abandonadas por la Iglesia Católica cuando el gobierno federal comenzó a promover la inmigración masiva de los negros del sur hacia las ciudades del norte. Como los jesuitas irlandeses de la parroquia del Gesu en el norte de Filadelfia objetaron en los años 30, los católicos negros podrían haber preservado su fe e identidad mucho mejor si hubieran tenido una parroquia étnica propia en lugar de intentar integrarlos en las parroquias étnicas de otras nacionalidades. Lo mismo vale para los irlandeses y los descendientes de otras etnias europeas viviendo en lugares como el sur de California. Si la Iglesia hubiera permitido a estos grupos retener sus comunidades, no estarían ahora abandonando el catolicismo y eligiendo el racismo blanco.

 

La música por sobre los genes

 

Antes que este joven se vuelva un racista blanco, se convirtió en un “wigger”, es decir en un “white nigger” (un blanco que adopta las costumbres de los negros de los ghettos), usando pantalones amplios, cadenas doradas y gorras de béisbol con la visera hacia atrás, y escuchando música rap. Su identidad, en otras palabras, no era racial, no cuando era un wigger y no cuando era un racista blanco. En cualquier caso, esta estaba determinada mas por la música que escuchaba que por sus genes.

Como resultado, nuestro joven irlandés termino en música noruega denominada “black metal” (metal negro) porque esta logró que él y sus amigos también desarraigados se sintieran “algo especial, como si fuera nuestra propia música, como si estuviera hecha para nosotros.” Las bandas de black metal, sostenía el joven,

 

usan simbolismo pagano y europeo… La mayoría de los miembros de la  banda tenían pelo largo y vestían de negro o poseían alguna clase de armadura medieval y botas altas. Aparecían en fotografías en el medio del bosque portando espadas. Todo eso nos atraía, porque implicaba, mal que mal, algún tipo de tradición blanca… Los miembros de esas bandas parecían tomarse las cosas en serio. En entrevistas, hablaban de derrocar al cristianismo y volver al tipo de vida europeo de la edad media. [La historia no es su fuerte.] Mi amigo y yo estuvimos un tiempo leyendo sobre religión pagana. Yo comencé a tener un varadero odio por el cristianismo porque pensaba, “Mira lo que el cristianismo nos ha hecho. Ha desarmado a nuestra gente y nos ha hecho tolerar y abrazar otras razas que nos están destruyendo.”

 

            La música black metal noruega era el antídoto perfecto para aquellos que “sienten que no pertenecen…” Cuando nuestro joven irlandés desarraigado escuchó a “un tipo noruego llamado Varg Vikernes,” el cantor racista, neo-vikingo y neo-pagano “tuvo un gran impacto en mi. Venía y decía, ‘Yo hago mis cosas, y si a alguien no le gusta, lo mato.’”

            Como consecuencia de escuchar a Varg, “comencé a leer sobre Noruega y historia europea, los vikingos en especial. Era una manera de descubrir mis raíces europeas – de tener algún tipo de identidad.” Sin esa identidad étnica (inclusive si no la identifica como tal y la confunde con una identidad racial), este joven y sus amigos eran “considerados tan raros,” y no tenían nadie que los ayude “si nos metíamos en problemas,” Con la mitología vikinga, recibieron “un vestigio de identidad. Nos dio satisfacción y nos hizo sentir bien.”

            Si la música fue el factor más importante en la formación de la identidad racial de este joven, la literatura también jugó un papel preponderante. Luego de descubrir la música racial, se encontró con H. P.  Lovecraft, Conan el bárbaro de Robert Howard, y luego El señor de los anillos de Tolkien, todos los cuales él supuso que estaban motivados racialmente. O quizás no. Después de leer a Tolkien, se descubrió a si mismo “embelesado con un tipo de sociedad europeo donde la vida era más simple,” con lo cual el quería decir “un ambiente homogéneo donde los hombres eran hombres, las mujeres eran mujeres y la vida era dura pero mas cercana a la naturaleza,” es decir, una cultura opuesta a la de “ser un chico criado en la multi-racial California,” un lugar donde “no podía ser libre de ser quien era y me sentía alienado de todo.”

            La influencia musical se manifiesta igualmente en otros campos. Eric Owens es otro chico de la generación de los babyboomers, cuyos padres se divorciaron y lo dejaron solo tratando de discernir su rumbo cultural en ambiente de Los Ángeles de los años 60. El resultado fue que se volvió skinhead, otro grupo que forjaba su identidad a través de la música que escuchaba, o en el caso de Owens, que producía. Pero, como Platón pudo haber predicho, cuando Owens cambio de música, también cambio su política:

 

me cansé de la mentalidad estúpida asociada a la música rock. Quería volver a mis raíces. Había sido criado escuchando música irlandesa, y yo tengo sangre irlandesa. Mi padre era muy conocedor de la música irlandesa y la practicaba. Quería tocar la música de mis ancestros y no la música comercial de un sistema multi-racial como es el caso del rock. La música rock es degenerada, no pertenece a la civilización blanca.

 

            O sea que la música fue lo que le permitió a Owens ponerse en contacto con sus propias raíces étnicas, lo que él todavía confundía como algo racial: “El skinhead empezó a desvanecerse cuando la música cambió.”

 

Aun cuando muchas bandas irlandesas tenían inclinaciones de izquierda y la música no era realmente racial, esta tenia varios siglos de antigüedad y era muy tradicional, y era parte de mi herencia n importa quien la cantase o que estuviesen cantando. Siempre me gusto la música irlandesa y más aun la danza. Tenían belleza, algo difícil de encontrar en Los Ángeles. Sin embrago debería mencionar que no era solo música tradicional irlandesa lo que me gustaba. Siempre es sido un seguidor de la música tradicional norteamericana, como la de Doc Watson… Comencé a tocar música irlandesa y luego introduje en ella mis propias baladas raciales… Ahora me considero un músico folklórico celta. Grabé un par de álbumes con un marcado mensaje pro-blanco… Ahora solo toco en reuniones organizadas por grupos como la National Alliance.

 

La raza es, en otras palabras, un fenómeno cultural. Como tal es lo opuesto a lo que Madison Grant, el clásico racista norteamericano, escribió en su memorable magnum opus The Passing of the Great Race (El paso de la gran raza). Grant, aparte de pensar que la cultura era el resultado del ADN, también creía que Europa estaba poblada por tres razas separadas – la nórdica, la alpina y la mediterránea – todas ellas blancas. Juzgando que solo la raza teutónica era adecuada para los EEUU, o al menos para las posiciones de poder, Grant exitosamente presionó a favor de restricciones inmigratorias que limitaron la inmigración de la Europa católica. A su turno esto llevo a que los negros se volvieran el grupo más influyente en la política norteamericana desde la segunda guerra mundial hasta cerca del final del siglo XX. Esto estimula la idea de que fue el racismo lo que creó el movimiento por los derechos civiles.

El racismo blanco es algo que escapa a la comprensión de los babyboomers, especialmente su explotación por medio de la ingeniería social puesta en práctica paralelamente. Muchos de ellos son católicos, y debido a su edad, han experimentado en carne propia la limpieza étnica en sus vecindarios, lo que los llevo a ver a los negros como los responsables principales, cuando en realidad ellos también estaban siendo manipulados por las mismas fuerzas que habían planeado la destrucción de los vecindarios étnicos.

Denis Ruiz, un ingeniero en computación de 50 años, creció en Fairview Village, una comunidad cercana a Camden, New Jersey. Ruiz es eslovaco por parte de madre y español “a través de Cuba” por parte de padre. Es, en otras palabras, el típico católico norteamericano pan-europeo. En el triple melting-pot, opuesto al melting-pot de Huntington, el país de origen es reemplazado por la religión como fuente de etnicidad luego de la tercera generación. Esto significa que la verdadera fuente de identidad étnica en los EEUU es la religión. La raza es una seudo-identidad, como los motociclistas de las  Harely-Davidson o los seguidores de NASCAR, que siempre ha servido a los intereses de la clase gobernante, no importa cuanto esa clase haya demonizado a una raza u a otra en algún periodo determinado. De modo que las tres principales identidades étnicas en los EEUU son la anglo-protestante, la católica pan-europea, y la judía del este europeo (con la cual los judíos alemanes y los sefardíes tuvieron que alcanzar un acuerdo).

A diferencia del melting-pot, el triple melting-pot funciona satisfactoriamente porque crea un verdadero grupo étnico norteamericano compuesto por varias partes. A diferencia del melting-pot que funciona invariablemente como resultado de la coerción gubernamental, el triple melting-pot funciona mediante el matrimonio. Los protestantes se casan con los protestantes, los católicos (sin importar el país de origen) se casan con los católicos, y los judíos (también independientemente del país de origen) se casan con judíos. Como resultado tenemos tres grupos étnicos típicamente norteamericanos, que ciertamente funcionaron como auténticos motores de asimilación, y todos ellos fueron sujetos al ataque de los ingenieros sociales, cuyo vocero es ahora Samuel Huntington. Es decir que los ingenieros sociales destruyeron los únicos Estados Unidos que podrían haber asimilado a los mexicanos.

Estos eran los EEUU de los padres de Ruiz en Fairveiw Village en los años 50, donde:

 

nuestra intención había sido la de enterrar nuestro pasado y minimizar nuestras diferencias con otros a fin convertirnos en estadounidenses hechos y derechos.” Esos Estados Unidos fueron destruidos por la ingeniería social. La Norteamérica étnica, la verdadera Norteamérica, es la Norteamérica del triple melting-pot. Cualquier otra cosa es credo a expensas de cultura, que no es sino ingeniería social, algo que Ruiz percibió en sus abuelos cuando ellos vivían en Filadelfia, donde se habían asentado desde los años 20 hasta que “el área fue inundada con inmigrantes negros del sur.”

 

El actual racismo blanco es esencialmente una respuesta a la revolución cultural de los años 60 y a la confusión entonces reinante. “En aquellos años,” explica Ruiz, “no estaba al tanto del poder de los medios y como estos influían en la vida cotidiana de la gente.” Como resultado, inclusive hasta el final de la década del 80, “no tenia el menor grado de identidad racial blanca.” Ruiz es un producto del triple melting-pot. Así es que “al abandonar la infancia, era consciente que había italianos, irlandeses y polacos, pero no era consciente de ser blanco. Y respecto a los negros, simplemente los veía como diferentes” (énfasis agregado)

La ingeniería social cambió todo esto. Transformó a los católicos étnicamente europeos en blancos. La conversión de Ruiz (o su desarraigo) “ocurrió recién luego de 1997,” cuando “cuando una persona con quien trabajo y a quien respeto mucho” le comentoo acerca de “un sitio web llamado White Nationalist Library (Biblioteca Nacionalista Blanca).” La conversión de San Pablo palidece en comparación. Ruiz comenzó a leer material racial y súbitamente todo

 

“era claridad y resplandor. Allí había alguien explicando con precisión la historia de las últimas décadas de un modo que podía comprender. Me sentí un tonto. Me reproché el no haber podido darme cuenta por mi mismo.” Luego de su conversión, “la raza pasó a ser los lentes a través de los cuales miro al mundo y a mi propia vida. He llegado a la conclusión que hay una guerra que está siendo librada contra los blancos en los EEUU, contra los norteamericanos de origen europeo.”

 

Pero aun luego de esta revelación y conversión, persiste la confusión. Ruiz sabe que hubo una guerra cultural done el vivió “porque en una guerra ocurren tumultos demográficos: poblaciones enteras son desplazadas, la gente huye. El vecindario que fue destruido en mi ciudad natal y los resultantes refugiados, pertenecen a esa guerra.” Pero aun comprendiendo todo esto, Ruiz no puede sino admitir que

 

No se exactamente quienes son los responsables de esta guerra contra los blancos. Pero creo que los negros, y más recientemente los hispanos, están siendo usados como instrumentos contra el mundo racial y cultural creado por gente de origen europeo en este continente, y contra la gente blanca que vive aquí ahora. Una sofisticada lucha al estilo marxista esta llevándose a cabo contra los blancos, pero en lugar de una guerra de clases lisa y llana, se usan ideas más sutiles como armas – racismo, opresión, multiculturalismo, diversidad, privilegio blanco, etc. Manipula, más aun crea, conflictos étnicos y raciales y los usa como arietes contra los blancos. (énfasis agregado)

 

Al asumir que “esta guerra” esta siendo librada contra los “blancos”, Ruiz nunca va a entender lo que realmente ocurre, porque, especialmente en Filadelfia como he documentado en mi libro The Slaughter of Cities (La devastación de las ciudades), los responsables de esta guerra son tan blancos como aquellos contra quienes la guerra esta siendo librada. Los quakers que promovieron el proyecto Friends Suburban Housing y otras operaciones donde usaron a los negros contra los católicos de origen europeo en Filadelfia y New Jersey, eran tan blancos como sus oponentes. De hecho, según Madison Grant, eran más blancos aun. Así es que catalogar al revolución cultural de los 60 y la limpieza étnica que se llevó a cabo paralelamente  como “una guerra contra los blancos,” es desconocer lo que realmente ocurría. Esta es otra razón por la cual Samuel Huntington se vería favorecido promoviendo al nacionalismo blanco. Está promoviendo ahora el nacionalismo blanco por la misma razón que sus cofrades promovieron el nacionalismo negro en los 60, como un modo de debilitar a los verdaderos grupos étnicos en los EEUU, en especial a los católicos que en ese entonces estaban emergiendo del triple melting-pot. El nacionalismo negro funcionó entonces como un Lumpenproletariat cuyo comportamiento criminal condujo a los católicos étnicamente europeos a los suburbios, donde pasaron a ser “blancos”. El nacionalismo blanco arrebata ahora a los católicos étnicos de un autentico grupo, uno de los principales tres grupos étnicos de los EEUU, y les otorga una seudo-identidad como “blancos” que les impide relacionarse con sus correligionarios mexicanos, quienes están en camino, a través del triple melting-pot en volverse también co-étnicos.

Durante los años 50 y 60, la Iglesia Católica no entendió el reto que la ingeniería social implicaba para sus parroquias (y por lo tanto a su existencia). Obsesionados con el deseo (principalmente de parte de los irlandeses) de asimilarse, la iglesia (o al menos sus lideres intelectuales en grupos como el Consejo Interracial Católico) adoptaron las categorías raciales de sus opresores y sancionaron a los grupos étnicos que defendían sus vecindarios con el mote de “racistas” cuando en realidad los verdaderos racistas eran los que estaban tratando de destruir dichos vecindarios. Cuando los habitantes de Folcroft, una comunidad mayoritariamente católica, se rebelaron cuando los quakers introdujeron una familia negra en sus vecindarios, católicos inter-racialistas como Dennis Clarke los castigaron forzando la lectura desde los pulpitos de las iglesias de la declaración de 1958 de los obispos norteamericanos sobre raza, un documento  escrito como respuesta a una disputa sobre la desegregación dispuesta en Little Rock, Arkansas. Al igual que Nostra Aetate en manos de los judíos, la declaración de los obispos de 1958 sobre el concepto de raza se volvió un arma para castigar a los católicos y dividirlos internamente. Cuando fue leída en la parroquia católica de Folcroft, muchos, sino la mayoría, de los fieles se levantaron y se fueron. Muchos de ellos siguieron su propio camino, y como Dennis Ruiz, descubrieron el racismo blanco al final de su viaje comenzado en la Iglesia Católica, la cual no pudo comprender lo que estaba sucediendo. Así fue como el racismo negro generó el racismo blanco, y ambos sirven a los intereses de los ingenieros sociales quienes continúan dividiendo para reinar.

Samuel Huntington está ahora promoviendo el “nacionalismo blanco” por la misma razón que sus secuaces promovieron el nacionalismo negro en los 60, como un medio de subyugar una vez más la amenaza demográfica católica a lo que aún queda en pie de la hegemonía WASP. El racismo es una forma de prevenir el arraigo. Huntington cita con agrado a los sociólogos Richard Alba y Victor Nee, quienes en 1997 “señalaron que la interrupción de cuatro décadas de de la inmigración masiva luego de 1924 ‘virtualmente garantizó el debilitamiento en el tiempo de las comunidades étnicas y su cultura.’”

 

El batallón San Patricio

 

Como alternativa a las teorías raciales sobre los “amos cerdos judeo-sajones de los EEUU,” Gerald E. Morris y Juan Armando Roque proponen el ejemplo del batallón San Patricio, un grupo de irlandeses que comenzaron la guerra con México de 1846 peleando para los EEUU, pero como resultado de la intolerancia religiosa, se pasaron de bando y pelearon con sus correligionarios mexicanos. El capitán John Riley fue finalmente capturado y colgado por traidor, y su caso fue usado por los know-nothings[3], para demostrar que no se podía confiar de los católicos norteamericanos, pero en cierto modo Riley estaba actuando simplemente de acuerdo a los principios que Samuel Huntington describió en su artículo en Foreign Policy. Si ser un estadounidense significa ser anglo-protestante con un recalcitrante dejo de mesianismo político judeo-puritano, entonces los católicos no tienen ninguna opción. Tienen que ser traidores porque los EEUU no son un país; sino una competencia religiosa. Jimmy Cantrell, un lector de Culture Wars y exponente del “sur celta,” tiene un argumento similar al decir que:

 

Si, los EEUU son una religión, y esto los transforma en antagonista de la cristiandad. Peor aún es el hecho que la mayoría de los cristianos, habiendo sus ancestros sido asimilados al estilo Yankee –independientemente de cualquier etnicidad y teología – son empujados por el ethos puritano anglo-sajón y así promueven la herejía en su forma liberal [multiculturalismo] o en su forma conservadora [el imperio neoconservador que desparrama la gracia salvífica de la democracia alrededor del mundo]. Es imposible rectificar el error si continuamos vitoreando y emulando a los puritanos.

 

La religión es enemiga del nacionalismo y del racismo, ambos una forma de idolatría, pero es amiga de la etnicidad,  la cual solo puede perdurar con arraigamiento religioso. El ethnos necesita a Cristo para sobrevivir, pero el Cuerpo de Cristo necesita del ethnos como la forma necesita un contenido. El ethnos, debido a su conexión con la reproducción, es el vehiculo (como la familia, de la cual esta compuesta) para la transmisión de la fe. Religión sin ethnos es solo otra forma de desarraigo; pero también lo es el ethnos sin religión, especialmente cuando se llega al grado de adorar la estirpe en nombre del nacionalismo. Quetzalcoatl pudo o no haber sido, como Morris y Roque señalan, San Brendan el Navegante, pero aun si no lo es, el batallón San Patricio pude servir como modelo de antirracismo católico al promover colaboración mutua entre los católicos pan-europeos llegados a Norteamérica a partir del siglo XIX y los recién llegados católicos hispanos. Desde este punto de vista los católicos tienen a la realidad de su lado. El triple melting-pot es la verdadera explicación de cómo funciona la asimilación en los EEUU. En el otro extremo, el melting-pot – la idea que todos los norteamericanos constituyen un solo pueblo, o “una nación indivisible” como procuraría el Pledge of Allegiance (Voto de Lealtad) – ha sido una ficción desde el principio, y una ficción particularmente peligrosa porque invariablemente ha sido la excusa para el tipo de ingeniería social que destruyó toda posibilidad real de asimilación.

Esto no significa que la tesis de Huntington carezca totalmente de razón. Huntington no es solo una copia de Paul Blanshard, ni tampoco la historia se está simplemente repitiendo, con una ola más de inmigrantes esperando ser asimilados. Los mexicanos, como cierto escritor ha correctamente manifestado, no son solo una segunda versión de los italianos. La principal diferencia entre esta ola inmigratoria y todas las anteriores es, como Huntington señala, la contigüidad. Los italianos tenían que cruzar miles de kilómetros de océano para llegar a América. Mientras que lo único que separa a México de los EEUU es “una línea en el mapa y un río poco profundo.”

El mejor paradigma histórico para la inmigración mexicana a los EEUU no son los italianos ni ningún otro grupo recientemente llegado. De hecho, no existe un precedente en la historia de los EEUU que pueda explicar lo que resultará de la presente inmigración mexicana. A fin de comprender este fenómeno, debemos retraernos a otro imperio y a otro grupo étnico, a saber, los godos cruzando el Danubio hacia Roma.

Como los romanos, “los padres fundadores de los EEUU,” quienes habían estudiado historia romana y temido correr la misma suerte del imperio, “consideraron como esencial la dispersión de inmigrantes para su asimilación.” Este sistema funcionó tanto en los EEUU como en Roma – por un tiempo. En ambos casos fue destruido, no por alguna potencia militar extranjera, sino por la lógica inherente a todo imperio. Hay una lógica propia de los imperios; una vez que una nación se embarca en ese camino, los eventos pasan a ser determinados más por causalidades formales que por las intenciones de los líderes políticos de turno. Esta es la razón por la cual el ejemplo de Roma es más acorde en este contexto. La lógica del imperio expresa que mientras más vigorosamente el imperio se envuelva en campañas militares con el fin de subyugar a otras naciones, más probable es que su colapso venga desde adentro. Durante la marcha de Roma en su camino a convertirse en un imperio, los recursos fueron continuamente desviados de los ciudadanos y empleados en financiar una guerra tras otra en oscuros rincones de la frontera imperial, como resultado los habitantes romanos gradualmente dejaron de identificarse como ciudadanos y comenzaron a verse como miembros de comunidades más pequeñas, que a su turno devinieron comunidades cristianas.

Ese proceso de fermentación interna había estado madurando durante el curso de tres siglos, cuando súbitamente en el verano del año 376, dos grupos de godos alcanzaron la ribera norte del río Danubio y pidieron asilo por parte de Roma. Estaban allí porque habían sido barridos por otro grupo étnico, los hunos, quienes habían penetrado en sus tierras viniendo desde la costa norte del mar negro. Dos reyes godos habían muerto tratando de frenar la marea huna; un tercero había sido depuesto también al tratar de detenerlos. Como Ambrosio de Milán escribió en el año 380: “Los hunos se arrojaron sobre los alanos, los alanos sobre los godos, y los godos sobre los taifales y sármatas… y esto todavía no ha terminado” (Expositio Ev. Sec. Luc. 10.10). Así es que los godos no tuvieron otra alternativa que buscar la protección de los romanos y ponerse a su servicio como un escudo contra los hunos en las márgenes del Danubio.

No obstante, el pedido puso a los romanos en un apuro. Como ya indicamos, la política de asimilación de Roma consistía en dispersar a los diversos grupos étnicos inmigrantes. Grupos pequeños de inmigrantes eran enviados a lejanas regiones del imperio, y una vez allí, separados de sus coterráneos étnicos, no tenían otra opción que adoptar la cultura dominante de los romanos. El sistema de assimilatio funcionaba bien, principalmente porque los romanos poseían una cultura vigorosa, sin embargo esta no era omnipotente. Podía funcionar solo si el número de inmigrantes era relativamente bajo y la dispersión era efectivamente llevada a cabo.

La lógica del imperio cambio todo esto. Una vez embarcada en su senda imperial, Roma comenzó a necesitar gran cantidad de soldados para sus campañas militares y dinero para pagar a dichos soldados. El equivalente romano de la clase media, el pequeño granjero propietario, fue entonces ahogado por los impuestos y luego forzado a trabajar en los latifundia, los grandes complejos agrarios del momento, deviniendo un proletario rural. El pedido de asilo de los godos puso entonces a los imperialistas romanos en un grave aprieto. Necesitaban gente porque necesitaban soldados, pero la gente que necesitaban supuestamente tenía que ser romana. Para colmo el proceso de assimilatio alejaría a esos soldados precisamente del lugar donde más se los necesitaba, es decir, en la frontera del Danubio para contener a los hunos. Finalmente prevaleció la lógica del imperio sobre la lógica de la assimilatio. Les fue permitido a los godos asentarse cruzando Danubio, en las tierras vecinas a sus antiguos dominios, y en tal número que esa parte del imperio romano se volvió goda. A cabo de dos años, esos mismos soldados godos se volvieron contra Roma y derrotaron a las legiones imperiales en la batalla de Adrianópolis en el 378. En menos de un cuarto de siglo, Alarico se proclamó rey de los godos, un título equivalente a traición, y en el 410 saqueó Roma. Cien años después que los godos cruzaran el Danubio, el 17 de septiembre del 476, Rómulo Augústulo, el último emperador romano, fue depuesto cuando se le acabó el dinero para pagarles a sus mercenarios, y el imperio romano llegó a su fin, reemplazado por el reino de los godos. Los descendientes de los numerosos godos que cruzaron el Danubio en el 376 no se volvieron romanos, sin embargo se hicieron cristianos (primero arrianos y luego católicos) y fue como cristianos, no como romanos o godos, que se fusionaron para crear lo que finalmente devino la Europa católica bajo la influencia de hombres como San Benito.

El paralelo entre Roma y los EEUU y entre godos y mexicanos es más que patente. Teniendo en cuenta la ley inexorable que aflige a todo imperio y la causalidad formal del imperio norteamericano, ese ejemplo se volverá también inevitable. En ciertos momentos, Huntington suena fatalista. “El extenso uso del español en los EEUU,” nos informa, “es una realidad que ya no puede ser cambiada, inclusive en el largo plazo.” Pareciera que Mr. Huntington, el señor del universo, hubiera tenido un vistazo de la inexorabilidad de la causalidad formal. “La religión,” expresó Huntington en la Universidad de Georgetown hace un año, juega un papel crítico en “forjar las identidades de los pueblos y orientar las naciones.” La mano que forja su destino es la causalidad formal del imperio. La mano que forja el destino de los pueblos católicos relegados a reconstruir los escombros del imperio norteamericano es la misma que creó a Europa de las ruinas de Roma.CW

[1] Teórico racial y político de Louisiana.

[2] Norteamericanos nacidos entre 1946 y 1962.

[3] Partido político opuesto a la inmigración católica a los EEUU entre 1840 y 1850.

E. Michael Jones, Ph.D. is the editor of Culture Wars.

This article was published in English in the May, 2004 issue of Culture Wars.


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